Sinopsis
En Sotillo de la Hoz, un pueblo de montaña que se vacía cada invierno, aparece muerto Saturnino Vela: caído en la era de su corral, con la cabeza contra el pilón, una mañana de escarcha. Todos lo dan por un resbalón. El juzgado va a archivarlo. Pero junto al cuerpo hay un papel con un número, y en el bolsillo del muerto, otro.
Cuando la Guardia Civil manda a la sierra a Nuria Salas, perfiladora de análisis de conducta, ella descubre que Saturnino llevaba nueve días recibiendo papeles por debajo de la puerta, cada uno con una cifra más baja que la anterior. Alguien le estaba contando los días que le quedaban. Y Saturnino, que pudo pedir ayuda, no se la pidió a nadie: sabía perfectamente por qué venían a por él.
Para entender quién mata, Nuria tendrá que volver a un invierno de hace cuarenta y tres años, cuando un temporal dejó el pueblo aislado nueve días y una niña que no figuraba en ningún papel desapareció sin que nadie saliera a buscarla. Un pueblo entero que aprendió a no mirar. Una víctima que también fue verdugo. Y un asesino que no mata para esconderse, sino para que, por fin, alguien lea lo que se enterró.
Primera entrega de La forma del miedo, una serie de novela negra rural protagonizada por una investigadora que sabe leer la huella que el miedo deja en la conducta.
Nuria Salas apareció por primera vez, todavía de cabo, en «El hijo que volvía de noche», de la saga Pueblos que callan, ambientada en el mismo mundo. No hace falta haberla leído: «El que cuenta los días» se lee solo y abre su propia serie.
Las primeras páginas
La escarcha
Saturnino Vela se despertó a las seis, como todos los días de su vida, y supo que era el último antes de poner los pies en el suelo.
Lo supo porque no había soñado nada. Llevaba nueve noches soñando con el río, con el agua parda subiendo por la chopera, con una voz pequeña que lo llamaba desde dentro de la corriente y a la que él no contestaba. Nueve noches seguidas el mismo sueño, hasta el punto de que había llegado a temer el momento de cerrar los ojos más que el de abrirlos. Esta noche, no. Esta había dormido como un tronco, sin río y sin voz, de un tirón, el sueño pesado y limpio del que ha dejado de pelear. Y un hombre que ha dormido bien después de nueve noches malas sabe, sin necesidad de que se lo digan, que el cuerpo lo está despidiendo.
Se sentó en el borde de la cama. La habitación estaba helada. En Sotillo de la Hoz, en enero, el frío no era una cosa que pasara fuera y uno mirase por la ventana con la taza de café entre las manos: el frío entraba en las casas y se quedaba, se metía entre las sábanas y debajo de las uñas, dormía con uno como un perro viejo que nadie había invitado y que ya no se va. Las paredes de aquellas casas de la sierra tenían dos palmos de piedra, y la piedra, que en agosto guardaba el fresco como un tesoro, en enero guardaba el frío con la misma avaricia. Saturnino encendió la lamparilla. La bombilla parpadeó, dudó, se decidió, y dejó en el techo una luz amarilla y pobre.
En el suelo, junto a la puerta, no había ningún papel. Esa mañana, por primera vez en nueve, no lo habían deslizado por debajo. Y Saturnino, antes de levantarse siquiera, supo lo que eso quería decir.
No se movió deprisa. Ya no. Los primeros días sí, los primeros días se había levantado de un salto, con el corazón golpeándole las costillas, y había abierto la puerta de par en par y había salido al rellano en calzoncillos, descalzo sobre las baldosas heladas, gritándole al frío, retando a quien fuera a dar la cara. No había nadie. Nunca había nadie. Solo el papel, doblado en cuatro, deslizado por debajo en algún momento de la madrugada, mientras él soñaba con el agua. Aquellas primeras noches había llegado a poner una silla atravesada contra la puerta, y trapos enrollados en la rendija de abajo, y ni por esas: el papel encontraba la manera de entrar, como si lo trajera el aire de la sierra, como si las paredes de piedra no significaran nada para el que contaba.
El primero traía un nueve.
