Sinopsis
El penúltimo domingo del año, los del 67 se sientan a comer como cada año desde la mili. Eran cuarenta y dos a los dieciocho; hoy son veintitrés y una silla vacía. Y esta es la última vez: Casa Ovidio cierra en enero.
Pilar los conoce a todos. Es la que escucha, la que guarda, la caja fuerte del pueblo. Desde su sitio en la mesa va pasando lista a una generación entera: el que emigró a Alemania, la viuda que hizo de la cuadrilla su familia, el que triunfó y el que se quedó, el que se llevó la heroína, la que amó a otra mujer cuando aquello no cabía en el mapa. Cada uno con su secreto. Casi todos, confiados a ella.
Pero Pilar guarda uno que no ha contado nunca. Y esta tarde, por primera vez en treinta y siete años, le quema bajo la lengua.
Una novela coral sobre la amistad de pueblo, el paso del tiempo y las cosas que callamos por miedo y, a veces, por amor. Una comida, una generación, media vida cabiendo entre el café y la madrugada.
Las primeras páginas
1 · La mesa
Empujo la puerta de Casa Ovidio el penúltimo domingo del año, a la hora de comer, como llevo haciéndolo cuarenta años. Me recibe la bofetada de siempre: el calor de dentro estrellándose contra el frío que traigo pegado al abrigo, el olor a cordero y a leña de encina, y por encima de todo el ruido. Ese ruido nuestro no se parece a ningún otro ruido del mundo. Está hecho de gente que se conoce desde antes de tener memoria y que, una vez al año, se reúne a demostrarlo a voces.
Al fondo, en la mesa larga de siempre, pegada a la chimenea, está la quinta. Mi quinta. Los del 67. Lo que queda de ellos.
—¡Hombre, ya está aquí la jefa! —brama Andrés desde la otra punta, levantando el vaso, y unas cuantas cabezas se vuelven hacia la puerta y me sonríen con esa cara de domingo que se nos pone solo este día.
—La jefa de nada —contesto, desenrollándome la bufanda—. Aquí no manda ni Dios, que para eso somos del pueblo.
Y mientras me abro paso hacia mi sitio, repartiendo besos en mejillas frías y mejillas ya calientes de vino, voy haciendo lo que hago siempre nada más entrar, sin que nadie me vea. Una manía fea que no he conseguido quitarme en cuarenta años: cuento. Cuento cabezas. Es más fuerte que yo. Antes de quitarme el abrigo ya sé cuántos somos.
Este año somos veintitrés.
El primer año fuimos cuarenta y dos. Lo sé con esa exactitud porque tengo en casa las fotos de todas las comidas, en una caja de zapatos que fue de unos botines que ya no recuerdo. La primera está tan llena de gente que los de los extremos salen cortados por la mitad: un brazo aquí, media risa allá. Cuarenta y dos teníamos dieciocho años y nos creíamos el centro exacto del universo. Veintitrés tenemos cincuenta y nueve, y sabemos ya que el universo no tiene centro. O que, si lo tiene, no está en este comedor, aunque hoy, durante unas horas, hagamos como que sí.
Porque esto no empezó en una mesa; empezó en la calle. La primera vez que los del 67 nos juntamos enteros, los cuarenta y dos, no fue alrededor de un cordero con mantel. Fue el año en que a los mozos les tocó la mili y el pueblo les hizo la despedida de quintos. Y aquella despedida no duró una tarde: duró días. Días seguidos de ronda, de casa en casa, de cántaros de vino y de coplas a deshora. Madres llorando en los portales mientras los hijos cantaban que se iban. Y nosotras, las chicas, que también éramos del 67 aunque a nosotras no nos llamara la patria, siguiendo a los mozos pueblo arriba y pueblo abajo hasta caer rendidas. Fue la última vez que el pueblo entero hizo una cosa a la vez. De allí venimos. De aquella despedida que duró días salió el juramento de borrachos de no separarnos nunca. Y de aquel juramento, ya manso, ya reducido a una vez al año y a un solo día, aunque el día se estire hasta la madrugada, salió esta comida. La mili nos hizo quinta para siempre. Por eso, cuando alguien cuenta Lo de la cabra, no cuenta solo un chiste de cuartel: cuenta el sitio donde nos volvimos esto que somos.
