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La forma del miedo · Thriller

La aritmética del silencio

La forma del miedo 6. Un caso de la perfiladora Nuria Salas

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Sinopsis

En Valdecubas, un pueblo vinatero de la ribera del Arlejo, las obras de una bodega de enoturismo abren una galería tapiada que no constaba en ningún plano. Dentro aparece un cuerpo: Gabriel Soto, el enólogo que en 2021 «se fue a Chile» y al que nadie buscó porque seguía mandando mensajes. La escena no cuadra. El muro es una chapuza de miedo, pero el borrado del desaparecido sobre el papel es de una pulcritud que sobra en un pueblo.

Cuando la Guardia Civil manda a la comarca a la perfiladora Nuria Salas, ella tira del archivo del puesto y encuentra otras dos marchas voluntarias archivadas como casos sueltos: un podador que «se quedó en Burdeos» en 2010 y una mujer que «se fue con un viudo de Alicante» en 2017. Tres personas vinculadas a la misma cooperativa. Tres bajas administrativas perfectas. Y tres testigos únicos que, desde entonces, cobran una paga puntual de tres gestorías que nadie ha visto nunca la cara.

Nuria deja de ver casos y empieza a ver una contabilidad. Porque tres silencios con nómina no son tres casualidades: son asientos del mismo libro. El caso de Valdecubas tiene culpable, juicio y condena. Pero lo que Nuria se lleva de la comarca no es el culpable: es la certeza, nombrada por primera vez, de que detrás de cosas que parecían inconexas hay una sola manera de hacer. Una forma.

Sexta entrega de La forma del miedo, la serie de novela negra rural protagonizada por una investigadora que sabe leer la huella que el miedo deja en la conducta. Se lee sola.

Las primeras páginas

La cita de las nueve

Gabriel Soto cerró el archivo de la cooperativa a las siete y media de la tarde, como todos los días de aquel otoño, y supo que algo no iba bien por una tontería: el gerente le había dicho buenas noches.

Vicente Almazán no decía buenas noches. Llevaba Gabriel dos años trabajando en la cooperativa Virgen del Majuelo y el gerente se despedía siempre igual, con un «hasta mañana» seco, sin levantar la vista de lo que tuviera entre manos, que era su manera de recordarle a uno que mañana también había que venir. Pero aquella tarde de noviembre, cuando Gabriel pasó por delante de su despacho con el abrigo puesto, Almazán levantó la cabeza, lo miró un momento de arriba abajo, y dijo buenas noches, Gabriel. Con el nombre y todo. Y a Gabriel, que era de ciencias y no creía en corazonadas, se le quedó la frase dando vueltas todo el camino de bajada al pueblo, como se le queda a uno una piedrecita en la bota: pequeña, sin importancia, imposible de ignorar.

Llevaba tres semanas durmiendo mal. Desde lo de los libros.

Lo de los libros había empezado sin querer, que es como empiezan las cosas grandes. La cooperativa le había encargado digitalizar el archivo, medio siglo de papeles amarillos metidos en cajas: actas, facturas, registros de vendimia, expedientes de ayudas. Un trabajo de burro que nadie quería y que a él, para qué negarlo, le gustaba. Le gustaba el orden. Le gustaba que las cosas cuadraran. Era enólogo de carrera, pero de chico había ayudado a su padre a llevar las cuentas del taller, y se le había quedado para siempre esa manía de las columnas: que lo de un lado tiene que pesar lo mismo que lo del otro, y que cuando no pesa, no es que el papel se equivoque, es que alguien quiere que te equivoques tú.

Y las columnas de la cooperativa no pesaban igual.

No era un descuadre cualquiera, de céntimos, de esos que se hace la vista gorda. Eran hectáreas. En los expedientes de las ayudas de replantación, los de los años buenos de las subvenciones, figuraban pagos por viñedo nuevo que Gabriel, que se pateaba los pagos de la comarca desde crío, sabía que no existía. El pago de Valhondo, replantado entero sobre el papel en 2009: Gabriel había cazado lagartos allí de chaval, entre cepas viejas medio muertas, y seguía igual. La parcela de los Carrizos, modernizada con espaldera y riego: secano pelado de toda la vida. Sumó, porque no sabía no sumar. Le salió un agujero con seis ceros, repartido en quince años de expedientes, todos con sus sellos, sus firmas y sus certificados de obra ejecutada.

