Sinopsis
Madrid, mediados del siglo XVIII. En una imprenta estrecha encajada entre un confitero y un sastre, Ventura tira pliegos de día y, de noche, vende por debajo del mostrador los Diderot que entran de contrabando entre balas de paño. Es un hombre de la rama recta: su casa lleva veinte siglos guardando una reliquia, un saber y una sangre, y la señal de los suyos no es una palabra sino un gesto, el pulgar apretado en la base de la palma como quien busca una astilla vieja. *Radix manet*: la raíz permanece, porque hay que esconderla.
Cuando llegan a la corte rumores de unas sociedades nuevas venidas de Inglaterra, hombres con mandil, escuadra y compás que dicen descender de los templarios y de Salomón, Ventura no se pregunta qué predican. Se pregunta quién las paga. Y siguiendo el dinero como ha seguido siempre un texto hasta su fuente, de una sociedad fantasma de Marsella a un banquero de Lyon y de ahí a un apellido genovés, descubre la jugada más astuta del enemigo de casa: fabricar una conspiración ruidosa, llena de símbolos, para que el mundo señale al masón mientras nadie mira al banquero de levita.
Para verlo entero tendrá que entrar en una logia. No por fe, por oficio. Y mientras tanto, una expedición real prepara su viaje al Cerro Rico de Potosí, y alguien necesita que el mapa que cruce el océano mienta con letra honrada.
Las primeras páginas
Prólogo
La camioneta apareció en la curva como una cosa hecha de polvo, antes incluso de oírse el motor, una mancha parda subiendo por la pista de tierra que trepaba desde el pueblo hacia la montaña. Ariadna llevaba media hora esperando junto a un poste de luz torcido, con la maleta a los pies y el sol de la puna golpeándole la nuca, y había empezado a temer que el hombre no viniera, que el correo cifrado, las semanas de rodeos y de mentiras a medias hubieran sido una broma cruel de alguien con demasiado tiempo. Entonces el polvo se hizo vehículo, el vehículo se detuvo a su lado con un quejido de frenos viejos, y la ventanilla bajó a manivela.
—¿Señora Vives?
Era un hombre de unos cincuenta años, de cara ancha y curtida, ojos oscuros muy juntos bajo una gorra deshilachada. Tenía las manos de quien ha trabajado con ellas, agrietadas en los nudillos, y una manera de mirarla que no era la del chófer que recoge a una pasajera sino la de quien comprueba algo, como quien coteja una cara con un retrato guardado mucho tiempo.
—Sí —dijo ella—. ¿Tomás?
—Suba. Hay tres horas hasta arriba y la tarde se cierra pronto en el Cerro.
Subió. El asiento estaba reventado y olía a gasolina y a coca seca, y en el salpicadero, pegada con cinta amarillenta, había una estampa descolorida de una virgen morena. Arrancaron. La pista era un castigo de baches y de piedra suelta, y la montaña, que desde el pueblo se veía lejana y entera, empezó a crecer delante de ellos hasta llenar el parabrisas: una mole cónica, roja, sangrante de óxido, perforada de arriba abajo por miles de bocas negras, los socavones de quinientos años de codicia. Ariadna la había visto en fotografías. Ninguna la preparaba para aquello. Parecía un animal desollado.
—El Cerro Rico —dijo Tomás, sin apartar los ojos de la pista—. Sumaq Orqo, la montaña hermosa. La que se comió ocho millones de hombres para que en Europa hubiera monedas. ¿Sabe cuánto tiempo llevan cavándola?
—Desde mil quinientos cuarenta y cinco.
—Y todavía cavan. Mire. —Señaló con la barbilla una hilera de figuras que subían por una ladera lejana, hormigas con cascos—. Cooperativas, ahora. Sacan estaño, zinc, lo que queda. La plata se acabó hace tiempo. Pero ellos no buscan plata, señora Vives. Nunca buscaron plata.
Ella no respondió. Había aprendido, en los últimos meses, que cuando un hombre de aquella cadena empezaba a hablar así, lo mejor era dejarlo correr.
—Le voy a decir una cosa, y se la voy a decir como una buena noticia, porque lo es. —Cambió a una marcha más corta para una cuesta y el motor protestó—. Todo lo que cree saber el mundo sobre las sociedades secretas es mentira. Y esa mentira la fabricaron ellos.
