Sinopsis
En la Vega del Bardo, una comarca de regadío pegada a la raya de Portugal, aparece un hombre muerto en un canal de riego entre las tomateras, una madrugada de julio. La versión cómoda es la de siempre: un temporero que bebió y se cayó al agua. Pero el muerto no consta en ninguna parte. Ni contrato, ni padrón, ni una sola lista. Y tiene las manos de quien lleva meses trabajando un campo en el que, oficialmente, nadie lo ha visto nunca.
Cuando la Guardia Civil envía a la perfiladora Nuria Salas a leer a una víctima sin nombre, encuentra una comarca en plena temporada, con las furgonetas pasando cargadas al amanecer y nadie mirándoles las caras. Pronto entiende que la frontera de aquella tierra no está en el mapa: está dentro, entre los que son de allí y los que no cuentan.
Bajo la campaña agrícola hay una explotación a la vista de todos: cuadrillas captadas con engaño, pasaportes guardados en una caja, deudas inventadas, una aldea medio vacía convertida en dormitorio. Para devolverle el nombre al muerto del canal, Nuria tendrá que perfilar la cadena humana que lo sostiene -el captador, el transportista, la alojadora, los capataces, el empresario que firma- y, alrededor, una comarca entera que «no preguntaba» porque el precio por kilo salía bien.
Decimocuarta entrega de La forma del miedo, serie de novela negra rural protagonizada por una investigadora que sabe leer la huella que el miedo deja en la conducta. Se lee de forma independiente.
Las primeras páginas
El recuento
A las cinco y cuarto de la mañana, en Las Loberas, el cielo todavía era de noche pero el calor ya era de día. Lucília Mendes lo sabía sin abrir los ojos, por la manera en que la sábana se le pegaba a las piernas y por el olor del cuarto, ese olor a doce personas durmiendo en un sitio hecho para cuatro, que en invierno no existía, le habían dicho, pero que en julio se levantaba antes que nadie.
Se levantó sin hacer ruido, como había aprendido. En la litera de abajo dormía la Filomena, que tenía cincuenta y un años y los tobillos como botijos, y a la Filomena había que dejarla dormir hasta el último minuto porque cada minuto de sueño era un minuto menos de dolor. Lucília se vistió a oscuras, la ropa de ayer, que era también la de anteayer, y bajó la escalera de la casa grande pisando en los bordes de los peldaños, donde la madera no crujía. Eso también se aprendía. En Las Loberas se aprendían muchas cosas que nadie enseñaba: a pisar donde no cruje, a no mirar la caja del aparador, a no preguntar.
Abajo, en lo que había sido la cocina de alguien hacía mucho tiempo, Dores ya estaba de pie, con su bata y su cuaderno. Dores era de su misma lengua, portuguesa de Bragança, y al principio Lucília había pensado que eso era bueno, que una mujer de su misma lengua sería un alivio en aquel país de palabras parecidas y cuentas distintas. Le había durado dos días el pensamiento. Dores apuntaba en su cuaderno todo lo que entraba en aquella casa y todo lo que salía, y las personas eran, para su cuaderno, una cosa más que entraba y salía: el pan, el aceite, el butano, los hombres, las mujeres. Cada cosa con su precio. El colchón, treinta euros al mes. La luz, que era un generador, quince. El agua de la cisterna, diez. El viaje desde Lisboa, trescientos, que se iban descontando. El descuento nunca se acababa de descontar. Esa era otra de las cosas que se aprendían sin que nadie las enseñara: que la deuda de Las Loberas era como el calor de julio, que por la noche parecía que se iba y a las cinco y cuarto ya estaba otra vez encima.
—Café —dijo Dores, sin mirarla, señalando el puchero con la barbilla.
El café era agua teñida y costaba, también, sus céntimos en el cuaderno. Lucília se sirvió media taza, porque la media taza costaba lo mismo que la entera y dejarla a medias era su manera, pequeña, ridícula, de no darle a aquella mujer todo lo que pedía. Lo había hablado una vez con Domingos, esa contabilidad mínima de la dignidad, y Domingos se había reído bajito, con aquella risa suya de hombre serio, y le había dicho: «Tú apunta, Lucília. Ellos apuntan todo, pues nosotros también. Cada uno su cuaderno». Y se había tocado el bolsillo de la camisa, donde llevaba el lápiz.