Lo había quemado en el fogón aquella mañana, riéndose entre dientes para convencerse de que era una broma, una gamberrada, alguien que le tenía ganas. Y motivos para tenerle ganas, en aquel pueblo, él los había repartido a manos llenas durante toda una vida, y no se le escapaba ninguno: el que cobra las rentas y desahucia y avisa al que tiene que irse no se hace querer, se hace temer, y el miedo, cuando se acumula durante cincuenta años, se le agria a uno por dentro y a veces sale a buscarlo. Pero a la noche siguiente, debajo de la puerta, un ocho. Y entonces ya no se rió. Porque un nueve podía ser un error, pero un ocho detrás de un nueve era una cuenta, y una cuenta que baja es una cuenta que camina hacia el cero, y un hombre de setenta y un años sabe perfectamente, sin que nadie se lo explique, lo que hay esperando en el cero.
Saturnino se puso los pantalones sentado, despacio, peleándose con la pernera, que las piernas ya no le obedecían como antes. Luego el jersey de lana gorda que olía a humo y a hombre solo, ese olor que se les pega a los viudos viejos y que ellos ya no notan. Después fue a la cocina, arrastrando un poco las zapatillas, y cogió de encima de la mesa el papel de la víspera, el que la noche anterior no había tenido valor de quemar, y lo desdobló sin necesidad de hacerlo, porque ya sabía lo que ponía.
Un uno.
Lo miró un buen rato a la luz pobre de la lamparilla. Un uno, escrito a lápiz, con aquella letra pequeña, redonda, paciente, que él había llegado a conocer mejor que la suya. Una letra sin rabia. Eso era lo que más lo había desarmado durante aquellas nueve noches: que no había odio en la letra. El que escribía aquellos números no temblaba, no apretaba el lápiz hasta romper el papel, no garabateaba. Escribía despacio, redondo, como quien tiene todo el tiempo del mundo. Como quien lleva esperando ese momento tanto tiempo que ya no necesita tener prisa.
Le faltaba el cero, pensó. Y casi le dio la risa, esa risa fea que le salía de muy adentro cuando las cosas se ponían serias de verdad, porque cayó en la cuenta de que el cero no se lo iban a meter por debajo de la puerta. El cero no era para deslizarlo en la madrugada. El cero se lo iban a poner en otro sitio. El cero lo iba a poner él mismo, con el cuerpo, donde a aquel que contaba le diera la gana ponerlo.
Podía llamar a alguien. Aún estaba a tiempo. Tenía el teléfono en la mesilla, un aparato viejo de teclas grandes. Tenía el número del cabo Nieto apuntado con lápiz en una libreta junto a la cocina, de cuando lo del robo de los cables del año pasado. Tenía sobrinos en la capital, un cuñado en Soria, y, si se ponía, tenía a la Guardia Civil entera, que para algo había sido él hombre de orden toda la vida y lo conocían y lo respetaban. Podía descolgar ahora mismo y decir: vienen a por mí, llevan nueve días avisándome con números, vengan ustedes antes de que llegue el cero.
Pero entonces tendría que decir por qué.
Y eso Saturnino Vela no lo había dicho en cuarenta y tres años. Ni en confesión, las pocas veces que se había arrodillado en el confesonario de don Casiano. Ni borracho, que borracho había estado muchas noches. Ni en las madrugadas peores, cuando el río le subía en sueños hasta la garganta y se despertaba ahogándose en su propia cama. No lo iba a decir ahora, a las seis de la mañana, por teléfono, para que un guardia joven tomara nota y para que en dos días lo supiera media comarca. Había cosas peores que morirse, y a su edad uno ya las tenía bien clasificadas. Una de ellas, la peor, era seguir vivo después de que se supiera. Vivir el resto de sus días siendo, a ojos de todos, el hombre que había cambiado a una niña por un corral.
Índice · 28 capítulos
- La escarcha
- El accidente
- De pasada
- El pilón
- El bolsillo
- El pueblo de invierno
- Quién era Saturnino
- Por debajo de la puerta
- La cuenta
- Leer al que avisa
- El padrón
- El temporal del 81
- Lo que no consta
- El sobre
- El que calla paga
- Cara nueva en enero
- El forastero
- Los Brun
- El nombre de la niña
- Don Eladio
- El que cuenta
- Nuria ata
- Cara a cara
- Los nueve días de Damián
- Lo que se prueba
- El pueblo habla
- Lo que no es suyo
- Volver
Más de La forma del miedo
La casa que respiraba
Trece sillas
El idioma de los pájaros
Nadie llamó a esa puerta
La aritmética del silencio
El hombre de las fotos quietas
Donde el mapa miente
La voz del 112
El que devuelve los nombres
Cuarto creciente
La deuda de los vivos
El invierno de los internos
La frontera de dentro
Lo que pesa el agua
El censo de los ausentes
La hora de los honrados
El que cose los hilos
La tela entera
La forma del miedo