La Orden del EspinoLa Hora de los Banquerosportada en preparación
La Orden del Espino · Novela histórica

La Hora de los Banqueros

El enemigo que aprendió a no tener cara

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Sinopsis

Madrid, 2 de mayo de 1808. Sabás tiene siete años cuando los mamelucos cargan en la Puerta del Sol y su padre, un impresor, lo arrastra por los patios traseros enseñándole lo único que importa: no mirar la sangre, mirar por dónde se sale. Esa noche, bajo una losa del taller, le muestra una caja de costura con una aguja de hueso de tres púas. Lo que esconde esa aguja viene de antes de Roma, y a Sabás le tocará guardarlo en el siglo más peligroso de todos.

Porque algo cambia en el XIX. Mientras cae el imperio español -Ayacucho, la pérdida de Potosí, la desamortización de Mendizábal que saca a pública subasta media España-, el viejo enemigo de la Orden hace su jugada definitiva: dejar de tener nombre. Las casas de banca con escudo y apellido genovés se disuelven en sociedades anónimas, testaferros y empréstitos colocados en las bolsas de Londres y París. Ya no hay una cara a la que combatir, solo una cifra al pie de todo.

Sabás contraataca con la única arma de su tiempo: una imprenta y un periódico, donde una errata calculada o un suelto sobre tesoros perdidos en una montaña de América pueden hacer tardar al dinero una generación más. Pero la cadena se adelgaza hasta convertirse en una aguja olvidada en un costurero, y el 98 -Cuba, Santiago, la escuadra de Cervera- enterrará para siempre la hora de los reyes. Empieza la de los banqueros.

Las primeras páginas

Prólogo

El viento bajaba del Cerro toda la noche y golpeaba las chapas como si quisiera arrancarlas una a una. No paraba. A cuatro mil metros, el frío no era una sensación, era una presencia, algo que se metía por las junturas de la casa baja y se quedaba quieto en los rincones, esperando. Ariadna tenía las manos metidas bajo los muslos y aun así las notaba ajenas, de otro.

Tomás había puesto sobre la mesa una tableta vieja, con la pantalla cruzada por una grieta que partía la imagen en dos. La bombilla del techo parpadeaba cada vez que afuera arreciaba la racha, y en cada parpadeo la cara del hombre se borraba un instante y volvía, más cansada cada vez.

—El banco dejó de tener cara en el siglo XIX —dijo.

Lo dijo sin énfasis, como quien lee la fecha de un documento. Ariadna esperó. Había aprendido, en aquellas semanas, que Tomás no soltaba las cosas de golpe; las dejaba caer y miraba dónde rebotaban.

—Hasta entonces se les podía seguir —continuó—. Tenían nombres. Velasco. Centurione. Familias con casas, con escudos, con hijos a los que tocaba el relevo. Se les podía odiar. Hasta combatir, a veces, los suyos lo hicieron. —Movió un dedo sobre la pantalla rajada—. En el siglo diecinueve aprendieron lo último. Lo definitivo. A no tener cara.

La imagen de la tableta era un árbol. No de los de hojas: un diagrama, líneas que bajaban y se juntaban. Arriba, un nombre que Ariadna ya conocía, que había visto en los carteles del campamento minero ladera abajo, en los papeles que firmaban los ingenieros, en la chapa atornillada al contenedor de la entrada: Fundación Lumen.

—Mire hacia atrás —dijo Tomás, y arrastró el dedo hacia abajo.

El árbol se desplegó al revés. La Fundación se deshacía en un fondo de inversión, el fondo en un banco, el banco en otro que se lo había comido, y ese en otro, fusión tras fusión, hacia atrás, cada eslabón con un nombre distinto, cada nombre tragándose al anterior. Ariadna seguía la línea con los ojos, hipnotizada, hasta que la grieta de la pantalla la cortó y tuvo que ladear la cabeza para leer lo último, abajo del todo, casi en el borde.

Una casa de banca genovesa. Un apellido que olía a galeras y a sacos de plata.

—Hasta ahí —dijo Tomás—. Una banca de Génova. Y entre esa banca y el primer nombre claro de la línea de arriba hay un hueco. Unos años, después de las guerras de Napoleón, en que la casa cambia de nombre. El viejo nombre genovés ya no servía. Olía a imperio muerto, a siglo viejo. Así que se pusieron uno nuevo. —Miró a Ariadna por encima de la tableta—. Uno de luz.

