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La forma del miedo · Thriller

El que cose los hilos

La forma del miedo 18. Un caso de la perfiladora Nuria Salas

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Sinopsis

Durante dieciocho años, la perfiladora Nuria Salas ha leído la misma firma debajo de crímenes que ocurrían en comarcas muy alejadas entre sí: un borrado pulcro, un silencio pagado con puntualidad de reloj, pueblos vaciados a conveniencia. Lo ha apuntado todo en una libreta negra que nadie tomaba en serio. Hasta que, un verano de calor, su colega Marta Espín cruza dieciséis comarcas y descubre lo que de verdad cose todos los hilos: no es un asesino, es dinero.

Décadas de fraude de fondos de despoblación y subvenciones europeas, canalizado por tres gestorías hermanas que pagaban los silencios y borraban a las personas. Pero ver el dibujo no basta: hay que probar que cabe en la ley. Y solo hay un sitio donde la araña entera encaja en un delito vivo: la Audiencia Nacional, el artículo 65 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, y un juez, Bernardo Yuste, dispuesto a instruirlo sin doblegarse ante la presión.

Cuando la pericial económica sostiene la competencia, Yuste firma el auto y ordena la entrada de la UCO bajo su control. La caza solitaria de toda una vida se convierte, por fin, en una operación. Pero el centro de la araña sigue siendo niebla, y Nuria tendrá que aprender lo más difícil: soltar lo que cargó sola tanto tiempo.

Decimoctava entrega de La forma del miedo, una serie de novela negra rural con investigadora recurrente. Se lee de forma independiente.

Las primeras páginas

Casi cinco años

A las dos de la madrugada, el despacho de la SACD olía a café recalentado y a verano de ciudad, ese olor a asfalto que no se enfría ni de noche y que se mete por la ventana entreabierta porque la otra opción, en agosto, era asfixiarse. Madrid estaba vacío. La unidad entera estaba vacía. Solo quedaban encendidos el flexo de la mesa de Nuria y la lámpara de pie que Marta Espín había arrastrado hasta el corcho, y entre las dos luces, clavado a la pared con chinchetas de colores y unidas las chinchetas por hilo de coser rojo, estaba el mapa.

No el de España de la pared del fondo, el viejo, el que Aldana llamaba «la enfermedad de la piel» porque parecía un sarpullido de tantos casos sin cerrar. Ese seguía allí, polvoriento, con sus chinchetas muertas. El que importaba era el nuevo, el que habían levantado Nuria y Espín a lo largo de aquella primavera y de aquel verano sobre tres corchos pegados de canto: dieciséis comarcas, dieciséis pueblos, la libreta negra entera pasada a fichas y cruzada con hilo.

Nuria llevaba un rato sin hablar. Estaba de pie, con un café frío en la mano que no se acordaba de haber servido, mirando el conjunto. Y por primera vez en casi cinco años, lo veía entero.

No era la primera noche que se quedaban hasta tarde. Llevaban toda la primavera y todo el verano así, robándole horas al sueño y a la vida, montando aquel corcho a escondidas casi, porque Aldana, que era el jefe y que ya las había visto venir, les había dejado hacer pero con una condición que repetía como un padrenuestro: «mientras no me lo metáis dentro de un expediente oficial, allá vosotras; el día que esto sea papel de la unidad, hablamos». Así que el corcho vivía en un rincón, tapado con una sábana vieja cuando entraba alguien de fuera, como una cosa de la que daba un poco de vergüenza hablar. La obsesión de Nuria. La telaraña, que decía el teniente. Y resultaba que la telaraña, terminada, tenía exactamente la forma de una telaraña, y eso era lo más inquietante de todo.

—Está terminado —dijo Espín, a su espalda. No lo dijo con triunfo. Lo dijo bajo, casi con miedo, como quien por fin pone nombre a un bulto que llevaba tiempo notándose en el cuerpo y prefería no tocar.

—Está terminado —repitió Nuria.

Y era verdad. Ahí estaban todos. El primero, el de arriba del todo, el más viejo: Sotillo de la Hoz, enero de 2024, una era con escarcha, un viejo muerto contra un pilón, una niña borrada que se llamaba Aurita Brun. De aquella ficha salía un hilo rojo que bajaba hasta otra, la de un barrio obrero donde una mujer pidió ayuda a todo el mundo y nadie la oyó; y de esa, otro hilo a una comarca vinícola donde tres desapariciones de quince años cuadraban si se leían juntas; y de esa, a un embalse, a una aldea borrada del mapa, a un centro del 112 con una grabación que alguien hizo desaparecer, a un cementerio donde un moribundo corregía lápidas. Hilo sobre hilo. Pueblo sobre pueblo. Y todos los hilos, todos sin excepción, pasaban antes o después por tres fichas pequeñas, blancas, escritas con la letra apretada de Espín, que estaban en el centro del corcho como tres arañas en mitad de su tela: Gestoría Adén. Lerga Patrimonios. Fiduciaria del Norte.

