Sinopsis
En Pedrosa del Argán, cabeza de una cuenca minera que llevan años cerrando, aparece ahorcado en la sala de máquinas del castillete Elías Roces, el viejo listero del Pozo La Constante. Todo dice suicidio: la mina se muere, el hombre estaba enfermo, hay una nota. Pero el sargento del puesto no se lo traga, la forense encuentra un golpe que sobra y la jueza reconduce el caso a muerte sospechosa.
Cuando la SACD manda a Nuria Salas, la perfiladora lee en la escena lo que el atrezo no tapa: a Elías lo mataron con cuidado y con prisa a la vez, justo cuando había anunciado que en el homenaje del último relevo «los nombres se iban a leer como Dios manda». El cierre de la mina no solo apaga el castillete: cierra una contabilidad de favores que lleva cuarenta años pagando silencios.
Porque en la cuenca del Argán nadie mata por odio. Se mata por cuentas. Y hay deudas que no prescriben: se heredan.
Duodécima entrega de La forma del miedo, una serie de novela negra rural protagonizada por una investigadora que sabe leer la huella que el miedo deja en la conducta. Cada caso se cierra solo; el lector que sigue la serie verá, además, cómo Nuria arma despacio el mapa de una red que paga silencios por media España.
Se lee de forma independiente.
Las primeras páginas
La lámpara de carburo
Elías Roces supo que el día cinco no iba a llegar ningún sobre, y aun así bajó a mirar el buzón, porque hay costumbres que no se quitan ni con la certeza.
Era el tercer mes. Agosto, septiembre, y ahora octubre ya mediado, y nada. Cuarenta años llegando el sobre con la puntualidad de una nómina, el día cinco o el primer día hábil si el cinco caía en domingo, y de pronto, igual que se corta la luz en una casa que se cierra, se acabó. Sin aviso, sin carta, sin un mal teléfono al que llamar para preguntar. Bueno, sin aviso no: el último sobre, el de julio, traía dentro, además de lo de siempre, una cuartilla escrita a máquina, una sola línea, sin firma y sin membrete. «La cuenta se cierra.»
Elías la había leído de pie en el portal, con las gafas de cerca puestas, dos veces, tres, y después la había doblado por la mitad y se la había guardado en el bolsillo de la rebeca, y se había quedado un rato mirando la calle vacía, el cartel desteñido del economato tapiado, la mole oscura del castillete al fondo, recortada contra el monte como una horca grande. La cuenta se cierra. Cuatro palabras. Cuarenta años de su vida liquidados en cuatro palabras escritas a máquina, ni siquiera a mano, ni siquiera eso, ni la molestia de una letra que pudiera reconocerse.
Aquella tarde de octubre, la última tarde, Elías hizo lo que hacía todas las tardes desde que enviudó: poco. Echó leña a la cocina, calentó el puchero de mediodía, partió pan duro en la escudilla de la perra. Mina, la mastina, vieja ya como él, lo miraba hacer desde la puerta de la cuadra con esa paciencia de los animales que han entendido que el mundo se ha parado y no se lo toman a mal. Le puso la escudilla en el suelo y se quedó mirándola comer, con las manos en los riñones.
—Tú y yo, Mina —le dijo—. Tú y yo y para de contar.
Por la ventana de la cocina se veía el castillete. Se veía desde todo Pedrosa, en realidad; el pueblo se había construido a sus pies como se arrima la gente a una lumbre, y ahora que la lumbre estaba apagada nadie sabía muy bien por qué seguían allí, alrededor de un hierro frío. Llevaba sin moverse desde el cierre definitivo, hacía ya años, pero ahora le había llegado la hora también al esqueleto: el sellado del pozo, lo llamaban, la clausura. Habían venido los de la empresa de fuera con sus furgonetas blancas y sus cascos nuevos, sin una mancha, que eso a los viejos de la cuenca les hacía una gracia amarga, cascos de mina sin un golpe, y estaban echando hormigón a las bocas y desmontando lo que se podía vender al peso. El castillete no, el castillete lo dejaban, que era patrimonio. Patrimonio. A Elías esa palabra le daba la risa floja. Cuarenta años bajando hombres y subiendo carbón y muertos, y al final lo que quedaba era una palabra de folleto.
