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La forma del miedo · Thriller

La casa que respiraba

La forma del miedo 2. Un caso de la perfiladora Nuria Salas

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Sinopsis

En Almendral de la Vega, un pueblo de regadío donde el agua suena debajo de todas las conversaciones, desaparece Elena Bayo, administrativa de la cooperativa. Todo dice que se marchó por su propio pie: falta una maleta, la cuenta se vació poco a poco y mandó dos mensajes pidiendo que no la buscaran. Una mujer adulta tiene derecho a irse, y el caso camina hacia el archivo.

Pero la hermana no se lo cree, y cuando la perfiladora Nuria Salas llega a la vega para una simple valoración de riesgo, encuentra una marcha demasiado bien hecha: las gafas sin las que Elena no veía siguen en su mesilla, los mensajes no suenan a ella, y el dinero lo sacó alguien con paciencia de contable. Luego está la casa, recién reformada, donde a Nuria le pasa una cosa que no sabe poner en un informe: al recorrerla, el cuerpo le pide un paso más del que hay.

Entre los planos oficiales y las paredes de verdad falta casi un metro noventa. Y en ese hueco cabe una respuesta que el pueblo entero lleva semanas sin querer mirar.

Segunda entrega de La forma del miedo, la serie de novela negra rural protagonizada por una investigadora que sabe leer la huella que el miedo deja en la conducta.

Las primeras páginas

El semillero

Elena Bayo plantó los tomates un jueves por la tarde, que era lo que su padre le había enseñado: los tomates, pasada la luna de abril, y mejor jueves que viernes, porque el viernes el agua de la acequia bajaba turbia de las labores de arriba y a las plantas recién puestas el agua turbia les sienta como a un recién nacido la leche fría.

Lo del jueves no tenía ninguna base, eso lo sabía hasta ella. Pero lo hacía igual. Hay cosas que se hacen no porque sirvan, sino porque las hacía alguien que ya no está, y al hacerlas uno lo trae un rato de vuelta. Su padre llevaba once años muerto y Elena seguía plantando los tomates en jueves, y regando los geranios al caer la tarde, cuando el sol ya no quema la hoja mojada, y dejando siempre un vaso de agua junto al fregadero por las noches, porque él decía que una cocina sin un vaso de agua a la vista es una cocina donde nadie piensa en el que se levanta con sed.

El semillero lo tenía en el poyo del corral, contra la pared del mediodía: una caja de poliespán con veinticuatro huecos, y en cada hueco una mata pequeña, de dos hojas, temblona, de esas que parece mentira que en agosto vayan a dar tomates de medio kilo. Fue poniéndolas en tierra una a una, con el dedo, apretando el caballón alrededor de cada tallo, despacio, en cuclillas, con las rodillas protestándole lo justo. Olía a tierra mojada y a tarde de abril, que es un olor que no se parece a ningún otro: huele a cosa que empieza.

Y mientras plantaba, sin querer, hizo lo que llevaba tres semanas haciendo a todas horas: cuentas.

Ciento dieciocho mil euros. Lo había sumado tantas veces, en tantos papeles distintos, con tantas esperanzas de haberse equivocado, que ya le salía la cifra sola, como el padrenuestro. Ciento dieciocho mil euros en nueve años. Cuotas de los regantes, derramas extraordinarias, una obra de mantenimiento de las compuertas del Canal Viejo facturada y cobrada y nunca hecha, que esa fue la punta por donde todo asomó, porque las compuertas del Canal Viejo las conocía Elena de memoria, una a una, de niña, de ir con su padre, que fue acequiero treinta y dos años, y la factura aquella hablaba de unos trabajos que en las compuertas no estaban. Ella pasaba facturas en la cooperativa, llevaba media vida pasando facturas, y las facturas eran para ella lo que las caras para otra gente: las miraba y sabía si mentían.

Aquella mentía. Y debajo de aquella, escarbando en silencio, tardes enteras con la puerta del despacho cerrada, habían ido saliendo las demás, una detrás de otra, nueve años de mentiras ordenadas, pulcras, bien cosidas, con la firma de su marido debajo.

Julián. Secretario de la Comunidad de Regantes del Canal Viejo desde hacía dieciséis años. El hombre que en las juntas se sentaba a la derecha del presidente y le apuntaba las cifras. El hombre al que medio pueblo le decía «Julián, tú que entiendes» antes de firmar nada. Su marido. Veintitrés años casados, sin hijos, que no vinieron, y a estas alturas Elena ya no sabía si aquello había sido una pena o un aviso que ella no supo leer.

