Sinopsis
En Aular del Río, una capital pequeña de provincias, aparece muerto Téofilo Cambre, gestor de una fundación benéfica de toda la vida. Lo dan por un atraco que se torció: la cartera fuera, el reloj fuera. Pero al muerto le dejaron el móvil, el coche y un papel cosido al forro de la gabardina, pegado al pecho, que nadie debía encontrar.
Cuando la Guardia Civil manda a Nuria Salas, perfiladora de análisis de conducta, ella lee enseguida lo que la versión oficial calla: a Cambre lo mató alguien que sabía dónde y cómo, y el gestor gris y ordenado llevaba treinta años firmando un dinero que no era suyo. Por encima de él, una fundación intachable. Y por encima de la fundación, un apellido que en Aular nadie pronuncia en voz alta.
A partir de ahí, la presión para que Nuria mire a otro lado se vuelve máxima. No viene de los jueces, que no se pliegan, ni de su propio cuerpo, que la cubre. Viene de despachos de abogados, de un detective que la sigue, de un periódico que saca a la luz su pasado, de un desconocido que llama a la puerta de su hermana y conoce el nombre de sus sobrinos. Amenazas que no dejan huella. Daño que no se puede denunciar.
Decimoséptima entrega de La forma del miedo. Una novela sobre la respetabilidad como coraza, la impunidad de los que nunca firman nada, y lo que cuesta, por dentro, no rendirse.
Nuria Salas apareció por primera vez, todavía de cabo, en «El hijo que volvía de noche», de la saga Pueblos que callan, ambientada en el mismo mundo. Cada caso se lee solo; el lector que sigue la serie verá, además, cómo se dibuja una estructura más grande.
Las primeras páginas
El último en cerrar
Teófilo Cambre fue, como casi todas las noches de los últimos treinta años, el último en cerrar la fundación.
Lo hacía por costumbre, decía él, pero hacía mucho que había dejado de ser costumbre para volverse otra cosa, un rito de hombre que necesita comprobar con sus propias manos que las puertas quedan echadas, que las luces quedan apagadas, que los cajones quedan cerrados y que nadie ha tocado lo que no debía tocar. Pasaba por los despachos uno a uno, apagaba los flexos, recogía algún papel olvidado, alineaba las sillas. La sede de la Fundación Tajo Vivo ocupaba la planta noble de un edificio antiguo del centro de Aular del Río, restaurado con buen gusto y dinero, con suelos de madera que crujían bajo los pies y cuadros de paisajes de la comarca colgados en pasillos que olían a cera. A aquellas horas, vacío, el edificio parecía más grande, y los crujidos de la madera, más cargados de intención.
Esa noche, sin embargo, Teófilo no comprobó las puertas con la cabeza puesta en las puertas. Las comprobó con la cabeza puesta en el sobre.
El sobre lo llevaba debajo del brazo, apretado contra el costado por dentro de la gabardina, y era un sobre grande, de los de A4, abultado, con copias. Llevaba semanas haciendo copias. Copias de actas, de certificaciones de obra, de transferencias, de cartas que en su día había firmado sin temblar y que ahora, leídas otra vez a la luz pobre de su despacho, de noche, le sudaban en las manos. Las hacía a escondidas, en la fotocopiadora del fondo, la que casi nadie usaba, con la oreja puesta en el pasillo, y luego se las llevaba a casa y las guardaba donde nadie miraría. Un hombre que ha firmado durante treinta años el papeleo de otros aprende, antes que nada, que el papel es lo único que queda cuando todo lo demás se borra. Y que el que firma siempre es el que paga, si llega el día de pagar.
No sabía explicarse bien por qué había empezado a tener miedo. Llevaba toda la vida sin tenerlo. Había firmado tranquilo, había cobrado tranquilo, había dormido tranquilo, porque el dinero entraba, se justificaba, salía, y todo el mundo quedaba contento, y a él le llegaba puntual, cada mes, el sobre suyo, que no era de la fundación y que nunca había preguntado de dónde era exactamente, porque preguntar esas cosas, en aquel oficio, era de tontos o de suicidas. Treinta años así. Y de pronto, hacía cosa de un año, un viejo amigo de la facultad, un periodista jubilado que escribía no se sabía qué libro sobre los fondos de la despoblación, lo había llamado para tomar un café y le había preguntado, entre risas y recuerdos, por unos expedientes de Tajo Vivo de los noventa. Solo eso. Una pregunta de amigo, de café, sin malicia.
Pero Teófilo Cambre llevaba treinta años leyendo la cara de la gente para saber cuándo le mentían y cuándo lo mentirían a él, y aquella tarde, al volver a casa, no pudo dormir. Porque si su amigo preguntaba, otros preguntarían. Y si otros preguntaban, alguien arriba se pondría nervioso. Y cuando alguien arriba se ponía nervioso, en aquel mundo, no eran los de arriba los que pagaban el nervio. Lo pagaba el firmante. Lo pagaba el que tenía el nombre en los papeles. Lo pagaba el último en cerrar.
