Sinopsis
Madrid, julio de 1936. Mientras las bombas caen sobre la ciudad y los sotanos se llenan de vecinos asustados, Eladia cataloga procesos del siglo XV con una letra menuda y perfecta. Es archivera. Sabe, con un saber que le viene de la sangre, que en una guerra un papel mata: un padron dice quien vive en que piso, una ficha de afiliacion dice de que lado esta cada uno. La primera vez que tuerce un rastro a proposito lo hace por un maestro al que apenas conoce, escondiendo su ficha entre legajos de pleitos de aguas del siglo XVIII. No la rompe: romper deja un hueco, y un hueco se ve.
Pero hay alguien que no busca enemigos del momento. En la sala de Salamanca, donde el bando vencedor amontona los archivos de medio pais para cruzarlos uno contra otro, un hombre de gris bueno y voz suave pide siempre lo mismo: lo viejo, cuanto mas viejo mejor. Procesos inquisitoriales, genealogias de conversos, una marca de tres puas en un margen. Se llama Centeno, sirve a la Mano Cerrada, y lleva cuatro siglos de paciencia heredada detras de un solo cabo. Cuando lo destinan a Eladia como ayudante, ella entiende que tendra que perder, dentro de la boca del lobo, el documento que la condena a ella y a las suyas. Una sola ficha la separa de dos mil anos de silencio.
Las primeras páginas
Prólogo
El viento bajaba del Cerro como un animal que conociera la casa, y entraba por las rendijas de las chapas con un silbido fino, terco, que no paraba nunca. Ariadna había dejado de oírlo a ratos, igual que se deja de oír el mar, y luego volvía a oírlo de golpe, cuando una ráfaga más fuerte hacía temblar el techo entero y la bombilla pelada del centro de la habitación se balanceaba un dedo a cada lado, y las sombras de los hombres crecían y menguaban en las paredes encaladas como si la casa respirase.
Tomás puso ante ella una taza de hojalata abollada y le sirvió café de una jarra renegrida. Era un café aguado, casi sin color, hervido con algo que no era azúcar y que dejaba en la lengua un regusto a tierra. Ella lo cogió con las dos manos, más por el calor que por las ganas, y notó cómo le subía por las palmas un hilo de tibieza que se perdía en cuanto llegaba a las muñecas. En Potosí, le habían dicho, el frío no muerde: se mete. Y era verdad. No era el frío cortante de Madrid en enero, sino otro, paciente, que se le había instalado debajo de la ropa desde que bajó del avión en El Alto y no había vuelto a salir.
—Beba —dijo Tomás—. Beba primero.
Lo dijo sin levantar la voz, mirándola por encima de su propia taza, y ella, que ya empezaba a reconocer los modos de aquella gente, bebió. El gesto le sonó de algo. Lo había oído antes, en otra boca, hacía mucho, junto a un grifo de cocina en un piso de Carabanchel, una tarde de infancia que no sabía que llevaba guardada. Bebe primero. No le dio importancia entonces y casi no se la dio ahora. Bebió.
Eran las tres de la madrugada. Por la única ventana, sin cristal, tapada con un plástico que el viento abombaba hacia dentro, no se veía nada: la noche del altiplano era una pared negra, sin luna, salpicada de unas pocas luces lejanas, abajo, donde dormía la ciudad, y arriba de unas estrellas tan duras y tan quietas que parecían clavadas. La montaña no se veía. Pero estaba. Ariadna la sentía ahí fuera como se siente la presencia de alguien que no habla, una mole sin contorno, esperando que amaneciera para enseñar la cara.
—No vamos a esperar a que sea de día para subir —dijo ella—. Eso me lo dijo usted ayer. Pero no me dijo por qué tanta prisa.
