La Orden del EspinoLa Plata del Otro Mundoportada en preparación
La Orden del Espino · Novela histórica

La Plata del Otro Mundo

Lo que se pierde a propósito se guarda para siempre

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Aún no publicado · próximamente en Amazon

Sinopsis

Potosí, finales del siglo XVI. El Cerro Rico vomita plata para llenar las arcas del rey y se traga a los indios de la mita por escalas de cuero, ciento y pico mil almas amontonadas a cuatro mil metros, alrededor de una montaña picada de bocas como una calavera. Por sus dos mitades camina cada día Gaspar Curi, mestizo, hijo de un converso castellano que cruzó el mar y de una india de los Andes. Lee la letra apretada de los mercaderes y lee los nudos de los quipus, y no es de arriba ni de abajo: por eso, le dijo su padre al morir, sirve para guardar lo que el que manda quiere que se pierda.

Cosida contra las costillas lleva una lámina escrita en signos de antes de Roma, traída de Toledo cinco vidas atrás por encargo de una mujer llamada Brianda. Cuando conoce a Mallku, uno de los últimos quipucamayoc que aún saben anudar la memoria de un pueblo, los dos descubren que han hecho lo mismo en dos lenguas durante siglos: dar al ladrón la cáscara y esconder la nuez.

Pero el visitador Mendoza, extirpador de idolatrías, ha venido al cerro buscando dos cosas a la vez, sangre conversa y nudos prohibidos, porque sabe que son una sola. Acorralados, Gaspar y Mallku toman una decisión que rompe la regla de mil años: no esconder mejor la reliquia, sino perderla del todo, tan hondo en la montaña que ni ellos puedan volver a encontrarla.

Las primeras páginas

Prólogo

El piso franco no tenía nombre en ningún buzón ni timbre que sonara distinto de los demás, y de noche, con todas las luces apagadas menos la pantalla, era apenas una caja de aire cerrado en un cuarto interior de Madrid donde no llegaba el ruido de la calle. Ariadna llevaba siete horas sin levantarse de la silla. Lo sabía porque el café de la taza se había convertido en una película gris pegada al fondo y porque le dolía la espalda de esa manera sorda que sólo viene de no haberse movido, de haber estado todo el cuerpo inclinado hacia delante, hacia los signos.

Tenía abiertos, en pestañas que ya no contaba, los registros mercantiles digitalizados de la Casa de la Contratación de Sevilla. Asientos de pasajeros a Indias. Licencias. Nóminas de la Carrera del Otro Mundo, expedientes de probanza de limpieza de sangre que en realidad limpiaban poco y disimulaban mucho. Había aprendido a leer entre los renglones de aquella letra procesal apretada como quien aprende a oír lo que un mentiroso calla: no lo que ponía, sino lo que un converso prudente había hecho poner para que pareciera otra cosa. Y a las cuatro y pico de la madrugada, cuando ya no le quedaba más que rendirse o seguir, había encontrado el hilo.

Un sobrino. Un nombre cambiado a medias, el apellido castellanizado, la edad falseada en dos años para que cuadrara con un padrino que nunca existió. Embarcado en uno de los primeros pasajes. Ida, no vuelta. Y, cosida a aquel asiento, una donación menuda hecha años después a un convento de Charcas por un mercader de plata del que nadie sabía de dónde había salido, con un apellido que era el mismo nombre puesto del derecho.

Cerró el portátil. El chasquido de la tapa sonó enorme en el silencio.

—Está en América —dijo, en voz alta, sola, a la oscuridad del cuarto.

No lo dijo para nadie. Lo dijo porque había cosas que, una vez sabidas, ya no se podían no decir, y aquella era una de ellas. Lo había sospechado durante semanas, lo había rondado sin atreverse, y ahora estaba dicho y no había manera de devolverlo al sitio del que había salido.

A la mañana siguiente, la profesora vino al piso franco. Llegó con su bolsa de tela, su andar lento, sus ojos que parecían dormidos y no se les escapaba nada, y se sentó a la mesa sin quitarse el abrigo, como si no fuera a quedarse, aunque las dos sabían que se quedaría.

—Dilo otra vez —pidió.

—La cosa cruzó el mar en mil cuatrocientos noventa y dos. Con el sobrino de Brianda. —Ariadna giró el portátil hacia ella, le fue enseñando los asientos, la donación, el apellido del derecho y del revés—. Y no se perdió por descuido. Se perdió a propósito. Esto no es un hombre que huye con un tesoro. Es un hombre que recibió un encargo, lo cumplió, y borró el rastro detrás de sí.

