Portada de Cuarto creciente
La forma del miedo · Thriller

Cuarto creciente

La forma del miedo 11. Un caso de la perfiladora Nuria Salas

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Sinopsis

En la Sierra del Almagre, comarca de pastores y ganado, alguien lleva toda la primavera dejando reses muertas en las majadas, colocadas con esmero, en noches de luna señalada. La noche de la luna llena de junio aparece muerto el pastor Eufemio Llamas dentro de un corro de piedras, rodeado de doce cencerros y con una media luna pintada de almagre en la frente. La televisión lo bautiza «el Lunático del Almagre». La comarca, asustada, pide la cabeza del raro del pueblo. Y la Guardia Civil manda a la sierra a Nuria Salas, perfiladora de análisis de conducta.

Cuando un mes después muere el veterinario comarcal con la misma marca, todo grita ritual, locura, escalada. Pero Nuria ve otra cosa: una escena demasiado limpia. Los rituales de verdad son sucios, fantasiosos, llenos de errores. Este es económico, útil, pensado. Detrás del disfraz místico hay un calendario frío de empresa, noches de luna para limpiar testigos, noches sin luna para mover camiones que no deberían existir.

Y hay algo peor, algo que solo ella puede ver: un detalle en la escena del crimen que cita un caso suyo de hace años, un detalle que nunca se hizo público. La escena no está montada solo para engañar a un pueblo. Está escrita para ella. Por primera vez, alguien le ha tendido una trampa hecha a la medida de su forma de leer. Y Nuria tendrá que decidir qué hacer con lo único que de verdad importa: descubrirlo, y callar que lo ha descubierto.

Undécima entrega de La forma del miedo. Como todas, se lee sola y cierra su caso.

Las primeras páginas

Los faros

Eufemio Llamas llevaba toda la vida contando cosas. Era lo suyo. Un pastor que no cuenta no es pastor: cuenta cabezas al salir y al entrar, cuenta corderos en mayo, cuenta los días que faltan para subir el ganado a los puertos y los que quedan para bajarlo, cuenta nubes, cuenta duros, cuenta muertos. A los sesenta y ocho años, Eufemio había contado tantas cosas que ya contaba sin querer, como respiraba, y por eso, cuando empezaron los faros, los contó también.

La primera vez fue en marzo, una noche sin luna de esas en que la Sierra del Almagre se pone tan negra que no se sabe dónde acaba la tierra y dónde empieza el cielo. Eufemio dormía en el chozo de Las Corvas, como había dormido media vida, con la perra a los pies y la puerta atrancada con la cayada, y se despertó porque la perra gruñó bajito, con ese gruñido de aviso que no es de zorro ni de jabalí. Salió a mear y a mirar, que las dos cosas se hacen juntas a su edad, y entonces los vio: dos faros bajando por el camino viejo de la dehesa, el que no usaba nadie desde que asfaltaron la carretera de Villores. Dos faros grandes, de camión, despacio, sin prisa, con las luces largas barriendo las paredes de piedra seca.

Detrás iban otros dos.

Eufemio se quedó mirando hasta que las luces se perdieron hacia los corrales de la antigua dehesa de los Carvajales, que llevaban veinte años criando ortigas. Luego volvió a la manta y no le dio más vueltas. Camiones. Pues camiones. Alguien sacaría piedra, o leña, o andaría con las placas solares esas que querían poner por toda la sierra. Lo que sí hizo, porque era más fuerte que él, fue apuntarlo en el cuaderno donde llevaba las cuentas del ganado: una rayita, en el margen, junto a la fecha. Dos camiones. Noche cerrada.

Para junio tenía once rayitas.

Y todas, esto lo fue viendo poco a poco, porque las cosas que se cuentan acaban contándole a uno algo a su vez, todas caían en noches sin luna. Ni una sola con luna llena, ni con media. Siempre en lo cerrado, en lo negro, cuando un camión con las luces puestas se ve desde Las Corvas a una legua, igual que un barco en el mar. De día, por el camino viejo, no pasaba nadie. Eufemio lo sabía porque lo cruzaba con el rebaño dos veces por semana y las roderas estaban siempre frescas de noche y vacías de día, y porque una tarde de mayo, por curiosidad de viejo, se llegó andando hasta los corrales de los Carvajales y se encontró la cancela nueva, con cadena nueva y candado nuevo, en una finca donde no quedaba ni una teja sana.