Apretó la tierra del último tomate y se quedó un momento quieta, en cuclillas, mirando la pared del corral.

La pared. También eso.

Desde la reforma, hacía ya más de un año, a Elena le pasaba con la casa una cosa que no le había contado a nadie, porque contada en voz alta sonaba a tontería de mujer nerviosa: la casa no le cuadraba. No sabía decirlo mejor. Era la casa de sus padres, la casa donde había nacido, y se la conocía con el cuerpo, a oscuras, como se conoce uno los dientes con la lengua. Y desde la reforma, la casa, siendo más bonita, siendo más nueva, oliendo todavía un poco a pintura y a yeso por los rincones, le resultaba... más cerrada. No sabía decirlo mejor. El pasillo de la cocina al corral, donde antes entraba el sol de la mañana por un ventanuco viejo, se había quedado a oscuras de día desde que la despensa nueva le comió aquel hueco por un lado, y a Elena, al cruzarlo con la luz de led encendida a mediodía, se le encogía el pecho sin saber por qué. Como un diente empastado: mejor que antes, dicen todos, pero la lengua sabe que ahí había otra cosa.

«Cosas de las obras», le había dicho Julián la única vez que ella lo comentó, sin darle importancia, sin levantar la vista del periódico. «Los tabiques nuevos comen luz. Pregúntale a Marcial, si quieres.»

No le había preguntado a Marcial. A Marcial Obón, a esas alturas, Elena no pensaba preguntarle ni la hora, porque la reforma la había hecho él, treinta y cinco mil euros que ahora Elena sabía de dónde habían salido, y porque en los papeles del desvío el nombre de Construcciones Obón aparecía las veces suficientes para que a Elena se le hubiera quitado para siempre la costumbre de devolverle el saludo con ganas.

Se levantó, sacudiéndose la tierra de las manos contra el mandil, y regó el semillero con la regadera fina, en lluvia, como mandaba su padre. Después regó los geranios del poyo, que estaban echando flor temprana. Y después, sin tener ninguna necesidad, entró en la casa, fue hasta el dormitorio, abrió su cajón de la cómoda y levantó el papel de forrar del fondo, solo para comprobar, una vez más, que la carpeta seguía allí.

Seguía. Una carpeta de gomas, azul, comprada en el bazar de Villanueva para no comprarla en el pueblo. Dentro, las fotocopias. Todas. Hechas despacio, en semanas, de tres en tres folios, en la fotocopiadora de la cooperativa a las horas en que no había nadie. Las facturas, los extractos, las actas, la obra de las compuertas que no existió. La vida entera de la mentira de su marido, ordenada por fechas, con pósits amarillos, como a ella le habían enseñado que se ordenan las cosas que importan.

El domingo. Se lo había prometido a sí misma mirando los tomates: el domingo hablaba con él.

No el sábado, porque el sábado Julián tenía junta general de regantes, la grande, la de la primavera, y llegaría tarde y cansado y con dos coñacs de más del bar de la presa, y las cosas serias no se hablan con un hombre así. El domingo por la mañana, con la luz buena, en la cocina. Le pondría la carpeta delante. Le diría: lo sé todo, Julián. Lo sé desde marzo. Y le diría también lo otro, lo que llevaba ensayando delante del espejo del baño como una niña que ensaya la lección: que se iba unos días a casa de la Puri, a pensar; que el dinero se devolvía hasta el último euro, vendiendo lo que hubiera que vender, pasando la vergüenza que hubiera que pasar; y que de ella no iba a salir denuncia ninguna, porque una no denuncia a su marido de veintitrés años, pero que tampoco iba a ser su cómplice ni una semana más, porque su padre había sido treinta y dos años el hombre que cuidaba el agua de todos, y ella no pensaba seguir durmiendo en una casa pagada con el agua robada a todos.

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Índice · 27 capítulos
  1. El semillero
  2. Una maleta hecha
  3. La Vega
  4. La casa nueva
  5. Puri
  6. Lo que dice una maleta
  7. El juez Goñi
  8. Doce pasos
  9. La obra que no existió
  10. Los planos
  11. Seis gestos
  12. La fresquera
  13. Lo que no está en el plano no existe
  14. La pared nueva
  15. El detenido que lloraba
  16. La noche
  17. El que vino después
  18. Favores
  19. El idioma de los mensajes
  20. El que mide
  21. La huella en el plástico
  22. La entrevista
  23. Lo que Obón no dijo
  24. El entierro
  25. La página de atrás
  26. La casa vacía
  27. Mayo en Madrid

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