Sinopsis
Octubre, año de sequía. El embalse del Cárdeno baja hasta cotas que no se veían desde 1992 y devuelve, piedra a piedra, Pedrosa la Vieja, el pueblo que el agua se tragó en 1969. Entre las ruinas, en el umbral de una casa hundida, aparece el cuerpo de un empresario de la comarca. Y junto a él, hecho con la calma de un naturalista: nueve anillas de pájaro ensartadas en un bramante, cinco pizarras con nombres de aves y una sexta en blanco.
La Guardia Civil manda a la sierra a Nuria Salas, perfiladora de análisis de conducta. Pronto entiende que el crimen no se esconde: se escribe. Pero está escrito en un idioma que el pueblo entero habla y finge no entender, el de los motes de pájaro de Pedrosa y las anillas de un viejo maestro pajarero. Para leer el mensaje, Nuria tendrá que aprender ese idioma. Y cuando lo aprenda, descubrirá que el acertijo no es una amenaza, sino una confesión con mapa: la de un ahogado de quince años, en otro octubre seco, al que nunca le dieron tumba.
Cuarta entrega de La forma del miedo. Se lee sola.
Nuria Salas apareció por primera vez, todavía de cabo, en «El hijo que volvía de noche», de la saga Pueblos que callan, ambientada en el mismo mundo. No hace falta haberla leído.
Las primeras páginas
La cota
El hombre bajaba todas las tardes a mirar el agua, a la hora en que el sol se tumbaba detrás de la sierra y el embalse se quedaba del color del estaño viejo. Aparcaba la furgoneta blanca de la Confederación en el ensanche de la pista, junto al cartel oxidado que prohibía el baño, y andaba los doscientos metros que quedaban hasta la orilla con un paso que no era de paseo ni de prisa: un paso de oficio, el de quien lleva media vida recorriendo el mismo camino y ya no necesita mirar dónde pisa.
La regla de aforo estaba pintada en el estribo viejo del puente de Pedrosa, el que llevaba sumergido desde el año sesenta y nueve y que ahora asomaba entero, con sus tres ojos de piedra llenos de barro seco, como un animal grande que hubiera salido a respirar. Números negros sobre fondo blanco, repintados cada pocos años por él mismo, con brocha, colgado de un arnés. Ochenta y siete con cuarenta. El hombre lo apuntó en la libreta de tapas de hule, con lápiz, como lo apuntaba todo, y después se quedó un rato quieto, mirando.
No hacía falta la regla, en realidad. La cota la tenía en el cuerpo. Llevaba tantos años midiendo aquella agua que le había cogido el pulso como se le coge el pulso a un enfermo de casa: sabía cuánto bajaba en un día de cierzo y cuánto en uno de calma, cuánto se bebían los riegos de la vega en agosto y cuánto robaba el sol en una semana de bochorno. Aquel año el agua bajaba veintidós centímetros al día, con la regularidad de un reloj al que nadie da cuerda porque no la necesita. Llevaba así desde junio. Los periódicos de la capital habían empezado a mandar fotógrafos en septiembre, cuando asomó la veleta del campanario, y ahora venían los domingos familias enteras a pasear por la orilla nueva, a hacerse retratos delante de las ruinas, a decir mira, el pueblo hundido, qué cosa más triste y qué bonito.
El pueblo hundido. Así lo llamaban los de fuera. Los de Pedrosa la Nueva, los cuatrocientos y pico que quedaban arriba, en el pueblo de hormigón que les hicieron en el setenta, no lo llamaban de ninguna manera. Decían «el pantano», como quien dice el mar, y procuraban no mirar mucho hacia abajo cuando el agua se retiraba, porque el agua, al retirarse, devolvía cosas. Devolvía la iglesia sin tejado, con la espadaña entera y las chovas dándole vueltas como si los treinta y tantos años de agua no hubieran pasado. Devolvía la calle Mayor con sus losas, el lavadero, las eras, los esqueletos de las chopas que se ahogaron de pie. Devolvía los umbrales de las casas, cada uno con su nombre, aunque los nombres ya no los supiera casi nadie.
Él los sabía todos.