Aquello lo contó. Esa fue su equivocación, aunque él no podía saberlo: contarlo. Lo contó en el bar de la Felisa un domingo después de misa, con el vaso de clarete en la mano, como se cuentan en los pueblos las cosas raras, medio en broma, para ver si alguien sabe más.

—Por el camino viejo anda gente de noche —dijo—. Camiones. Las noches cerradas. Yo los cuento desde el chozo. Once van.

Alguno se rió. Otro dijo que serían los de las placas. La Felisa, secando vasos, dijo que a saber, que la sierra ya no era de nadie y era de cualquiera. Y un hombre que estaba al fondo, junto a la máquina del café, un hombre grande con polo de marca y las gafas de sol colgadas del cuello, no dijo nada de nada. Pagó lo suyo, dejó propina, como siempre, porque era de los que dejan propina hasta en el bar de su pueblo, y se fue tan tranquilo.

Eufemio ni se fijó. ¿Por qué iba a fijarse? Conocía a aquel hombre desde que el hombre llevaba pantalón corto. Media comarca le vendía los corderos. La otra media le debía favores.

Después vino lo de las reses, y aquello ya fue otra cosa. Empezó por la oveja de los de Casasola, que apareció en abril muerta y compuesta, así lo dijo el pastor que la encontró, compuesta, sobre una losa, con las patas recogidas como las ponen los corderos en los belenes y una marca roja en la frente. Luego un mastín en término de Villores, en mayo, igual de arreglado. Luego dos ovejas más, juntas, en la majada del Encinarejo, la noche de San Antonio, puestas en cruz. La marca roja siempre: una media luna, pintada con tiento, como con plantilla. La Guardia Civil del puesto vino, miró, hizo fotos, habló de sectas y de gamberros con el que quisiera escucharlos, que era todo el mundo, porque en una comarca donde no pasa nada una oveja compuesta es un acontecimiento y cuatro son una plaga bíblica. En el bar ya no se hablaba de otra cosa. Que si satánicos. Que si los de las furgonetas. Que si el del monte, y al decir el del monte la gente bajaba la voz y miraba de reojo, porque todo el mundo sabía quién vivía solo en la Tejera, entre huesos de bicho y lunas pintadas en las paredes, y a todo el mundo le venía a la cabeza el mismo nombre y nadie quería ser el primero en decirlo entero.

A Eufemio las ovejas compuestas le daban menos miedo que los camiones. Lo pensaba así, con esas palabras, las pocas veces que lo pensaba: una oveja muerta es una perrería, mala sangre de alguien, una cosa de locos o de críos podridos; ahora, tres camiones grandes entrando de noche, sin luces de pueblo, en una dehesa muerta, con candado nuevo, eso es dinero. Y el dinero que trabaja a oscuras, eso lo sabía Eufemio de toda la vida, es el que hay que tener lejos.

Por eso, la noche de San Pedro, cuando subió la luna llena por encima del Encinarejo, grande y limpia como una hogaza, y la perra se levantó del suelo del chozo con el pelo del lomo erizado, Eufemio no pensó en satánicos ni en lunáticos. Pensó en los camiones. Se asomó a la puerta con la cayada en la mano y miró hacia el camino viejo, esperando faros.

No había faros. Con aquella luna no hacían falta. La majada entera estaba plateada, los corros de piedra, las tenadas hundidas, las encinas negras y quietas, todo se veía como en un día frío, y por la vereda de abajo subía un hombre andando, sin linterna, sin prisa, con algo colgado del hombro que sonaba a metal apagado, un sonido que Eufemio conoció antes de entenderlo, porque lo llevaba oyendo toda la vida: cencerros. Cencerros con la lengua atada, para que no canten. Solo los ata así el que sabe de ganado y no quiere ruido.

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Índice · 28 capítulos
  1. Los faros
  2. El corro de piedras
  3. Cola de verano
  4. La majada
  5. Lo que vio el pastor
  6. Fontanar
  7. El Lunático
  8. El hombre que hacía las cosas bien
  9. La esquila
  10. Demasiado limpio
  11. El veterinario
  12. Las noches cerradas
  13. El de la Tejera
  14. El cebo
  15. Almagre
  16. El papel doblado
  17. La página de atrás
  18. Lo que sostiene un auto
  19. El cuaderno de Marcial
  20. El tratante
  21. Luna nueva
  22. El encargo
  23. La víspera
  24. Luna llena
  25. El matarife
  26. La cuenta del ganado
  27. Lo que no va al informe
  28. La luna de día

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