Sinopsis
En Valdecierzo, un pueblo del páramo que se vacía cada invierno, se alza el viejo Colegio San Casiano: un ala convertida en hostal, el resto en ruina. Cuarenta años después de cerrarse, la promoción del 86 se reunió allí, convocada por una carta con la foto de la orla que nadie reconoce haber mandado. Semanas más tarde, los del dormitorio de la Tercera empiezan a morir, de uno en uno, de frío. Junto a cada cuerpo, una vieja papeleta de falta del internado con un número escrito a lápiz.
Cuando la Guardia Civil manda al páramo a Nuria Salas, perfiladora de análisis de conducta, descubre que las muertes siguen un orden, y que el orden es un mensaje. Lo que une a los muertos es una noche de febrero de 1986, cuando un niño becado de trece años salió a la nieve por la ventana del lavadero y no volvió. Lo que el pueblo lleva cuarenta años llamando «una escapada».
Pero dentro de esa lista de venganza hay un nombre que no pesa lo que debería. Y Nuria tendrá que distinguir lo que nadie distingue: la diferencia entre vengar y limpiar, entre el dolor que ordena por agravio y la conveniencia que ordena por interés. Porque en este invierno hay dos manos: una que aprieta y otra que escribió.
Decimotercera entrega de La forma del miedo. Cada caso se cierra solo; el rastro de fondo sigue dibujándose. Se lee de forma independiente.
Las primeras páginas
La primera nevada
Braulio Soler salió del bar de la Engracia a las diez menos cuarto, que para Valdecierzo en diciembre era ya una hora de madrugada, y lo primero que pensó al pisar la calle fue que iba a nevar. Lo pensó como lo piensan los del páramo, sin mirar al cielo: por el olor. La nieve, antes de caer, huele. Huele a piedra mojada y a algo dulzón que no se sabe decir, y un hombre que ha pasado treinta años subido a un camión, cruzando los puertos de media España en enero, aprende a olerla a horas de distancia, igual que otros huelen la lluvia o el miedo.
—Va a caer una buena —le había dicho a la Engracia, de despedida, dejando las monedas justas del chato y la propina de céntimos de siempre.
—Pues no salgas mañana, Braulio, que tú ya no tienes edad de cadenas.
—Yo ya no tengo edad de nada, hija. Por eso salgo.
Se rieron los dos, lo justo, y se fue. Era la conversación de todas las noches, con variantes mínimas, y a Braulio le gustaba precisamente por eso: porque no cambiaba. A su edad, cincuenta y cuatro años, viudo, prejubilado del camión, con los hijos en Valladolid y en Alemania, la vida se había quedado reducida a una rueda pequeña de cosas que se repetían, y él había descubierto, con cierta sorpresa, que no le importaba. La partida, el chato, la cuesta de vuelta, la estufa, el telediario de la noche que ya no escuchaba. Una rueda pequeña, pero suya. Había gente que se moría de eso, de la rueda pequeña. Él no. Él había tenido demasiada carretera en la vida como para no agradecer un camino que ya se sabía de memoria.
La cuesta de su calle estaba oscura. El ayuntamiento apagaba la mitad de las farolas en invierno, para ahorrar, y dejaba el pueblo a media luz, con los cuarenta vecinos de diciembre repartidos en cuatro calles y el resto de las casas cerradas hasta el verano, las persianas echadas como ojos dormidos. A Braulio no le hacía falta luz. Conocía cada bache, cada losa suelta, el canalón de los Madrigal que goteaba y hacía hielo justo donde uno menos se lo esperaba. Subió despacio, con las manos en los bolsillos del tabardo, oyendo sus propios pasos, y a mitad de la cuesta, sin venir a cuento, se acordó del colegio.
Le pasaba más desde noviembre. Desde la dichosa comida.
Cuarenta años sin apenas pensar en San Casiano, y de pronto, desde aquella reunión, el colegio se le aparecía a todas horas, como una gotera que se ha abierto camino y ya mancha por donde quiere. La carta con la foto. Los manteles largos en el comedor del hostal de Quintín, que era el mismo comedor de entonces con otra pintura. Las caras viejas de los que habían sido críos con él, todos diciéndose qué bien te veo, qué poco has cambiado, mintiendo como se miente en los entierros. Y por debajo de todo, sin que nadie lo nombrara, aquello. La nevada del 86. El niño.
Braulio sacudió la cabeza, como quien espanta una mosca, y siguió subiendo.
