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La forma del miedo · Thriller

El censo de los ausentes

La forma del miedo 16. Un caso de la perfiladora Nuria Salas

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Sinopsis

En el archivo de una mancomunidad de tres provincias, una auxiliar de gestión del padrón aparece muerta al pie de una escalera vieja. Higinia Robás no soportaba un cajón torcido, y llevaba semanas pidiendo permiso para ordenar unos libros que no le importaban a nadie. Todos lo dan por un mal paso. Pero su móvil aparece formateado la misma noche, y la mesa donde trabajaba está demasiado bien recogida.

Cuando la Guardia Civil manda a Nuria Salas a «echar un ojo a una caída rara en un archivo», la perfiladora descubre lo que Higinia había encontrado: durante treinta años, alguien dio de baja del padrón a personas que no se habían mudado ni habían muerto. Bajas pulcras, firmadas, fechadas. Personas borradas sobre el papel para que nadie las buscara nunca. Higinia no murió por una escalera: murió por acercarse demasiado a los libros viejos.

Con la ayuda de una perito documentóloga que lee la mentira en el papel como Nuria lee el miedo en la conducta, la investigación destapa una máquina silenciosa de hacer desaparecer gente. Y, leyendo papeles, Nuria hace por fin lo que ningún caso le había dejado hacer: componer la lista entera de los borrados. Por primera vez, lo que era una corazonada empieza a ser una causa.

Decimosexta entrega de La forma del miedo, serie de novela negra rural protagonizada por una investigadora que sabe leer la huella que el miedo deja en la conducta. Cada caso se cierra en su libro; no hace falta leer los anteriores.

Las primeras páginas

Los libros torcidos

Higinia Robás no soportaba un cajón torcido, y por eso llevaba tres semanas durmiendo mal.

No era una mujer de imaginaciones. Lo decían en la mancomunidad, lo decía ella misma con cierto orgullo seco: «Yo no soy de pálpitos, yo soy de papeles.» Cincuenta y ocho años, viuda desde hacía nueve, sin hijos, sin más vicio que el de ordenar. Donde otros veían un montón de carpetas, Higinia veía un sitio para cada cosa y cada cosa que pedía a gritos su sitio. Había entrado de auxiliar en el archivo del Adrós con cuarenta y tantos, cuando enviudó y la casa se le quedó grande, y en quince años había puesto orden en cosas que llevaban orden esperando desde antes de que ella naciera. Le gustaba aquello. Le gustaba más que casi nada en el mundo. Un libro de registro bien llevado, con su letra clara y sus fechas en columna, era para Higinia una forma de belleza que poca gente entendía.

Por eso, cuando un libro estaba torcido, ella lo notaba como otros notan un mal olor.

Había empezado por casualidad, como empiezan las cosas que luego no dejan dormir. La mancomunidad había decidido digitalizar los padrones viejos, los de antes de que todo fuera ordenador, y a Higinia le había tocado la parte más ingrata: bajar al sótano del edificio antiguo del registro, el que ya casi no se usaba, y subir, uno a uno, los tomos de hule reseco de los municipios pequeños. Sienna del Adrós, la cabecera, y luego los agregados, los pueblos de veinte vecinos que se habían ido juntando en la mancomunidad a lo largo de medio siglo, cada uno con sus libros, su letra, sus manías.

Y en uno de aquellos libros, el de un pueblo que ya ni existía como ayuntamiento, había una baja que estaba torcida.

No torcida de sitio. Torcida de adentro. Una persona dada de baja del padrón en 1989 «por inscripción indebida», con su fecha, su firma del alcalde, su sello. Todo correcto. Salvo que Higinia, que llevaba quince años manejando aquellos impresos, conocía los modelos como conocía su propia letra, y aquel impreso era de un modelo que en el ochenta y nueve no existía todavía. Lo había visto nacer ella, años después. Alguien había rellenado un papel nuevo y le había puesto una fecha vieja.

Pudo no darle importancia. Pudo pensar, como pensaría cualquiera con dos dedos de frente, que un funcionario perezoso había recompuesto en algún momento un papel perdido y le había puesto la fecha que tocaba, una chapuza administrativa de las de toda la vida, sin maldad. Pero Higinia no tenía dos dedos de frente para estas cosas: tenía el archivo entero metido en la cabeza. Y un papel falso, en un libro que debía ser verdad, era un cajón torcido. Y un cajón torcido, Higinia, no lo podía dejar.