La profesora miró la pantalla un rato largo. Luego abrió la bolsa de tela y sacó una carpeta que Ariadna no había visto nunca. La dejó sobre la mesa y la abrió con dos dedos, despacio, como quien destapa algo que muerde.

Eran fotografías de satélite. Una montaña. Roja, cónica, casi perfecta, una pirámide de tierra rojiza levantada sola en mitad de un altiplano pelado, y toda ella, vista desde arriba, picada de sombras pequeñas y regulares: bocas. Cientos de bocas. Miles. La montaña entera era un cuerpo agujereado.

—El Cerro Rico de Potosí —dijo la profesora—. Bolivia. Cuatro mil metros. La montaña que llenó de plata el mundo durante tres siglos. —Pasó la foto. Debajo había papeles distintos: hojas membretadas, organigramas, partidas presupuestarias—. Y esto es la Fundación Lumen.

Ariadna conocía el nombre. Todo el mundo conocía el nombre, ese era el truco. Lumen patrocinaba bibliotecas, becas, restauraciones de catedrales, congresos. Lumen tenía un logotipo limpio y una palabra que significaba luz.

—Lleva quince años financiando excavaciones arqueológicas en el Cerro Rico —siguió la profesora, y su voz no cambió de tono, que era lo que daba miedo—. Campañas, concesiones, tesis doctorales, dataciones de carbono. Mecenazgo cultural, lo llaman. Quince años, hija. Una fundación no cava quince años en una sola montaña por amor al arte. Cava porque sabe lo que tú acabas de saber esta noche: que la cosa cruzó el mar y fue a parar a esa montaña. Lo han atado, igual que tú, hilo a hilo, desde el otro extremo.

—Entonces ya saben dónde está.

—Saben en qué montaña. —La profesora puso el dedo en una de aquellas sombras pequeñas, una entre miles—. No saben en qué punto. Y en una montaña así, eso es no saber nada. Mira cuántas bocas hay. Cinco siglos de galerías, unas sobre otras, agotadas, selladas, hundidas, reabiertas. Pueden cavar otro siglo entero y no dar nunca con el sitio.

—A no ser que alguien les diga el sitio.

—A no ser —la profesora la miró por fin a los ojos— que vaya alguien de la sangre. Alguien que sepa leer lo que dejaron los nuestros, que se mueva por allí como pez en el agua, que sin querer, sólo por estar buscando bien, marque el punto exacto. Eso es lo que esperan, Ariadna. Por eso no excavan más rápido. Llevan cinco siglos cavando despacio en la montaña correcta, esperando a que aparezca por fin alguien de la sangre y les haga el trabajo que ellos no pueden hacer. Te esperan a ti.

En el silencio que vino después, Ariadna oyó el zumbido de la nevera del piso franco, y le pareció el ruido más doméstico y más obsceno del mundo.

Se levantó. En el alféizar, donde la había dejado el primer día, estaba la caja de costura de la tía Reme, una caja de hojalata oxidada con un dibujo borrado de flores que había sido azul. La abrió. Botones, carretes, un dedal partido, el olor a metal viejo y a polvo. Y, en el fondo, bajo el forro de cartón despegado por una esquina, la aguja.

No era una aguja de coser. Era más gruesa, antigua, de un metal que no brillaba, y terminaba no en una punta sino en tres, tres púas finas como las espinas de un endrino, separadas en abanico. La sacó y la sostuvo a la luz gris de la ventana. La tía Reme la había guardado toda la vida entre botones, como si no fuera nada, y se la había pasado a su madre, y su madre a ella, y nadie le había dicho jamás qué era, sólo que no se perdía y no se enseñaba.

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Índice · 31 capítulos
  1. Prólogo
  2. 1
  3. 2
  4. 3
  5. 4
  6. 5
  7. 6
  8. 7
  9. 8
  10. 9
  11. 10
  12. 11
  13. 12
  14. 13
  15. 14
  16. 15
  17. 16
  18. 17
  19. 18
  20. 19
  21. 20
  22. 21
  23. 22
  24. 23
  25. 24
  26. 25
  27. 26
  28. 27
  29. 28
  30. 29
  31. Epílogo

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