Sinopsis
En Caño Hondo, un pueblo de la marisma donde el oficio de la anguila se hereda con la barca y con los silencios, la crecida de octubre devuelve un cuerpo en la Vuelta del Ahorcado, el único recodo del río que, desde que hay memoria, devuelve a sus muertos. Es Martín Cubas, el hijo del pueblo que había vuelto hacía dos años. Viene lastrado a conciencia: dos rezones, una cadena vieja, un saco de piedra y un nudo que ya casi nadie sabe hacer.
Cuando la Guardia Civil manda a la marisma a la perfiladora Nuria Salas, ella ve enseguida la contradicción que solo entiende quien conoce el río como se conoce una casa: el lastre es perfecto, de los que no fallan, y el sitio es el único de toda la marisma donde un cuerpo lastrado vuelve. El que mató no es el que hundió. Y el que hundió quería que el muerto volviera.
Para leer ese mensaje, Nuria tendrá que bajar a una comunidad cerrada de gente del agua y censar un saber que delata a quien lo tiene, hasta dar con un viejo que sabe el río mejor que nadie y que, durante años, alquiló ese saber para hacer desaparecer lo que otros pagaban por hundir.
Decimoquinta entrega de La forma del miedo, serie de novela negra rural protagonizada por una investigadora que sabe leer la huella que el miedo deja en la conducta. Cada caso se cierra solo; cada libro se lee solo.
Las primeras páginas
La última luz
Martín Cubas amarró la barca al embarcadero del parque a la hora en que la marisma se pone del color del membrillo, y pensó, como pensaba casi todas las tardes desde que había vuelto, que no había en el mundo una luz como aquella. Octubre la ponía baja y gorda, rebotando en el agua quieta de los caños, y los juncos la cortaban en tiras, y las garzas se quedaban paradas en ella como si también a ellas les diera pena que se acabara. Dos años llevaba de vuelta y todavía no se había cansado de mirarla. A lo mejor era eso lo que significaba ser de un sitio: que su luz no se gasta.
Recogió los chalecos de los turistas, los contó por costumbre, seis, y los metió en el arcón de popa. Habían sido seis jubilados de Bilbao, majos, preguntones, de los que quieren saber el nombre de cada pájaro y se lo apuntan en una libretita. A Martín le gustaban los preguntones. Le recordaban a él mismo de chico, cuando perseguía a su padre por los caños preguntándole por qué el agua aquí corre y aquí no, por qué la anguila se va a morir tan lejos, por qué el río se llama Azán si nadie sabe lo que quiere decir. Su padre contestaba a la mitad y a la otra mitad decía que el río no se explica, que el río se aprende. Tenía razón, el viejo. El río se aprende. Lo que su padre no le dijo nunca es que el río, además, se calla. Eso lo estaba aprendiendo Martín ahora, solo, de mayor, y le estaba costando más que todos los nombres de todos los pájaros juntos.
Se sentó en el banco de la barca, de espaldas al embarcadero, y sacó el cuaderno de la mochila. Una libreta gorda, de tapas de hule verde, hinchada de humedad como todo lo que vive cerca del agua. La abrió por la última página escrita y repasó lo de la noche anterior, escrito a la luz del frontal con la letra apretada del que escribe con frío: «Jueves 7. 2:40. Dos barcas sin luces saliendo del caño de la Calera hacia la boca. Motor corto, de los nuevos. 4:15, vuelven. Descargan en la nave del almacén por el portón de atrás. Furgoneta blanca, la de siempre. Tres hombres. La voz del grande otra vez».
La voz del grande. Martín la conocía desde los doce años, aquella voz. No le hacía falta verle la cara para ponerle nombre y apellido, pero el nombre no lo había escrito todavía en el cuaderno, por una prudencia rara, como si escribirlo fuera ya no poder volverse atrás. Tonterías. Estaba todo lleno de no poder volverse atrás desde hacía semanas. Desde la primera noche que cogió la barca pequeña, la de remos, y se fue sin luces detrás de las otras barcas sin luces, con la cámara envuelta en una bolsa de congelados para que no le entrara el relente.
La angula. El oro fino, lo llamaban los viejos, medio en broma, cuando él era chico y la cosa todavía era de pobres: una noche de frío, un cedazo, unos duros para Reyes. Ahora no. Ahora el kilo se pagaba en según qué sitios como el marisco más caro de España, y lo que salía de la marisma del Azán en las noches buenas de otoño no eran unos duros para Reyes: era un negocio entero, organizado, con barcas rápidas y naves con portón trasero y furgonetas que salían de madrugada hacia donde fuera que saliesen. Y el parque natural poniendo carteles de especie en peligro, y el programa de recuperación en el que Martín echaba sus horas de voluntario soltando alevines criados a pulso, para que luego vinieran las barcas sin luces y se llevaran en una noche lo que ellos tardaban un año en devolver.