Tendría que haberlo dejado estar. Eso lo pensó después muchas veces, en las tres semanas de dormir mal: que tendría que haber cerrado la caja, terminado el escaneo y a otra cosa, que las cuentas viejas de la cooperativa no eran asunto del enólogo. Pero Gabriel tenía treinta y un años y esa enfermedad que se cura con los años o a golpes: creía que las cosas, si se explican bien, se arreglan. Así que un lunes de octubre entró en el despacho del gerente con dos carpetas y una pregunta preparada con cuidado para que sonara tonta, de pasada, sin acusar a nadie:

—Don Vicente, estos expedientes de Valhondo... ¿esto se llegó a ejecutar? Lo digo porque a lo mejor hay que reclamar, si la empresa cobró y no hizo la obra.

Y Almazán, sin mirar las carpetas, sin abrirlas siquiera, había sonreído con aquella sonrisa suya de hombre tranquilo, de gestor de toda la vida que ha capeado mil asambleas, y había dicho que aquello era agua pasada, líos de la administración de entonces, papeleos que se enmendaron por otras vías. Que no perdiera el tiempo con cajas viejas, que lo suyo era el vino. Y le había quitado las carpetas de las manos con una suavidad de seda, y se las había puesto a su lado de la mesa, y le había preguntado por la fermentación del depósito ocho como quien cambia de canal.

Esa noche Gabriel durmió mal por primera vez.

Porque él era de ciencias, pero no era tonto, y la respuesta de Almazán tenía un defecto que no se le escapaba a nadie que supiera leer una columna: no había preguntado nada. Un hombre al que le enseñan un agujero de seis ceros en su cooperativa pregunta. Se asusta, o se enfada, o pide ver los papeles despacio. Almazán no había hecho ninguna de las tres cosas. Almazán ya sabía lo que había en las carpetas. Lo sabía desde antes de que Gabriel naciera, a lo mejor.

Las tres semanas siguientes fueron de una normalidad que daba frío. Nadie le dijo nada. Nadie le quitó el trabajo del archivo, aunque las cajas de los años de las ayudas desaparecieron del almacén («se las llevó la gestora, cosas del papeleo», dijo el administrativo). Todo siguió igual, y eso era lo malo. Gabriel notaba el cambio como se nota el cambio de tiempo en una rodilla rota: el aire del despacho cuando él entraba, las conversaciones que bajaban de volumen, el administrativo Iker, su amigo, que de pronto comía a otra hora. Una tarde vio a Almazán hablando por teléfono en el aparcamiento, lejos de las ventanas, con la cabeza gacha y la mano libre en el bolsillo, y al verlo venir el gerente colgó sin despedirse y le sonrió con toda la cara y le preguntó si necesitaba algo.

Gabriel hizo entonces dos cosas, y las hizo bien, porque el miedo, cuando es de verdad, vuelve cuidadoso al que lo tiene. La primera: copió en un pendrive los expedientes escaneados de las ayudas, todos, con sus seis ceros, y lo escondió donde nadie iba a mirar. La segunda: no se lo contó a nadie. Ni a Iker, que comía a otra hora. Ni a su hermana Sonia, que vivía en Logroño y le habría dicho vente para acá esta misma noche. A ella casi se lo cuenta un domingo por teléfono, y le salió en cambio una cosa rara que después Sonia recordaría durante años, palabra por palabra: «Si algún día te digo que me voy lejos, tú no te lo creas a la primera, ¿vale? Pídeme algo que solo sepamos tú y yo».

Sonia se rió. Qué tonterías dices, Gabri. Y él también se rió, y hablaron de la niña y del puente de diciembre, y colgaron.

El lunes, Almazán lo paró en el pasillo. Sin despacho, sin testigos, de pasada, con una mano amistosa en el hombro que pesaba como un saco.

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Índice · 28 capítulos
  1. La cita de las nueve
  2. La pared que sobraba
  3. Las jornadas
  4. La galería
  5. El que se fue a Chile
  6. Valdecubas
  7. Dos manos
  8. El archivo del puesto
  9. El podador
  10. Las postales de Charo
  11. Tres decisiones iguales
  12. El número de Marcial
  13. La cuadrilla de Burdeos
  14. La aritmética
  15. Lo que encontró Gabriel
  16. La mujer del coche viejo
  17. Pozohondo
  18. Lo que sostiene un auto
  19. El amigo de los wasaps
  20. El despacho del gerente
  21. La copia delata
  22. Eusebio Roldán
  23. El albarán
  24. La detención
  25. La declaración
  26. El majano
  27. Lo que no cabe en el auto
  28. La página de atrás

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