Así que empezó a mirar. Despacio, por las tardes, cuando el edificio antiguo se quedaba vacío y solo estaba ella con el conserje, que ni subía. Pidió por escrito, como mandaban las normas, permiso «para ordenar y cotejar los libros de padrón de los municipios agregados con vistas a la digitalización». Se lo dieron sin mirarlo, con un sello y una firma, porque a quién le importaban unos libros que nadie consultaba. Y Higinia bajó al sótano tarde tras tarde, con su rebeca y su flexo, a cotejar.

Encontró otra. Y otra. Bajas «limpias», pulcras, motivadas, repartidas por los libros de cuatro o cinco pueblos distintos a lo largo de treinta años. Gente que dejaba de constar en el padrón de un sitio y que ella no conseguía encontrar de alta en ningún otro, ni en el INE, ni en parte alguna. Personas que, según los papeles, no se habían mudado, no se habían muerto, no se habían ido a ningún lado: simplemente habían dejado de existir, un día, sobre el papel. Con su fecha bonita y su firma.

Una mujer que no es de pálpitos tarda en asustarse. Higinia tardó. Al principio era curiosidad, casi diversión, el placer del que destripa un mecanismo. Luego fue extrañeza. Y una tarde de diciembre, con el flexo encendido en el sótano frío y un tomo de hule abierto delante, fue, por primera vez, miedo. Porque entendió que aquello no eran chapuzas sueltas. Eran demasiadas, demasiado iguales, demasiado bien hechas. Tenían un patrón. Tenían, aunque ella no usara esa palabra, una mano.

Cogió el móvil y empezó a hacer fotos. No sabía bien para qué. Para tenerlo, para que no se le perdiera, para enseñárselo a alguien que entendiera más que ella. Fotografió las hojas, las fechas, las firmas, los modelos de impreso. Llenó la memoria del teléfono de páginas de padrón amarillas bajo la luz del flexo.

Y cometió el único error de su vida ordenada: se lo contó a quien no debía.

Lo llamó porque era el que más sabía, el que se lo había enseñado todo cuando entró, el hombre que en el Adrós tenía fama de arreglarlo absolutamente todo. Lo llamó con respeto, casi con vergüenza de molestarle a sus años, para preguntarle, de funcionaria vieja a funcionario viejo, si aquello tenía alguna explicación que a ella se le escapara. Él la escuchó con mucha calma. Le dijo que no se preocupara, que esas cosas pasaban, que se lo dejara a él, que ya lo miraría. Que le llevara los libros, mejor, o que le dijera al menos cuáles eran.

Higinia, que en eso era buena, notó algo en aquella calma. No supo decir qué. Una calma demasiado lisa, como la de una mesa recién encerada en la que no se apoya nada. Le dijo que sí, que claro, que ya se los llevaría, y no le llevó ninguno. Siguió mirando ella sola, pero ahora con la puerta del sótano cerrada por dentro.

La noche que murió era una noche de enero, de las que en el Adrós se meten en los huesos. Había subido del sótano un par de tomos para fotografiarlos arriba, donde había más luz, en la sala del registro viejo, y se había quedado hasta tarde, más de la cuenta, porque había encontrado por fin la que ataba todas las demás: una baja de 1981, de un pueblo de la sierra que entonces dependía de una agrupación que ya no existía, el nombre de una niña. Una niña dada de baja del mundo a los nueve años, con una pulcritud que a Higinia se le clavó en el pecho como un alfiler.

Estaba haciéndole la foto, inclinada sobre el tomo en la mesa larga, cuando oyó el ascensor antiguo ponerse en marcha en el silencio del edificio vacío.

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Índice · 29 capítulos
  1. Los libros torcidos
  2. El hueco de la escalera
  3. A echar un ojo
  4. El móvil en blanco
  5. Lo que pedía
  6. El archivo de invierno
  7. Quién era Higinia
  8. El permiso del jefe
  9. Leer el papel
  10. Una baja que no cuadra
  11. El padrón bien hecho
  12. El que cierra el hueco
  13. Altas sin baja
  14. La gestoría sin cara
  15. Lo que vio Higinia
  16. La página de atrás
  17. Aurita
  18. El molino y la aldea
  19. Cinco nombres
  20. Tres firmas
  21. La mudanza
  22. Es una causa
  23. Nuria ata
  24. El que lo arreglaba todo
  25. El yerno
  26. Cara a cara
  27. Lo que se prueba
  28. Los ausentes
  29. La causa

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