Sinopsis
En el cementerio comarcal de La Atalaya, levantado en lo alto de un páramo para recoger a los muertos de tres aldeas que se vaciaron en 1973, alguien empieza a corregir lápidas de madrugada. Sobre nichos con nombres que nadie reclama nunca, una mano paciente atornilla placas nuevas con los nombres verdaderos de personas dadas por desaparecidas hace décadas. Gente que «se fue a servir», que «emigró a Francia», que «se marchó con otro». Cinco placas en tres semanas. Cuando el autor aparece muerto en su taller, con una sobredosis que todos leen como el final lógico de un enfermo terminal, la Guardia Civil manda a la perfiladora Nuria Salas.
Y Nuria ve lo que falta: a un hombre con una lista no se le acaba la vida antes del último nombre. El muerto era un antiguo tramitador, uno de los que durante cuarenta años hicieron desaparecer personas con un formulario y una buena letra. Volvió a su pueblo a morirse y a devolver, uno a uno, los nombres que él mismo borró. Alguien lo hizo callar antes de tiempo.
El caso local se cierra. Pero la última placa, la que el muerto escondió, lleva un nombre que no es de esa comarca, y solo Nuria sabe atarlo. Porque va dirigida a ella. Y si el muerto sabía que existía una lectora, quienes lo mandaron callar también lo saben.
Décima entrega de La forma del miedo y punto de giro de la serie: por primera vez, lo que Nuria persigue le devuelve la mirada. Se lee solo; quien venga de las anteriores encontrará aquí el momento en que todo cambia.
Las primeras páginas
La piedra recién escrita
El hombre subió al cementerio a las tres de la madrugada, como las otras cuatro veces, por el camino de detrás, el de las carrascas, donde el coche no se veía desde la carretera. Ya no podía con la cuesta de una vez. La hacía en tres paradas, apoyado en la tapia, esperando a que el dolor del costado le diera permiso para seguir, y en cada parada miraba el páramo, que de noche y sin luna era una sábana negra con cuatro luces lejanas temblando, y pensaba lo mismo que llevaba pensando desde noviembre: que le daba tiempo. Que tenía que darle tiempo.
Llevaba la placa envuelta en una manta vieja, dentro de una bolsa de deporte que había sido de su padre y que todavía olía, débilmente, a polvo de mármol. Era curioso cómo el olor del mármol se quedaba en las cosas para siempre, igual que el del tabaco o el de los hospitales. Toda su infancia olía así. Su padre cortando, puliendo, grabando con el cincel pequeño los nombres de los muertos de medio páramo, y él de crío barriendo el polvo blanco del taller, que se metía en la ropa, en el pan, en las sábanas, y su madre diciendo que en aquella casa hasta los sueños salían espolvoreados. Después se fue, y estuvo cuarenta años sin tocar una piedra. Otros oficios. Papeles. Y ahora había vuelto al principio, al cincel pequeño de su padre y a los nombres, solo que al revés: su padre grababa los nombres de los que se morían, y él estaba grabando los nombres de los que nunca se habían muerto del todo, porque no los habían dejado.
Saltó la tapia por donde estaba caída, junto al ciprés partido. Eso también le costó tres pausas y un dolor que le subió hasta la clavícula y le hizo ver chispas. Se sentó en el murete, sudando con el frío de abril, y esperó a que pasara, sin miedo. El miedo a morirse se le había acabado en una consulta de Valladolid hacía cinco meses, cuando un médico joven, mirando una pantalla y no a él, le había puesto una fecha aproximada a la cosa. Desde entonces el dolor era un compañero pesado, de esos que hablan mucho y no dicen nada, y él había aprendido a dejarlo hablar y a seguir a lo suyo.
Lo suyo, esa noche, era Hortensia.
El nicho estaba en la galería vieja, la del fondo, la que daba al norte, donde no iba nadie ni por los Santos. Tercera fila, el cuarto empezando por la izquierda. La lápida que tenía puesta decía «Familia Expósito Ruiz, restos trasladados, 1973», con esas letras de molde, sin alma, que se hacían en serie en los setenta. Llevaba cincuenta años diciendo esa mentira sin que nadie la leyera. Las mentiras bien hechas son así: no necesitan vigilancia. Se quedan solas, quietas, diciendo lo suyo, y el tiempo trabaja para ellas.
El hombre sacó la linterna pequeña, la que daba una luz roja que no se veía de lejos, y se la puso en la boca. Sacó el destornillador, los cuatro tacos, la placa envuelta. La desenvolvió con un cuidado que no era de operario, que era de otra cosa, y la luz roja resbaló por el mármol claro y por las letras que él había grabado a mano, con el cincel pequeño, durante tres tardes enteras de toser y descansar y seguir:
HORTENSIA GIL BORJA. 1948-1979. SIRVIÓ EN VALDELOSO. NO SE FUE.