Y como todo en esta vida, la cosa se fue enfriando con los años, encogiéndose sin que nadie lo decidiera. De aquellos días enteros de despedida pasamos, cuando volvieron de la mili y empezaron a caer las bodas, a juntarnos un fin de semana largo. Luego, con los primeros críos, el fin de semana se quedó en un día, y las noches se acortaron «por los niños». Luego, con los críos ya criados y los primeros achaques, el día se quedó en una comida. Y la comida, que antes acababa de madrugada, fue terminando cada año más temprano. En el café, en los licores, en cuanto a alguno empezaban a pesarle las obligaciones, o las rodillas, o, sencillamente, ya no le apetecían tantas horas seguidas de los mismos de siempre. Lo que empezó durando días acabó durando una tarde. Es ley de vida: cuanta más vida tiene uno hecha por detrás, más familia, más trabajo, más cansancio, más muertos a los que ir a ver al cementerio, menos le queda para dársela a una mesa. Las comidas, como las personas, también envejecen, y de viejas duran menos y se acuestan antes.
Hoy, además, pasa una cosa que no había pasado nunca, y que flota sobre la mesa como flota el humo de la chimenea, sin que nadie quiera ser el primero en respirarlo. Hoy es la última.
Casa Ovidio cierra. El hijo de Ovidio, que ya no es ningún niño, lleva años aguantando el negocio a base de fines de semana, y se acabó: en enero baja la persiana y pone un piso de alquiler turístico, que es lo que se lleva, dice, con una pena que se le nota debajo del orgullo de hombre práctico. Nos lo comunicó por carta, a los del 67, como quien comunica una defunción, porque sabe que esta mesa, la del fondo, por estas fechas, no la ha ocupado en cuarenta años nadie que no fuéramos nosotros. Así que esta es la última comida en Casa Ovidio.
Todas menos esta. Porque hoy, por ser la última, vamos a estirarla como no la estirábamos desde hacía años. Hoy las obligaciones pueden esperar, hoy a nadie le pesan las rodillas lo bastante como para marcharse, hoy los del 67 nos vamos a quedar hasta que Ovidio apague las luces, igual que cuando éramos jóvenes y la cosa no tenía hora. La comida, que llevaba años muriéndose de a poco, encogiéndose tarde tras tarde, ha decidido morirse a lo grande: durar entera, una última vez, de la luz del mediodía a la madrugada.
No le digo a nadie el número. Nunca lo he dicho. Es una cuenta que llevo yo sola, como quien guarda una contabilidad secreta de algo que no se paga con dinero.
Me siento donde me siento siempre. Me sirven el vino sin preguntar, porque a estas alturas ya saben todos que el primero lo bebo tinto y deprisa, para coger el ritmo de la mesa, que va siempre por delante del mío.
A mi derecha, Loli me aprieta la rodilla por debajo del mantel. Es su manera de decir hola sin gastar palabras.
Enfrente está Tino, que ha venido de Madrid en un coche que vale lo que la casa de cualquiera de los demás. Se afana en explicarle a Goyo no sé qué de unas inversiones. Y Goyo, que tiene las manos grandes y agrietadas del que ha trabajado con ellas toda la vida, asiente con esa paciencia de campo que es la forma más educada que conozco de no escuchar.
Índice · 20 capítulos
- 1 · La mesa
- 2 · Quini
- 3 · Charo
- 4 · Nando
- 5 · Julián
- 6 · Visitación
- 7 · Loli
- 8 · Faustina
- 9 · Tino
- 10 · Goyo
- 11 · Higinio y Leoncio
- 12 · Merche
- 13 · Encarna y Paco
- 14 · El que no vino
- 15 · Nico
- 16 · Andrés
- 17 · El hijo de Ovidio
- 18 · La caja
- 19 · Pilar
- 20 · La foto