Al principio lo había hablado. Esa había sido su ingenuidad de regresado, creer que las cosas se hablan. Lo dijo en el bar, lo dijo en la cofradía, lo dijo una mañana en la lonja, delante de los cajones: que aquello era pan para hoy y hambre para mañana, que se estaban comiendo la cría, que el río no era de nadie y por eso había que cuidarlo entre todos. Lo escucharon con esa atención educada que en Caño Hondo significa exactamente lo contrario de lo que parece. Alguno asintió. Otro le puso la mano en el hombro y le dijo: tú llevas mucho tiempo fuera, Martín. Como si el tiempo fuera quitara razón en vez de darla. Y la palabra «noches» dejó de decirse cuando él estaba delante, que es la manera que tienen los pueblos de cerrar una puerta sin que se oiga el golpe.
Así que dejó de hablar y empezó a apuntar. Fechas, horas, barcas, matrículas. Fotos con la cámara buena, la del teleobjetivo, que se había comprado para los pájaros y que resultó servir igual para los hombres. Veintitrés noches llevaba apuntadas. El lunes, se había prometido, lo llevaba todo al Seprona, al cuartel de Vado Real, y que fuera lo que tuviera que ser. El Seprona era la Guardia Civil de la naturaleza, los del medio ambiente; con ellos había tratado por lo del programa de la anguila y eran gente seria, de la que pregunta y apunta. El lunes. Tres días.
Guardó el cuaderno en la mochila y levantó la vista, y fue entonces cuando vio que en el agua, lejos, hacia la boca del caño grande, había una barca parada.
No hacía nada. Estaba quieta, negra contra la última luz, con un hombre de pie en ella. Demasiado lejos para verle la cara. Demasiado quieta para estar pescando. Las barcas de la marisma nunca están quietas del todo: cabecean, derivan, giran despacio sobre el ancla buscando la corriente como un perro busca postura. Aquella no. Aquella estaba clavada en el agua, proa hacia él, y el hombre de pie no hacía nada más que estar.
Martín sostuvo la mirada un rato, el corazón un poco más arriba de su sitio. Luego, despacio, con gestos de quien recoge porque se ha hecho tarde y no por otra cosa, se echó la mochila al hombro, saltó al embarcadero y amarró el cabo con dos vueltas. Cuando volvió a mirar, la barca ya no estaba. El caño grande quedaba vacío y dorado, y las garzas seguían en lo suyo, y la marisma entera respiraba tan en paz que por un momento dudó de haberla visto.
No había dudado, en cambio, hacía cuatro noches, cuando encontró la puerta de su chabola del caño abierta, sin forzar, con todo en su sitio menos el aire, que olía a tabaco de otro. Ni el martes, en la lonja, cuando Ginés Carmona le aguantó la mirada por encima de los cajones de cangrejo un segundo más de lo que se aguanta una mirada entre vecinos. Ni ayer, cuando el viejo Salustiano, el Chamarín, que llevaba dos años sin dirigirle más de tres palabras seguidas, lo paró en el embarcadero, le miró la mochila donde llevaba la cámara, y le dijo, sin venir a cuento, bajito, con los ojos aguados de los muy viejos: «Muchacho. El río ya sabe que lo miras. Y en este pueblo el río se lo cuenta todo a quien no debe».
Índice · 28 capítulos
- La última luz
- Lo que devuelve el río
- Bajar al agua
- El nudo
- El sitio equivocado
- Caño Hondo
- El que volvió
- Las noches
- El oro fino
- Los que saben el río
- El río viejo y el río nuevo
- El bulto
- Veinticuatro horas
- Las fotos de Elsa
- El zurdo
- La casa del caño
- La nave
- La furgoneta
- Lo que vale una voz
- Lo que pesó siempre
- Usted quería que volviera
- La marea baja
- Declarar
- Lo que nadie me ha preguntado
- Guardar una voz
- El entierro del agua
- El árbol viejo
- La primera voz
Más de La forma del miedo
El que cuenta los días
La casa que respiraba
Trece sillas
El idioma de los pájaros
Nadie llamó a esa puerta
La aritmética del silencio
El hombre de las fotos quietas
Donde el mapa miente
La voz del 112
El que devuelve los nombres
Cuarto creciente
La deuda de los vivos
El invierno de los internos
La frontera de dentro
El censo de los ausentes
La hora de los honrados
El que cose los hilos
La tela entera
La forma del miedo