No había sido idea suya, la reunión. Ni de Quintín, que puso el comedor pero juraba que a él le habían escrito como a todos. Cada uno había recibido la misma carta: un sobre sin remite, la foto de la orla del 86 repetida en una fotocopia buena, y cuatro líneas escritas a máquina, o a ordenador, qué más daba, citándolos el 21 de noviembre en San Casiano, cuarenta años, comida de hermandad, confirma al teléfono del hostal. Cada uno pensó que la organizaba otro. El Rubio pensó que era cosa de Severino, que para eso había sido siempre el mandamás; Severino pensó que era cosa de Quintín, por llenar el hostal en temporada baja; Quintín pensó que sería Benigno, el cura, que andaba siempre con lo de juntar a la gente. En la comida salió el tema, a los postres, entre risas: a ver, ¿quién ha sido? Que levante la mano. Y nadie levantó la mano, y hubo un segundo, Braulio lo recordaba bien, un segundo en que la mesa entera se quedó callada y se oyó el viento del páramo contra los cristales, y luego alguien hizo una broma y se pasó a otra cosa.
Se habían ido cada uno a su casa, a su provincia, a su vida. Y la rueda pequeña de Braulio había seguido girando: la partida, el chato, la cuesta. Solo que ahora, algunas noches, en la cuesta, se acordaba del colegio. De los pasillos fríos. Del dormitorio de la Tercera, trece camas de hierro, el vaho de las respiraciones. De las papeletas de falta, aquellas cartulinas del tamaño de una baraja con el número de cada uno escrito a lápiz, que el prefecto Mansilla repartía con dos dedos, sin mirar, como quien da cartas de una partida que siempre ganaba él.
De su número. El siete.
Llegó a su puerta con el aliento corto de la cuesta y buscó la llave en el bolsillo. Y entonces la vio.
Clavada con una chincheta en el marco de madera, a la altura de los ojos, había una cartulina del tamaño de una baraja. Vieja. Amarilleada de verdad, no de mentira, con los bordes gastados y una mancha de humedad en una esquina. Braulio la conocía antes de tocarla. Habría podido jurar delante de un juez qué era aquello, de dónde venía, qué tacto tenía, porque las había tenido en la mano cien veces, de crío, con el estómago encogido: la última vez en 1986.
Una papeleta de falta de San Casiano. Y en el centro, a lápiz, con una letra aplicada de pendolista viejo, un número.
El 7.
Braulio se quedó muy quieto. No miró alrededor, y eso fue lo raro, lo que él mismo notó como raro mientras lo hacía: que no miró alrededor. Un hombre que encuentra una cosa así en su puerta, de noche, mira alrededor. Él no. Él se quedó mirando el número con una sensación que no era exactamente miedo, o no era solo miedo: era la sensación de que algo que llevaba cuarenta años en camino acababa de llegar, sencillamente, a su hora. Como un autobús que se espera tanto que, cuando por fin asoma, casi da paz.
«El que tenga falta, que pase a recogerla», decía Mansilla. Ese era el sistema. La papeleta no era el castigo: era la citación. El castigo se recogía en persona, en el cuarto del prefecto, al fondo del pasillo de la Tercera.
Braulio desclavó la cartulina con dedos torpes. Le dio la vuelta. Por detrás, nada. Solo el cartón viejo y la huella de la chincheta.
Índice · 28 capítulos
- La primera nevada
- La alberca
- Dos números que no cuentan
- San Casiano
- La orla
- Valdecierzo
- El orden de los números
- El que espera
- Cuarenta años de retraso
- Don Honorio
- El expediente que no está
- El cuaderno
- Ginés Mora
- El nombre en la media página
- Tarde por horas
- El consejo
- Mansilla
- Vengar y limpiar
- El que cuenta los nombres
- Las páginas que no eran de Gabriel
- Severino habla
- La trampa de la lectora
- La víspera
- La Tercera
- Lo que sostiene un auto
- El nombre de Gabriel
- La página de atrás
- Lo que queda del invierno
Más de La forma del miedo
El que cuenta los días
La casa que respiraba
Trece sillas
El idioma de los pájaros
Nadie llamó a esa puerta
La aritmética del silencio
El hombre de las fotos quietas
Donde el mapa miente
La voz del 112
El que devuelve los nombres
Cuarto creciente
La deuda de los vivos
La frontera de dentro
Lo que pesa el agua
El censo de los ausentes
La hora de los honrados
El que cose los hilos
La tela entera
La forma del miedo