Las sillas vacíasLa quinta que no se juntóportada en preparación
Las sillas vacías · Costumbrista

La quinta que no se juntó

Una novela sobre un entierro, una cuadrilla rota y un secreto de veinte años

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Sinopsis

Damián se pasó veinte años llamando, cada fiesta, a los amigos de su quinta. Cada año ponía la mesa para seis y se quedaba solo, mirando la puerta. Eran la última cuadrilla que hizo la mili en Valdesalces, y prometieron, como todas, no separarse nunca. Pero una noche de hace veinte años se mató uno de ellos volviendo de fiestas, y la quinta se rompió en el silencio de lo que nadie quiso aclarar.

Ahora Damián ha muerto. Y un entierro consigue lo que él no logró en vida: meter por fin a los supervivientes en la misma habitación. En el café de después, entre el responso y el carajillo, cada uno suelta su versión de aquella noche. Nadie miente. Ninguna versión cuadra.

Sagrario lo ve todo. Es la que amortaja a los muertos y prepara el café de los entierros del pueblo, la que está siempre en la habitación cuando la familia ya no puede. Y guarda, desde hace veinte años, lo que vio en el cuerpo de aquella noche, una cosa que no cuadraba con un accidente.

El reverso de *Los del 67*: la quinta que no supo quedarse. Una novela coral sobre la culpa, el silencio de pueblo y lo que se pierde cuando una comunidad deja de sentarse junta.

Las primeras páginas

1 · El que quiso juntarlos

A los muertos los visto yo. Es lo que hago en Valdesalces desde hace más años de los que me gusta contar, y lo hago bien, sin que se me note el oficio, que es lo que más cuesta. La gente cree que amortajar es vestir a uno que ya no se mueve, y no es eso. Es devolverle al muerto la cara que tenía cuando no sabía que iba a morirse. Esa es la cara que la familia quiere ver en la caja, y casi nunca es la que les ha quedado a los pobres después de pasar lo que han pasado para llegar hasta ahí. Mi trabajo es ese embuste piadoso: que el que entra a despedirse se encuentre con el de siempre, no con el del último día.

Y ese embuste, que parece cosa de peine y de polvos, es en el fondo lo que soy yo entera, y lo que me ha metido en el lío que os voy a contar. Porque toda mi vida ha sido eso: decidir qué se enseña de un muerto y qué se tapa. A este le tapo la mueca del dolor y le pongo cara de dormido. A aquel le cubro con el cuello de la camisa una marca que contaría una vida fea. Al de más allá le peino el pelo de un lado para esconder el sitio donde se dio el golpe. Cada muerto que visto es una decisión de esas: hasta aquí se ve, de aquí para abajo se guarda. Y yo la tomo sola, sin que nadie me la haya encargado, porque la familia no quiere saber, la familia quiere que su muerto esté guapo y en paz, y para eso me pagan, para que yo cargue con lo que no quieren ver. Cincuenta años tomando esa decisión, muerto a muerto. Qué se enseña, qué se guarda. Y llega un día, uno, en que la cosa que hay que guardar no es una mueca ni una marca ni un golpe. Es una verdad entera. Y entonces la decisión de siempre, la del peine, se vuelve una decisión de las gordas, de las que te quitan el sueño veinte años. Pero sigue siendo la misma decisión, en el fondo. Qué se enseña. Qué se guarda. Yo llevo toda la vida entrenándome para esa, sin saberlo. Amortajando aprendí a callar. Es el mismo gesto: tapar con cuidado, para que el que se queda pueda mirar sin romperse.

Me llamo Sagrario. Mi madre lo hacía antes que yo, y la madre de mi madre antes que ella, que esto del amortajar, en los pueblos de antes, era oficio de mujeres y se pasaba de unas manos a otras como se pasa una receta o una manera de coser. De cría iba con mi madre a las casas y me quedaba en el portal, oyendo desde abajo el trajín de arriba, las mujeres yendo y viniendo con el agua caliente y las sábanas. Y un día mi madre me dijo, sube, Sagrario, mira cómo se hace, que esto algún día te tocará a ti. Y subí. Tenía catorce años. Y aprendí mirando, que es como se aprende lo que de verdad importa, mirando y callando. Lo primero que aprendí no fue a vestir a un muerto. Fue a estar en una habitación donde la gente está rota sin estorbar y sin sobrar, que es lo más difícil que hay. Estar y no estar. Ser de la casa sin ser de la familia. Ese es el oficio de verdad. Lo demás, los botones y el peine, lo aprende cualquiera.

