Portada de La forma del miedo
La forma del miedo · Thriller

La forma del miedo

La forma del miedo 20. Un caso de la perfiladora Nuria Salas

Próximamente
Aún no publicado · próximamente en Amazon

Sinopsis

Han caído los tendones de la red. Cuarenta y tres detenidos, tres gestorías, decenas de testaferros: la Operación Telar ha desmontado, eslabón a eslabón, la maquinaria que durante medio siglo hizo desaparecer a quien estorbaba y compró el silencio de quien sabía. Solo queda en pie el centro. Un nombre que no figura en ningún papel, que no ha firmado nada en cincuenta años, que la Guardia Civil conoce y no puede imputar: Álvaro Quirós.

Cuando en el registro de un pueblo fantasma aparece una cuartilla escrita de su puño y letra, la perfiladora Nuria Salas consigue por fin lo imposible: sentarse enfrente del hombre al que lleva cinco años leyendo sin haberlo visto nunca. No habrá confesión. No habrá condena por la sangre, porque no hay prueba y nunca la habrá. Pero habrá un duelo callado, cara a cara, entre el que nunca dejó rastro y la única persona capaz de leer la forma que el miedo deja en la conducta.

Cierre de La forma del miedo. Un final honesto sobre lo que la justicia puede probar y lo que no, sobre el precio de ver lo que otros no ven, y sobre por qué, a cierta clase de mal, lo que de verdad lo derrota no es siempre la cárcel: a veces es la luz.

Nuria Salas apareció por primera vez, todavía de cabo, en «El hijo que volvía de noche», de la saga Pueblos que callan. La forma del miedo se cierra aquí; cada entrega se lee sola.

Las primeras páginas

El que no estaba en la lista

La lista cabía en cuatro folios, y Nuria Salas se la sabía de memoria.

Cuarenta y tres nombres. Los había contado tantas veces que el número se le había quedado pegado por dentro, y cada vez que lo pensaba le venía detrás, sin que ella lo llamara, otro cuarenta y tres distinto: los cuarenta y tres años que el pueblo de Sotillo de la Hoz había callado el nombre de una niña. Cinco años atrás, en su primer caso, aquel número la había acompañado de vuelta a Madrid en el coche. Ahora volvía a estar ahí, en una lista de detenidos, como si el tiempo, que nunca cuenta hacia atrás, hubiera querido hacerle un guiño cruel.

Cuarenta y tres procesados. La Operación Telar, en noviembre, había sido lo más grande que había visto en su vida de cuerpo. Registros simultáneos en cinco provincias, a las seis de la mañana, coordinados al minuto por la UCO bajo la dirección del juez Yuste. Habían caído las tres gestorías que durante décadas movieron el dinero: Adén, la de la costa, la del primer sobre de Saturnino; Lerga Patrimonios; Fiduciaria del Norte. Habían caído los administradores sin cara que firmaban por testaferros que firmaban por nadie. La constructora que sellaba espacios y la empresa de transporte que movía a la gente que dejaba de existir. Habían caído los contables, los abogados de paja, los alcaldes de bolsillo, el funcionario del 112, el tramitador de los padrones. Habían caído, por fin, todos los que durante medio siglo habían tejido los hilos de aquella tela.

Habían caído los tendones.

El día de los registros, en noviembre, Nuria no había dormido. Había entrado en Adén con el primer equipo, detrás de la comisión judicial, y había seguido por el enlace de radio cómo las patrullas de la UCO entraban a la vez, a las seis en punto, en cinco provincias distintas, en gestorías, en chalets, en despachos, en un pueblo abandonado de la sierra. Había oído, en directo, las voces tranquilas de los guardias confirmando una detención tras otra, la cuenta subiendo, diez, veinte, treinta, hasta los treinta y uno de aquella primera mañana, que la instrucción acabaría empujando hasta los cuarenta y tres. Y había sentido, esa madrugada, algo que no había sentido nunca en su vida de cuerpo: que por una vez, por una sola vez, los honrados iban por delante. Que la máquina paciente que durante medio siglo había ido siempre un paso por delante de todos, esa madrugada, iba por detrás. Lloró un poco, a solas, en la calle gris de la costa, cuando confirmaron la última entrada, y no se lo contó a nadie, ni siquiera a Marta. Fue el día más grande de su carrera.

Y, sin embargo, ni siquiera aquella madrugada se le había quitado del todo el peso de la nuca. Porque mientras celebraban, mientras el coronel sonreía y los teléfonos no paraban, Nuria ya estaba pensando en el hueco. En el que faltaba. En que una tela tan grande no se teje sola.