Por eso las copias. Por eso el sobre. Un seguro de vida, se decía, repitiéndolo como un rezo: si pasa algo, esto sale a la luz, y entonces no me dejarán solo, porque hundirme a mí sería hundirse ellos. Lo había pensado mil veces y mil veces le había parecido inteligente. Era un hombre listo, Teófilo, listo para los números y para los papeles. No era listo para entender que un seguro de vida, en aquel mundo, no era lo que evitaba que te mataran. Era, muchas veces, exactamente la razón por la que te mataban.
Aquella noche, antes de bajar, Teófilo hizo algo que no había hecho nunca. Se sentó un momento en su despacho a oscuras, con el sobre de copias sobre las rodillas, y pensó en llamar. Tenía el teléfono delante. Podía llamar a Honorato, a su amigo de la facultad, el que había empezado todo aquello con una pregunta de café, y decirle: tenías razón, esto es lo que creías y mucho peor, y yo estoy metido hasta el cuello, y tengo miedo. Podía llamar a la Guardia Civil y decir: vengan, lo tengo todo, lo confieso, protéjanme. Podía hacer cien cosas. Tenía el teléfono delante.
Pero llamar significaba decir por qué. Significaba que su mujer enferma se enterara, en sus últimos años, de que el hombre con el que había vivido tres décadas había firmado el robo de su propia tierra a cambio de un sobre mensual. Significaba dejar de ser, a ojos de todos, don Teófilo, el gestor honrado, una maravilla, todo en orden, y pasar a ser el otro Teófilo, el de verdad, el que había callado treinta años. Y eso Teófilo Cambre no era capaz de hacerlo. Como no había sido capaz un viejo alguacil de una sierra, al que él no conocía, de descolgar el teléfono y contar lo suyo. Hay hombres que prefieren morirse a que se sepa. Y Teófilo, descubrió aquella noche, era uno de ellos.
Dejó el teléfono donde estaba. Cogió el sobre.
Apagó la última luz, la del recibidor, bajo el retrato del presidente de honor. El retrato era grande, al óleo, y mostraba a don Fadrique con la chaqueta cruzada y la sonrisa justa, la mano apoyada en un libro que seguramente no había abierto, el fondo de un paisaje de la sierra que la fundación decía proteger. Teófilo lo miró un segundo, como lo miraba cada noche, y como cada noche apartó la vista deprisa, sin saber bien de qué se avergonzaba.
Cerró con llave. Bajó por la escalera de servicio, la de atrás, porque el ascensor a esas horas hacía un ruido que se oía en toda la calle y a él, esa noche, no le apetecía que nadie supiera a qué hora se iba. Bajó los dos tramos hasta el aparcamiento subterráneo, el privado, el de la fundación, donde dejaba el coche. La luz se encendía sola al bajar, una luz de neón fría que zumbaba y parpadeaba, y que esa noche, al llegar al sótano, no se encendió.
Teófilo se quedó quieto en el último escalón.
Era una tontería. Una bombilla fundida, un fusible saltado, cualquier cosa. El aparcamiento estaba a oscuras pero no del todo: por el respiradero de la rampa entraba la claridad sucia de las farolas de la calle, y se distinguían las formas, los coches, las columnas de hormigón. El suyo estaba al fondo, junto al muro. Apretó el sobre contra el costado y empezó a andar hacia él, despacio, sintiendo el eco de sus propios pasos rebotar en el techo bajo, oliendo el olor de siempre, a humedad y a aceite de motor y a polvo de hormigón.
Índice · 25 capítulos
- El último en cerrar
- El atraco
- La llaman a la capital
- El aparcamiento
- El papel en el bolsillo
- La fundación
- El nombre que no se dice
- Lo que firmaba Teófilo
- Leer al que teme a los suyos
- Las gestorías
- Don Fadrique
- Entra Laura
- El primer aviso
- La página de atrás
- El bufete
- El reportaje
- Carmen
- Yuste ve la estructura
- El cabo suelto
- Saúl Cebrián
- La noche, contada
- Lo que se prueba
- El intocable, tocado un milímetro
- Laura espera
- Hay causa
Más de La forma del miedo
El que cuenta los días
La casa que respiraba
Trece sillas
El idioma de los pájaros
Nadie llamó a esa puerta
La aritmética del silencio
El hombre de las fotos quietas
Donde el mapa miente
La voz del 112
El que devuelve los nombres
Cuarto creciente
La deuda de los vivos
El invierno de los internos
La frontera de dentro
Lo que pesa el agua
El censo de los ausentes
El que cose los hilos
La tela entera
La forma del miedo