—¿Ellos.
—Los de verdad. Masones, iluminados, templarios escondidos, los que mueven el mundo desde la sombra con mandil y compás. Toda esa mitología que llena las pantallas. ¿De dónde cree que viene? —La miró un instante, y volvió a la pista—. La inventaron ellos, en el siglo dieciocho, para esconderse. Es la jugada más astuta que ha hecho nunca la rama torcida. La mejor manera de esconder una conspiración real es financiar una falsa y muy ruidosa.
Ariadna sintió un frío que no era el de la altura. Había leído esa frase. La había leído de la mano de su tía abuela Reme, en una libreta de hule negro escrita con letra de modista, una frase entre patrones de costura y cuentas de la casa, y no la había entendido. Llevaba meses sin entenderla. Y ahora la oía, palabra por palabra, en boca de un minero boliviano al que acababa de conocer, a seis mil kilómetros de la mesa camilla donde la tía Reme la había escrito.
—¿Cómo sabe usted eso —preguntó, y le salió la voz más fina de lo que quería.
—Lo sabe mi familia desde hace doscientos cincuenta años. Los Curi. Lo trajo un hombre que se llamaba Gaspar, que cruzó el mar de joven y aquí se quedó, y aquí se mezcló, y aquí dejó su sangre revuelta con la nuestra. —Tomás sonrió, y la sonrisa le cambió la cara, la hizo más vieja y más amable—. Usted y yo somos primos, señora Vives. Muy lejanos. Una raíz, dos ramas, las dos orillas del mismo océano. Por eso la he traído.
—Yo lo encontré a usted. Yo seguí el rastro. Yo escribí.
—No. —Negó despacio con la cabeza—. La encontré yo a usted. Hace dos años. Cuando publicó aquel artículo sobre el palimpsesto de la catedral, el que nadie leyó. Llevábamos vigilando esa línea de sangre desde antes de que usted naciera, esperando a ver si florecía. Dejé migas para que las siguiera. Usted creyó que cazaba. La cazaban a usted, con cariño, para traerla a casa. Es distinto.
La pista dio un giro y la montaña entera se les echó encima, roja contra un cielo demasiado azul, y Ariadna, sin pensarlo, se llevó la mano al pecho, donde, colgada de un cordón bajo la blusa, llevaba la aguja. La aguja de la tía Reme. Una aguja de coser anodina, de hierro mate, con la cabeza demasiado labrada para una aguja, tres pequeñas púas en la base que parecían un defecto del molde y no lo eran. La palpó a través de la tela. Estaba caliente de su propio cuerpo.
Y mirando la mole perforada, la montaña a la que todo el mundo había mirado durante quinientos años sin ver lo que escondía, lo entendió de golpe, como se entienden las cosas que ya se sabían sin saberlas: lo oculto no se esconde lejos. Se esconde detrás de lo más visible. Detrás de ocho millones de muertos y de toda la plata del mundo, a plena luz, a la vista de todos, como siempre. Como la espina dentro del relicario.
—Está bien —dijo—. Cuéntemelo todo. Desde el principio.
—Desde el principio, no —dijo Tomás—. Desde el siglo en que aprendieron a engañarnos. Desde Madrid. Desde un impresor.
1
La prensa cayó con el golpe seco y satisfactorio de siempre, el husillo bajando bajo el empuje de la barra, y cuando Ventura levantó la platina y separó el tímpano, el pliego salió impreso por una cara, las dos columnas de tipo negras y firmes contra el blanco del papel de tina. Lo levantó por las esquinas con cuidado de no manchar, lo miró a contraluz de la ventana para comprobar el registro y la mordida de la tinta, y lo colgó del cordel que cruzaba el taller, junto a los otros, una hilera de pliegos puestos a secar que olían a humedad y a plomo y daban a la sala su aire de bodega de palabras.
Índice · 31 capítulos
- Prólogo
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
- 6
- 7
- 8
- 9
- 10
- 11
- 12
- 13
- 14
- 15
- 16
- 17
- 18
- 19
- 20
- 21
- 22
- 23
- 24
- 25
- 26
- 27
- 28
- 29
- Epílogo