Nuria dejó los cuatro folios sobre la mesa de la cocina, en su piso de Vallecas, el de más libros que muebles, y se sirvió un dedo de café del termo, ya frío, porque llevaba leyendo desde las seis y se le había olvidado, como se le olvidaban casi siempre las cosas del cuerpo cuando la cabeza estaba en otro sitio. Tenía cincuenta años. Le habían salido canas que no se molestaba en tapar y unas arrugas finas alrededor de los ojos que, decía Marta para hacerla rabiar, eran de tanto entornarlos para mirar lo que los demás no querían ver. La libreta negra estaba abierta a su lado, por la página de atrás, la que no enseñaba a nadie. La que empezó en una fonda de sierra hacía cinco años, con dos líneas sobre una niña borrada y un sobre que no paró de pagarse al morir el dueño del silencio.

Ya no eran dos líneas. Eran veinte páginas de letra apretada, una por cada pueblo, una por cada muerto que nadie había contado, una por cada forma que ella había ido reconociendo de comarca en comarca hasta poder dibujarla entera. La tela completa. Y, al final de todo, después de Telar, después de los cuarenta y tres nombres, una sola línea que llevaba cinco meses sin tachar y sin completar, escrita con una letra más pequeña que las demás, como si hasta la mano hubiera bajado la voz:

«Falta el centro. El que no estaba en la lista.»

Porque eso era lo que nadie decía en voz alta en la unidad, ni en la UCO, ni en el juzgado, en aquellos cinco meses de felicitaciones y de ruedas de prensa y de palmadas en la espalda. Que la tela entera, con sus cuarenta y tres tendones, colgaba de algo. Que una red no se teje sola. Que detrás de las gestorías sin cara había habido siempre, durante cincuenta años, una mano que decidía a quién se le pagaba el silencio y a quién se le hacía desaparecer, y que esa mano no figuraba en ningún auto, ni en ningún sumario, ni en ninguno de los cuatro folios que Nuria tenía delante.

Lo conocían. Ese era el detalle que le quitaba el sueño. No es que fuera un misterio, un nombre por descubrir, una cara en la sombra. Lo conocían perfectamente. La UCO lo conocía. Yuste lo conocía. Hasta ella, que solo leía conductas, había llegado a su nombre remontando las gestorías hacia arriba, eslabón a eslabón, hasta que el hilo se cortaba, siempre limpio, siempre en el mismo sitio, a un palmo justo de aquel hombre. Lo conocían todos. Y ninguno podía tocarlo.

Nuria miró por la ventana. Madrid amanecía gris, con esa luz de primavera sucia que tienen las ciudades grandes en abril, cuando el invierno se ha ido pero todavía no ha llegado nada en su lugar. Pensó, como pensaba a menudo, en la jueza Sanz, en aquel despacho con olor a expediente húmedo de hacía cinco años, en la frase que se había llevado para siempre: la ley no es la justicia, es lo más parecido que hemos sabido hacer entre todos. Y pensó que aquella frase, que entonces le pareció sabia y triste, ahora le parecía sobre todo verdadera, que es lo peor que le puede pasar a una frase.

Cerró la libreta. Se la guardó en el bolso, como otros llevan el tabaco. Y antes de salir hacia la unidad miró, por costumbre, hacia la balda más alta de la estantería, donde ya no había ninguna caja de cartón cerrada, porque aquel otro caso, el primero, el que se le escapó de joven, lo había abierto y lo había cerrado hacía años, y había aprendido, despacio y a un precio que no le contaba a nadie, a vivir con él.

El libro completo, próximamente en Amazon
Índice · 30 capítulos
  1. El que no estaba en la lista
  2. El hombre que no firmó nada
  3. La unidad minúscula
  4. Pozohondo abierto
  5. La nota
  6. Lo que prueba una nota
  7. El nombre por fin
  8. De posguerra
  9. El cojín de tres
  10. El abogado
  11. Laura
  12. 1981
  13. Preparar la lectura
  14. La víspera
  15. Cara a cara
  16. El borrado pulcro
  17. Silencios con nómina
  18. El territorio vacío
  19. Contra su abogado
  20. Paciencia de contable
  21. La noche del primer día
  22. Aurita
  23. Lo que él vio
  24. Lo que se prueba
  25. Lo que no se prueba
  26. El procesamiento
  27. Lo que pierde
  28. Lo que conste
  29. La página de atrás
  30. La forma

Más de La forma del miedo