Esta mañana de octubre me toca Marcos. Este octubre, el de dos mil veintiuno, que las fechas conviene decirlas, que luego una se hace vieja y se le juntan los años y ya no sabe si un muerto fue de un otoño o de otro. Marcos Cuevas, cuarenta y un años, nacido el ochenta, infarto en la cocina de su casa un martes a las seis de la tarde, mientras pelaba patatas, dicen, aunque a mí lo de las patatas me lo contó la cuñada y las cuñadas adornan. Lo encontró su hermana, que tiene llave porque vivía solo desde que la mujer lo dejó, hace ya. Y aquí está, en la mesa de la sala de atrás del tanatorio nuevo, que de nuevo ya no tiene nada porque lo pusieron hace quince años y en Valdesalces quince años para una cosa moderna es media vida.

Lo miro antes de empezar. Siempre los miro un rato antes de tocarlos, no por respeto, que también, sino porque hay que entender la cara que uno se ha quedado para saber qué hay que devolverle. A Marcos le ha quedado cara de susto. De los que se mueren con prisa y sin permiso les queda esa cara, la de quien iba a hacer una cosa y de pronto lo llaman para otra. Le falto el adiós. A Marcos le falto el adiós.

Le voy quitando la ropa con la que lo trajeron, le lavo, le afeito, que llevaba dos días de barba mala y a un muerto la barba mala lo envejece veinte años de golpe. Tengo mis cosas, mis trastos de siempre en la bolsa de cuero que fue de mi madre: la maquinilla buena, la brocha, el peine de los dientes finos, el algodón, los alfileres por si la ropa le queda holgada, que a los enfermos largos la ropa siempre les queda holgada porque se van yendo en vida y la familia les compra la talla del que eran, no la del que ha quedado. A Marcos no. A Marcos la camisa le viene justa, que era hombre grande y se murió de golpe, sin tiempo de adelgazar. Eso es casi un lujo en mi oficio, un muerto que aún llena su ropa.

Le pongo la camisa buena que ha traído la hermana, una azul de cuadros que todavía huele a armario cerrado, y mientras le abrocho los botones del puño, uno por uno, despacio, como se le abrochan los botones a un niño que no sabe, voy pensando en lo que sé de este hombre que estoy vistiendo. Que es mucho. En este pueblo, de los que me llegan a esta mesa, yo lo sé casi todo, porque la gente, cuando hay un muerto en casa, baja la guardia de una manera que no baja en toda su vida. Se les abre la boca de pena y por la boca abierta de pena sale lo que llevaban años guardado. Le cuentan a una, mientras le sostiene la palangana o le plancha la sábana de arriba, cosas que no le han contado al cura en cincuenta años de confesión. Quién se llevaba mal con el muerto y por qué. Quién no va a venir al entierro y la razón verdadera, no la que dirán. Las herencias que ya se están repartiendo con el cuerpo todavía caliente. Yo lo oigo todo, y lo guardo todo, y no digo nada nunca, que si yo hablara en este pueblo no quedaba un matrimonio en pie ni un hermano hablándose con otro. Soy un pozo. Las cosas caen dentro de mí y no vuelven a salir.

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Índice · 17 capítulos
  1. 1 · El que quiso juntarlos
  2. 2 · Los que he vestido
  3. 3 · El velatorio
  4. 4 · La iglesia
  5. 5 · El camposanto
  6. 6 · La quinta, cuando era quinta
  7. 7 · Rai, el que encendía
  8. 8 · El café
  9. 9 · Lázaro, el que se quedó
  10. 10 · Óscar, el que triunfó
  11. 11 · Mónica, la que se fue y volvió
  12. 12 · El que no había venido
  13. 13 · Lo que vio Nacho
  14. 14 · Lo que yo vi en el cuerpo
  15. 15 · Las cuentas que no cuadran
  16. 16 · Lo que decidí
  17. 17 · Las tazas

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