Podía recorrer Pedrosa la Vieja con los ojos cerrados, y de hecho la recorría así muchas noches, sin linterna, porque una linterna en las ruinas se ve desde el mirador del pueblo nuevo y él no había esperado treinta y dos años para que lo delatara una pila de petaca. Sabía dónde estaba cada calle debajo de cada metro de lodo. Sabía qué piedras aguantaban el peso de un hombre y cuáles se lo tragaban hasta la ingle. Sabía que de la casa grande de los Reyero al umbral de los Chovas había sesenta y cuatro pasos por la calle del Horno y setenta y uno por detrás, por el callejón de las Ánimas, y que el callejón era más largo pero más firme, porque conservaba el empedrado. No lo sabía por haber vivido allí: cuando el agua tapó Pedrosa él no había nacido. Lo sabía porque aquel pueblo muerto era el único sitio del mundo donde había sido feliz, un otoño, a los quince años, y porque en aquel pueblo muerto se le había acabado la vida una noche de octubre, sin que él se muriera, que es la manera más lenta de acabársele a uno la vida.
Sacó la libreta otra vez e hizo la cuenta que llevaba haciendo, cada tarde, desde hacía cuatro meses. Veintidós centímetros al día. La cota ochenta y cuatro con sesenta, que era la que le importaba, la única que le había importado en la vida, llegaría con el final de octubre. Antes de Todos los Santos, el agua destaparía el corral de la casa grande y el brocal de la cisterna, y entonces cualquiera que pasara por allí, cualquiera que supiera mirar, podría ver lo que él sabía desde los quince años y nadie le había creído nunca.
Ya había esperado otras veces. En el dos mil cinco el agua se quedó a metro y medio. En el diecisiete, a ochenta centímetros: aquel otoño bajó cada noche durante tres semanas, y una madrugada llegó a meter el brazo en el agua negra hasta el hombro, tocando las lajas con la punta de los dedos, y luego vinieron las lluvias de diciembre y el embalse se bebió la esperanza en cuatro días. Lo recordaba sin rabia. La rabia se le había gastado hacía mucho, como se gasta el dibujo de una suela: de tanto usarla. Lo que le quedaba era otra cosa más dura y más callada, una cosa que no tenía nombre en el diccionario pero que se parecía a la paciencia como un lobo se parece a un perro.
Esta vez el agua no iba a volver a tiempo. Lo decían sus números y lo decía el cielo, que llevaba un año entero sin acordarse de aquella sierra.
Esta vez, además, él no se había quedado quieto esperando. Esta vez había escrito.
Miró hacia las ruinas, que a esa hora eran ya una mancha parda contra el agua de estaño, y buscó con los ojos, por costumbre, el punto exacto: el umbral de la tercera casa de la calle Mayor, la que tenía el dintel de una pieza, donde dos semanas atrás había dejado dicho todo lo que tenía que decir. Lo había dejado dicho sin una sola palabra, porque las palabras, eso lo aprendió a los quince años, en un cuartelillo, delante de cuatro hombres que asentían, no valen nada cuando las dice quien no es nadie. Las palabras se las lleva el agua. Lo que él había dejado en aquel umbral no se lo llevaba el agua: al revés, el agua, al irse, lo iba a poner a la vista del mundo, despacio, centímetro a centímetro, con la misma paciencia con que lo había tapado todo durante treinta y dos años.
Índice · 27 capítulos
- La cota
- El hombre del umbral
- Octubre seco
- El pueblo que salió del agua
- Lo que dijo la forense
- El pajarero
- Los motes
- La anilla en el buzón
- El mapa de dentro
- Papeles del 69
- El camino del Calvario
- Pájaros que vuelven
- El avetoro
- El lodo
- El ahogado del 92
- Nueve anillas
- El que mide el agua
- Hombres honrados
- La madre del Chova
- El zorzal canta poco
- La despensa
- La cota ochenta y cuatro
- Martín pescador
- La confesión del que mide
- Lo que sostiene un auto
- El entierro del Chova
- La página de atrás
Más de La forma del miedo
El que cuenta los días
La casa que respiraba
Trece sillas
Nadie llamó a esa puerta
La aritmética del silencio
El hombre de las fotos quietas
Donde el mapa miente
La voz del 112
El que devuelve los nombres
Cuarto creciente
La deuda de los vivos
El invierno de los internos
La frontera de dentro
Lo que pesa el agua
El censo de los ausentes
La hora de los honrados
El que cose los hilos
La tela entera
La forma del miedo