Le había dado muchas vueltas a las palabras. Tenía pensadas otras, más largas, pero el mármol enseña una cosa que los papeles no enseñan: que escribir cuesta, que cada letra es media hora de muñeca y de polvo, y que por eso en las piedras no cabe la mentira, porque la mentira necesita mucho espacio y la verdad cabe en una línea. No se fue. Eso era todo lo que había que corregir. Cuarenta y siete años diciendo el pueblo que Hortensia Gil se había ido a servir a Bilbao, que era una fresca, que ni una carta había mandado, con lo que la quisieron en la casa. Y Hortensia llevaba esos mismos cuarenta y siete años a metro y medio del suelo, en la galería del norte, detrás de una lápida que decía Expósito Ruiz, esperando a que alguien le devolviera su nombre.
La placa nueva iba encima de la vieja, atornillada en los cuatro picos. No quitaba la antigua; eso habría sido abrir, y abrir no le tocaba a él, abrir les tocaría a otros, con jueces y con guantes y con esas carpas blancas que sacaban ahora en las televisiones. Él solo señalaba. Ponía el nombre verdadero encima del falso, como quien pone la palma de la mano encima de una herida, y que los vivos hicieran el resto.
Trabajó despacio. El taladro de batería hacía un ruido corto, como de pájaro grande, y él paraba entre agujero y agujero a escuchar la noche. Nada. El cementerio comarcal de La Atalaya, a esas horas, era el sitio más solo de la provincia, que ya era decir. Lo habían hecho en el 73, cuando vaciaron las aldeas para lo del pantano y la concentración, un camposanto nuevo y grande en lo alto del cerro para juntar a los muertos de tres pueblos que dejaban de existir, y desde entonces allí estaban todos, los de Valdeloso, los de San Pedro de la Hontana, los de Las Encinillas, revueltos en galerías iguales, lejos de sus iglesias caídas, en un sitio que no era de nadie porque era de todos. Un cementerio sin pueblo. A él, de joven, aquello le había parecido una tristeza moderna más. Ahora sabía que había sido otra cosa. Una puerta. Pero esa parte no la podía grabar en mármol, porque esa parte no cabía en una línea, y porque para esa parte hacía falta algo más que un cincel: hacía falta alguien que supiera leer.
Apretó el último tornillo, guardó las herramientas y se quedó un momento con la mano abierta sobre la placa, notando el frío del mármol subirle por la palma. No rezó. Hacía mucho que no sabía. Dijo, en voz baja, casi sin voz, lo que les decía a todos:
—Perdón por la tardanza.
Y le pareció, como las otras veces, que la galería entera se quedaba más callada un momento, si es que eso era posible, como se queda callada una clase cuando por fin se dice en voz alta el nombre del que faltaba.
Cinco. Con Hortensia, cinco. Sabino el del molino, que «emigró a Francia». Marcial el pastor, que «se marchó con una cuadrilla». El mozo de los Cobo, que «se enroló en un barco». La Teresa Yagüe, que «se fue con otro». Y ahora Hortensia, que «se fue a servir». Toda una comarca llena de gente que se iba y no escribía nunca. Había que ser muy de pueblo, o muy cobarde, o las dos cosas, para no haber hecho nunca la cuenta de cuánta gente se iba de aquel páramo sin despedirse y sin volver ni para los entierros de sus madres.
Índice · 28 capítulos
- La piedra recién escrita
- Nombres que no tocan
- El muerto tranquilo
- El cementerio de todos
- La cuenta sin acabar
- La primera firma
- El juez viejo
- El que se fue a los papeles
- El hombre puntual
- Las familias
- El archivo
- El mapa de Laura
- La lista al revés
- Lo que no era suyo
- El cuarto de la fonda
- El coche dos veces visto
- La piedra que falta
- Dos suicidios limpios
- La trampa del canario
- La noche del almacén
- El hombre que no hablaba
- La manzana y el árbol
- Lo que sostiene un juicio
- El hueco de su nombre
- A usted, que lee
- El despacho de Yuste
- Los nombres en su sitio
- El sobre
Más de La forma del miedo
El que cuenta los días
La casa que respiraba
Trece sillas
El idioma de los pájaros
Nadie llamó a esa puerta
La aritmética del silencio
El hombre de las fotos quietas
Donde el mapa miente
La voz del 112
Cuarto creciente
La deuda de los vivos
El invierno de los internos
La frontera de dentro
Lo que pesa el agua
El censo de los ausentes
La hora de los honrados
El que cose los hilos
La tela entera
La forma del miedo