La Orden del EspinoLa Cruz y la Llaveportada en preparación
La Orden del Espino · Novela histórica

La Cruz y la Llave

una reliquia escondida en el corazón del Temple

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Sinopsis

Años después de la matanza con que los francos tomaron Jerusalén, un hombre flaco y polvoriento entra por la puerta de la ciudad sin que nadie repare en él. Se llama Guiral de Cardós y lleva cosida en el arzón una cosa que su sangre carga desde hace mil años: una espina falsa, de plomo y plata, con una rama de tres púas grabada en la base donde nadie mira. Viene del sur, de Córdoba y de los caminos, y trae el viejo arte de los suyos: no ser nadie, esconder lo más valioso a plena vista, dentro de la mentira más grande que ha levantado el hombre.

En la explanada del antiguo Templo de Salomón crece entonces una hermandad de caballeros pobres a la que la gente empieza a poner nombre medio en broma. Guiral comprende antes que nadie lo que va a ser: el mayor poder de la cristiandad, una orden que tendrá encomiendas, flotas y archivos en medio mundo. El escondite perfecto. Esconde la reliquia entre cálices y candelabros, en un altar lateral de Acre, y enseña a los de su cadena a guardarla en silencio mientras alrededor cabalgan las cruzadas hacia Hattin y la pérdida de Jerusalén.

Pero la Mano Cerrada también busca. Y siete siglos más tarde, en otra ciudad que huele a especias, una archivera lee en un inventario del año de las hogueras una línea que tiembla: *una espina, en relicario de plata, con señal de tres puntas*. Quinto volumen de La Orden del Espino. *Radix manet*: la raíz permanece.

Las primeras páginas

Prólogo

Nunca había salido de España, y ahora salía huyendo.

Ariadna Vives lo pensó así, con esas palabras exactas, mientras la cola de embarque la empujaba despacio hacia el mostrador, y le pareció una frase de novela barata, de esas que se avergonzaba de subrayar en los libros del aeropuerto. Pero era verdad. Cuarenta y un años pisando la misma meseta, los mismos archivos polvorientos de la misma capital de provincia, los mismos legajos del siglo catorce que olían a vinagre y a ratón, y de pronto un pasaporte recién estrenado, rígido en la mano como un naipe nuevo, y un billete que no había comprado ella.

Eso era lo que más le rechinaba. El billete.

La tarjeta de embarque le había llegado por correo, sin remitente, en un sobre acolchado, con una nota a máquina de escribir, una de verdad, de las que muerden el papel: «Vaya. La esperan. No pregunte quién paga». Y debajo, a mano, con una letra que reconocería entre mil porque llevaba quince años descifrándola al pie de los manuscritos, la profesora había añadido una sola línea: «búscalo tú misma; si te lo cuento yo y me equivoco, ya no podrás desverlo».

Desverlo. Se había inventado la palabra, la vieja, como se inventaba la mitad de lo que decía. Pero Ariadna la entendía. Era el oficio de las dos: una vez que ves la marca en un sitio, ya la ves en todos, y empiezas a no fiarte de tus propios ojos. Por eso no quería contárselo. Para que llegara limpia.

La marca era una rama de tres púas. Un nudo de espino dibujado con tres puntas que salían de un solo trazo, como una mano de tres dedos cerrándose. Ariadna la había encontrado primero en el margen de un inventario mozárabe de Córdoba, y había pensado que era un garabato del copista, un floreo aburrido entre línea y línea. Luego desaparecía. Dos siglos largos en blanco, el norte cristiano tragándose el rastro, abadías y cartularios y nada, ni una púa. Y de golpe, cuando ya lo había dado por casualidad muerta, reaparecía. En los inventarios del Temple. Limpia, deliberada, repetida, al pie de actas de encomiendas de Aragón como si alguien la hubiera estado esperando dos siglos para volver a dibujarla.

Esa noche, en su cuarto, había escrito en el cuaderno la frase que ahora cabalgaba con ella hacia Oriente, y al ponerla le había temblado la mano. Lo recordaba bien: la pluma se le había parado a la mitad. «La caída del Temple fue una tapadera». Cuatro palabras y un punto, y se había quedado mirándolas un buen rato, porque sabía que no se escribe algo así sin que algo te empiece a buscar.

Le tocó el pasillo. Asiento del medio en la fila de tres, mal sitio, pero el billete no lo había elegido ella.