Pensó en Domingos y miró hacia el patio, donde los hombres empezaban a salir de la nave de al lado, la de las literas grandes, arrastrando los pies, cada uno con su botella de plástico rellenada de la cisterna. Lo buscó con los ojos, por costumbre. Domingos era fácil de encontrar: el más alto de los de Bissau, con la gorra verde descolorida y la manera de andar derecha, como si el cuerpo no le pesara, que conservaba quién sabe de qué vida anterior. No lo vio. Pensó que estaría en la letrina, o llenando la botella, y siguió con su café aguado, y no le dio importancia, porque eran las cinco y media de la mañana y a las cinco y media de la mañana la cabeza no le daba para más que para el día que venía: ocho horas de tomate, o nueve, o las que el encargado dijera, a cuarenta y dos grados, a tantos céntimos la caja.
Las furgonetas llegaron a las seis menos veinte. Dos, blancas, sin letras, con los cristales de atrás pintados. Las conducían los de siempre, dos hombres que no hablaban con nadie y que no eran de la casa ni del campo: eran de la carretera. Bajaban, abrían las puertas de atrás, fumaban mirando el teléfono y volvían a subir. A Lucília, esos dos le daban más miedo que Faísca, y eso que Faísca pegaba y ellos no. Pero Faísca pegaba con rabia, y la rabia se entiende. Aquellos dos cargaban personas como quien carga cajas, sin rabia ninguna, mirando el teléfono, y eso no se entendía, y lo que no se entiende da más miedo.
Faísca salió de la casa pequeña con la lista. La lista era un folio doblado en cuatro, y el recuento era el momento del día en que Las Loberas parecía lo que era. De día, en el tajo, entre las tomateras, con el sol y las cuadrillas de otros pueblos a lo lejos, uno casi podía pensar que aquello era trabajo, duro y mal pagado, pero trabajo. En el recuento, no. En el recuento, Faísca decía nombres y los nombres daban un paso y subían a la furgoneta, y los que no estaban en la lista se quedaban en el patio sin saber si era bueno o malo no estar, y nadie, nunca, preguntaba por qué.
—Mendes —dijo Faísca.
Lucília dio el paso y subió. Dentro de la furgoneta olía a gasoil y a sudor de ayer. Se sentó en el banco corrido, junto a Nelson, el chaval caboverdiano, que tenía diecinueve años y las pestañas de un niño y que llevaba una semana sin hablar casi, desde que había llamado a su madre con el teléfono que Dores alquilaba por minutos y la madre le había preguntado cuándo mandaba dinero.
Fuera, Faísca seguía con la lista. Lucília oía los nombres, uno a uno, y oía los pasos de cada nombre sobre la grava del patio. Y fue contando sin querer, porque también eso se le había pegado de Domingos, contar, y cuando Faísca dobló el folio y se guardó el lápiz en la oreja, a Lucília le salió la cuenta y le faltó uno.
Faltaba Domingos.
No estaba en la furgoneta, ni en el patio, ni en la fila de los que se quedaban. Lucília miró por encima de las cabezas, hacia la letrina, hacia la cisterna, hacia la puerta de la nave. Nada. Y entonces miró a Faísca, sin querer, un segundo, y Faísca la estaba mirando a ella. No con rabia. Con atención. Era la primera vez que aquel hombre la miraba con atención, y Lucília sintió un frío de invierno en mitad de julio, y bajó los ojos al suelo de la furgoneta, a sus zapatillas blancas de saldo, y se quedó muy quieta.
Índice · 28 capítulos
- El recuento
- El hombre del canal
- La fruta no espera
- La vega
- Leer a un muerto sin nombre
- El que da trabajo a media comarca
- La oficina
- Caras que no se miran
- Domingos
- La casa de Las Loberas
- Lo que dice la ley
- La cadena
- Transportes Ferral
- El mapa de Laura
- Cortar por lo sano
- El golpe que llega tarde
- El primo que no volvió
- El dobladillo
- Agua y sombra
- El papel de Domingos
- La última puerta
- Amanecer en Las Loberas
- Una sola vez
- El que ponía la gente
- La linde del Carrascal
- El precio por kilo
- La página de atrás
- Volver
Más de La forma del miedo
El que cuenta los días
La casa que respiraba
Trece sillas
El idioma de los pájaros
Nadie llamó a esa puerta
La aritmética del silencio
El hombre de las fotos quietas
Donde el mapa miente
La voz del 112
El que devuelve los nombres
Cuarto creciente
La deuda de los vivos
El invierno de los internos
Lo que pesa el agua
El censo de los ausentes
La hora de los honrados
El que cose los hilos
La tela entera
La forma del miedo