Para el cuatro de diciembre, por Santa Bárbara, estaba anunciado el acto. El último relevo, lo habían llamado los del ayuntamiento. Encenderían el castillete una noche entera, una iluminación que había pagado no se sabía bien quién, y habría una placa, y discursos, y se leerían los nombres de los muertos de la mina, todos, desde el primero del año veintiséis hasta los últimos. Y ahí, justamente ahí, era donde Elías Roces, listero jubilado, setenta y seis años, viudo, enfermo del corazón, había decidido hacer la única cosa grande de su vida.
Lo había dicho en el bar de la Chelo un domingo de septiembre, delante de seis o siete, con dos vinos de más o quizá con los vinos justos:
—Este año los nombres se van a leer como Dios manda. Todos. Y como son. El que fue víctima, de víctima. Aunque haya que corregir alguna letra.
Se hizo un silencio de los gordos. La Chelo se puso a secar vasos sin mirar a nadie. Uno de los prejubilados, el Faustino, le dijo anda, calla, Elías, y bebe, que ya está todo muy hablado. Y Elías no calló. Llevaba cuarenta años callando con sueldo y dos meses callando gratis, y descubrió esa tarde que callar gratis no le salía.
—Muy hablado no —dijo—. Muy callado es lo que está. Que no es lo mismo.
Ahora, en la cocina, mientras la perra rebañaba la escudilla, Elías pensó en aquello y no se arrepintió. Sabía lo que había hecho al decirlo. Lo sabía mejor que nadie en la cuenca, porque nadie en la cuenca sabía como él cómo funcionaba aquello: lo había administrado él. El que apunta sabe lo que pasa cuando otro amenaza con leer en voz alta. No era un inconsciente. Era, más bien, un hombre al que el médico de Vega le había dicho en mayo que el corazón le iba a dar dos avisos o ninguno, y que a partir de ahí cada mañana era propina. Un hombre así echa las cuentas de otra manera. Toda la vida había sido bueno con los números, para su desgracia. Y la cuenta le salía siempre igual: lo único que le quedaba por perder ya lo había perdido en el ochenta y cuatro, y lo único que le quedaba por pagar no se pagaba con dinero.
Subió al cuarto y sacó la carpeta de debajo del armario, del hueco entre el cajón de abajo y el suelo, donde había vivido cuarenta años. Una carpeta de gomas, parda, con las esquinas peladas. La abrió en la mesa camilla y fue pasando papeles despacio, con las gafas en la punta de la nariz, como quien repasa las fotos de una vida. No eran fotos. Eran hojas cuadriculadas con columnas de números, y nombres reducidos a iniciales, y fechas, y al lado de algunas líneas una marca pequeña, una cruz tumbada, que en su escritura de listero quería decir saldada. Estaba también la hoja vieja del libro de mediciones, la de verdad, la del once de marzo del ochenta y cuatro, la víspera, con las lecturas de grisú que nunca debieron salir de la sexta planta. La miró sin tocarla, como se mira una quemadura.
Después hizo una cosa rara, una cosa que ni él mismo se supo explicar del todo mientras la hacía. Eligió una hoja de las de cuentas, una sola, la que más sabía, y la rasgó por la mitad a lo largo del doblez, despacio, con el cuidado de quien parte el pan. Una mitad la devolvió a la carpeta. La otra la dobló en cuatro y se la metió en el bolsillo de la rebeca, junto a la cuartilla de julio.
Índice · 28 capítulos
- La lámpara de carburo
- El ahorcado del castillete
- Cuentas pendientes
- La sala de máquinas
- La nota de las molestias
- El pueblo del carbón
- El listero
- El día 5
- Nóminas de silencio
- El que apunta
- El derrabe
- Lo que guardaba el listero
- La hija
- La voz que llama dos veces
- La media página
- Números sin dueño
- Laura
- Quién debía más
- La noche de la cacería
- El almacén
- El que paga
- Cara a cara
- Lo que cuenta Ismael
- Justo Almeida
- El libro que no aparece
- El último relevo
- Deudas y herencias
- La página de atrás
Más de La forma del miedo
El que cuenta los días
La casa que respiraba
Trece sillas
El idioma de los pájaros
Nadie llamó a esa puerta
La aritmética del silencio
El hombre de las fotos quietas
Donde el mapa miente
La voz del 112
El que devuelve los nombres
Cuarto creciente
El invierno de los internos
La frontera de dentro
Lo que pesa el agua
El censo de los ausentes
La hora de los honrados
El que cose los hilos
La tela entera
La forma del miedo