Tomás dejó la taza en la mesa de tablas. Era un hombre seco, de cara cuarteada por el sol y el viento de esa altura, con unas manos grandes y agrietadas de cargar piedra toda la vida, y unos ojos que parecían más viejos que el resto de él. Tendría cincuenta años o setenta; en aquella tierra no se sabía. A su espalda, dos hombres más jóvenes, sobrinos suyos o hijos, no había acabado de aclararse, terminaban de atar un fardo de mantas y herramientas. No hablaban. Llevaban toda la noche sin hablar, moviéndose por la casa baja con una eficacia callada, como quien ya ha hecho esto otras veces, o como quien ha esperado mucho tiempo a hacerlo una.
—Porque es ahora o nunca —dijo Tomás—. Y eso, señora Vives, sí se lo voy a contar, pero andando, que hay que cargar la camioneta antes de que amanezca. Súbase el cuello.
Ariadna se levantó, se subió el cuello del abrigo prestado, demasiado grande para ella, que olía a otro hombre y a humo de bosta, y lo siguió hacia la puerta. Antes de salir, casi sin pensarlo, se llevó la mano al pecho y palpó, a través de tres capas de tela, el bulto pequeño y duro que llevaba cosido en el bolsillo de dentro. La aguja. Las tres púas. El único objeto del mundo por el que estaba ahí, a cuatro mil metros, en mitad de la noche, a punto de subir a una montaña agujereada y llena de muertos con tres desconocidos. La notó contra el esternón, fría incluso a través de la ropa, y aquello, absurdamente, la tranquilizó.
Fuera, el viento la golpeó de frente. Le arrancó el aliento de la boca y se lo llevó. La camioneta estaba aparcada en el patio de tierra, una vieja pickup con la pintura comida, y los dos jóvenes empezaron a echar bultos en la caja con un cuidado que no casaba con la rudeza de las cosas. Tomás caminó hasta ella despacio, encorvado contra el aire, y empezó a hablar pegado a su oído para que el viento no se llevara también las palabras.
—Usted sabe quiénes son los que la persiguen —dijo—. Lo ha visto. La beca, el robo en su despacho, la directora amable. Lo que no sabe es de dónde vienen. Y para entender por qué es ahora, hay que entender eso.
Cogió una caja de tornillos y se la pasó a uno de los jóvenes.
—Esa gente lleva detrás de lo mismo dos mil años. Reyes lo quisieron, y papas, y banqueros, y nunca lo tuvieron. Sabe por qué nunca lo tuvieron, señora Vives? Porque buscar a una sangre, hasta hace cien años, era lento. Lentísimo. Había que ir pueblo por pueblo, parroquia por parroquia, leyendo a mano padrones, partidas, procesos. La que usted sabe leer mejor que nadie, esa letra apretada, esa la tenían que leer ellos también, hoja por hoja, a la luz de una vela. Por eso los nuestros pudieron esconderse veinte siglos. Porque el que buscaba tenía las manos lentas.
Una ráfaga sacudió la lona de la caja. Tomás esperó a que pasara.
—Y entonces llegó el siglo pasado. El siglo de las guerras grandes. Y con las guerras, la manía de ficharlo todo. De guardar un papel de cada persona que respira. Quién es, de dónde viene, con quién duerme, qué piensa, de quién es hijo. Los gobiernos se volvieron máquinas de fichar, señora. Y la gente que la persigue a usted, que siempre se viste del poder que sube, ¿dónde cree que se metió? Pues ahí. En los servicios. En las policías de los papeles. En las inteligencias de los dos lados de todas las guerras, porque a ellos les daba igual el lado: lo que querían era la llave del archivo. Dejaron de ser banqueros con levita. Se hicieron otra cosa. Lo que son hoy.
Ariadna se había quedado quieta, con la caja a medio coger entre las manos. El viento le metía las palabras de Tomás dentro a empujones.
—¿Cómo? —dijo—. ¿Cómo pasa un banco a... eso?
Índice · 31 capítulos
- Prólogo
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
- 6
- 7
- 8
- 9
- 10
- 11
- 12
- 13
- 14
- 15
- 16
- 17
- 18
- 19
- 20
- 21
- 22
- 23
- 24
- 25
- 26
- 27
- 28
- 29
- Epílogo