Afuera la racha volvió a embestir. La bombilla se apagó un segundo entero y los dejó a oscuras, con solo el resplandor cascado de la pantalla, y cuando volvió la luz Tomás se estaba riendo, una risa corta, sin alegría, la risa que ella ya le había visto otras veces, la de quien lleva mucho tiempo solo con un chiste demasiado grande.

—Lumen —dijo—. De la luz. Lo entiende, ¿verdad? Eligieron llamarse de la luz justo en el siglo en que medio mundo andaba aterrado con los iluminados. Cuando cualquiera que olía una conspiración la llamaba así: los de la luz, los Illuminati, la mano que mueve todo desde detrás. —Negó despacio—. Se pusieron el nombre del señuelo. El nombre del cuento. De modo que si alguien, alguna vez, los señalaba de verdad, parecería que estaba señalando el cuento. Que era un loco más de los que ven masones en la sopa. Y se reirían de él, y tendrían razón los que se rieran, porque el que acierta y el que delira dicen la misma palabra.

—Eso es demasiado astuto —dijo Ariadna. Le salió la voz ronca, áspera por el frío y por el silencio de horas—. Nadie planea así. Nadie esconde la verdad detrás de la propia leyenda de la verdad.

—Ellos sí. —Tomás apagó la tableta y la mesa quedó solo bajo la bombilla temblona—. Llevan dos mil años haciéndolo, señora Vives. Dos mil años siendo muy buenos en esto. Por eso van ganando. Por eso están ahí afuera, ahora, cavando esa montaña con máquinas que mueven en un mes lo que un siglo de mineros movía a pico. Por eso usted está aquí.

Ariadna no contestó enseguida. Bajó la mano al bolso que tenía en el regazo, lo abrió, y buscó a tientas en el fondo, entre el cuaderno y las lupas y el cargador, hasta dar con el estuche pequeño de tela. Lo sacó. Era un alfiletero acolchado, granate, descosido por una esquina, de la tía Reme. Dentro, clavada en la tela como llevaba clavada toda su vida, estaba la aguja.

La sacó con dos dedos. Era más larga que una aguja de coser corriente, más gruesa, y la cabeza no era un ojal limpio sino una pequeña masa de metal labrado. Pasó el pulgar por encima, despacio, como había hecho mil veces de niña sin mirar, y notó lo que llevaba notando desde que entendió lo que tenía entre manos: tres puntas. Tres púas diminutas en relieve sobre la cabeza, como un nudo, como una espina abierta en tres.

—Para saber contra qué subo mañana —dijo, sin levantar los ojos de la aguja— tengo que oír este siglo. El de ellos.

—El que aprendieron a no tener nombre ni patria. —Tomás asintió—. Sí. Si no entiende cómo se borraron la cara, mañana subirá a pelear contra una sombra y no sabrá dónde dar el golpe. —Acercó la silla a la mesa, juntó las manos heladas, sopló dentro de ellas—. Tenemos toda la noche. Y empieza con un niño. Un niño en Madrid, el año en que entraron los franceses.

Ariadna dejó la aguja sobre la mesa, entre los dos, bajo la bombilla que no acababa de decidirse a alumbrar. La punta de las tres púas tiró una sombra larga sobre la madera, y la sombra temblaba con cada racha, viva, como si también ella esperara que empezaran a contarla.

—Hábleme del niño —dijo.

1

Madrid amaneció el dos de mayo con campanas que no eran de misa.

Sabás tenía siete años y estaba subido al taburete del taller, donde no debía, mirando por la ventana alta cómo la calle se llenaba de gente que corría hacia la misma parte. Abajo, en la imprenta, su padre había soltado el componedor y se había quedado quieto con un puñado de tipos de plomo en la mano, escuchando. No las campanas. Lo de debajo de las campanas: un rumor de muchas voces juntas, lejano, que crecía como crece el agua bajo una puerta.

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Índice · 31 capítulos
  1. Prólogo
  2. 1
  3. 2
  4. 3
  5. 4
  6. 5
  7. 6
  8. 7
  9. 8
  10. 9
  11. 10
  12. 11
  13. 12
  14. 13
  15. 14
  16. 15
  17. 16
  18. 17
  19. 18
  20. 19
  21. 20
  22. 21
  23. 22
  24. 23
  25. 24
  26. 25
  27. 26
  28. 27
  29. 28
  30. 29
  31. Epílogo

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