—Casi cinco años —dijo Nuria, más para sí que para Espín—. Empecé a verla aquella noche, en una fonda de la sierra. Bajé una caja de la estantería y no la abrí. Y escribí una frase de la que me he reído mil veces desde entonces: «si vuelvo a ver esta misma manera en otro sitio, ya no será casualidad».

—Pues no era casualidad.

—No. —Nuria dejó el café en la mesa, por fin, como quien suelta un peso pequeño antes de cargar con uno grande—. No era casualidad. Es lo que más miedo me da, Marta. Que tuviera razón. Una pasa años deseando tener razón en esto, y el día que la tienes, te das cuenta de que lo que tienes razón es en que existe una cosa así. Una máquina así. Que lleva funcionando toda mi vida y antes.

Espín se sentó en el filo de la mesa. Era diez años más joven que Nuria, criminóloga, de cabeza ordenada y manos que no paraban quietas; cuando pensaba, hacía girar un bolígrafo entre los dedos como un molinillo. Lo hacía ahora.

—¿Quieres oír la parte buena o la parte mala? —preguntó.

—La mala. Siempre la mala primero. La buena la disfruto más si ya me he tragado el sapo.

—La mala es que tienes razón y no sirve de nada.

Nuria la miró.

—Eso ya lo sé.

—No, no lo sabes. —Espín dejó el bolígrafo quieto, lo que en ella era señal de que iba en serio—. Llevamos toda la noche aquí porque tú querías ver el dibujo completo, y yo te he ayudado a montarlo porque también quería verlo. Y es magnífico, Nuria, de verdad, es la cosa más impresionante que he visto en un corcho en mi vida. Pero ese mapa no es nada. Procesalmente, no es nada. ¿A quién se lo llevas? ¿A qué juzgado? Cada una de esas fichas es de un partido judicial distinto. Cada muerto tiene su juez de instrucción, su comarca, sus diligencias. Y la mitad están prescritos, archivados o muertos sin cuerpo. Si mañana coges ese corcho, lo desclavas, te lo echas al hombro y lo bajas a un juzgado, ¿sabes lo que te dicen?

—Que vea menos telarañas.

—Que veas menos telarañas. —Espín volvió a coger el bolígrafo—. Que es exactamente lo que te lleva diciendo Aldana desde la primera chincheta.

Nuria no contestó enseguida. Se acercó al corcho, hasta tenerlo a un palmo de la cara, y miró las tres fichas del centro. Adén. Lerga. Fiduciaria del Norte. No eran muertos. No eran comarcas. Eran nombres de oficinas. Tenían dirección, tenían NIF, tenían cuentas en bancos, tenían a alguien que pagaba la luz y el alquiler y las nóminas. No se podían enterrar bajo el barro de un pueblo ni se llevaban un secreto a la tumba. Una oficina no se muere.

—¿Y la parte buena? —dijo, sin volverse.

Espín tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo dijo despacio, como quien deja una herramienta en la mano de alguien.

—La parte buena es que a lo mejor llevamos todo este tiempo mirando lo que no era. Tú perseguías a un asesino. Yo te he ayudado a perseguir a un asesino. Y no hay ningún asesino, Nuria. Hay un contable. Y a los contables no se les caza. Se les audita.

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Índice · 29 capítulos
  1. Casi cinco años
  2. Lo que no entra en un auto
  3. La forma tiene cuentas
  4. Subir a ver a Yuste
  5. El artículo 65
  6. Una mano que se cierra
  7. El precio de mirar
  8. El esqueleto es el dinero
  9. Gestoría Adén
  10. Lerga y Fiduciaria
  11. Laura y el mapa
  12. Pozohondo
  13. Lo que pide un juez
  14. El perito
  15. Las casas que no existen
  16. El informe
  17. Los planos del estudio Vela
  18. La presión, por fuera
  19. El tendón se jubila
  20. Quirós, de refilón
  21. La vidente
  22. Asumir la competencia
  23. El auto
  24. La UCO
  25. Soltar
  26. Coordinar, no cazar
  27. Registrar Pozohondo
  28. Lo que se ha probado y lo que no
  29. Telar

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