El avión se llenó despacio, con esa paciencia turbia de los vuelos largos a ciudades de las que la gente no habla en voz alta. Junto a la ventanilla se sentó un matrimonio mayor que rezó por lo bajo durante el rodaje. Y a su izquierda, en el pasillo, un hombre.

Cuarenta y pocos, quizá menos. Camisa de lino arrugada de la manera correcta, la barba de tres días cuidada para parecer descuidada. Le sonrió al sentarse, una sonrisa fácil, ensayada hasta parecer espontánea.

—¿También a Oriente por trabajo? —dijo, en un español de acento difuso, de ninguna parte—. Yo cooperante. Pozos. Agua para aldeas. —Se rió como si fuera un chiste viejo—. Mucha sed en este mundo.

—Archivos —dijo Ariadna—. Papel viejo.

—Ah. —Asintió con un respeto exagerado—. Importante también.

Y abrió una revista.

Ariadna sacó su cuaderno, lo abrió por la página de la frase que temblaba, y fingió leer sus propias notas mientras lo miraba con el rabillo del ojo, despacio, como había aprendido a mirar en las últimas semanas. El hombre tenía la revista abierta por un reportaje de fotografías brillantes. Despegaron. Subieron sobre las luces de la ciudad, sobre el negro de la meseta, sobre el mar al cabo de un rato. Y la revista del cooperante no pasó de página.

Ni una vez.

Despegue, ascenso, el carrito de las bebidas, la cena en su bandeja de aluminio, las luces que bajaron para la noche. Una hora. Dos. Y el hombre seguía con los ojos clavados en la misma fotografía de un pozo, sonriendo de vez en cuando hacia el papel como quien finge entretenerse, sin pasar la hoja. Quien lee, pasa la página. Quien vigila, no.

Tres semanas atrás, Ariadna se habría reído de sí misma por fijarse en eso. Habría pensado que estaba paranoica, que el calor del archivo le había secado el juicio. Ahora no. Ahora sabía dónde estaba la sombra antes de mirarla, como un animal que ha aprendido tarde a tener depredador y ya no lo olvida. Lo había aprendido deprisa, en pocas semanas, demasiado deprisa: el coche que arrancaba cuando ella salía del portal, el cerrojo de su despacho forzado sin que faltara nada, la sensación constante, en la nuca, de ser un punto en el mapa de alguien.

No tuvo miedo. Tuvo, más bien, una rara serenidad, casi de cansancio heredado, como si aquello no le pasara solo a ella.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón y tocó la aguja.

Era lo único que se había traído de su casa que valiera algo, y no valía nada: una aguja de coser larga, vieja, de acero ennegrecido, con el ojo deformado de tanto enhebrar. Había sido de la tía Reme, que se la había puesto en la mano poco antes de morir, sin explicación, con esa solemnidad absurda de los viejos por las cosas pequeñas. «Guárdala tú, que tú coses». Ariadna no cosía. Pero la había guardado, y desde hacía tres semanas no salía de casa sin ella, sin saber por qué, salvo que tocarla le ordenaba el pecho. Pasó el dedo por la punta, despacio, hasta sentir el pinchazo seco, ese filo que después de tantos años seguía mordiendo.

El cooperante pasó por fin la página. Justo entonces, cuando ella ya lo sabía. Tarde.

Ariadna cerró el cuaderno sobre la frase que temblaba, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos sin dormirse, atenta al hombre amable de su izquierda como se está atento a un ruido en la oscuridad. La esperaban, decía la nota. Ella ya sabía que sí. Solo que no sabía aún quiénes eran los que la esperaban para ayudarla y quiénes los que la esperaban para lo otro. Apretó la aguja en el puño. Abajo, en algún punto del mar negro, dormía un mundo que llevaba mil años discutiendo lo mismo, y ella, sin saberlo todavía, viajaba a sumarse a la discusión.

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Índice · 31 capítulos
  1. Prólogo
  2. 1
  3. 2
  4. 3
  5. 4
  6. 5
  7. 6
  8. 7
  9. 8
  10. 9
  11. 10
  12. 11
  13. 12
  14. 13
  15. 14
  16. 15
  17. 16
  18. 17
  19. 18
  20. 19
  21. 20
  22. 21
  23. 22
  24. 23
  25. 24
  26. 25
  27. 26
  28. 27
  29. 28
  30. 29
  31. Epílogo

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