Las sillas vacíasLa era de Castoportada en preparación
Las sillas vacías · Costumbrista

La era de Casto

El último verano en que un pueblo hizo las cosas todos a la vez (Las sillas vacías nº 2)

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Sinopsis

Verano de 1965. En Valdesalces, un pueblo de la meseta, las familias suben por turnos a la era de Casto a trillar la mies, como han hecho durante siglos: el trillo, la parva, el grano al viento. Pero todos saben que es la última trilla de verdad. En el pueblo de al lado ha llegado una cosechadora, y el año que viene la era estará muerta.

Casto, viejo dueño de la era, es el que reparte el turno, y por su tierra pasa el pueblo entero: el amo que compra la máquina que dejará sin pan a sus jornaleros, la viuda que trilla subida al trillo como un hombre, el que no llega a fin de año, los forasteros de los caminos, el muchacho que coge el coche de línea hacia Alemania con un puñado de tierra en el bolsillo. Y una pandilla de críos de dieciséis años que un día serán algo: Quini robando higos y poniendo motes, Pilar la niña callada que mira y guarda, Goyo, Andrés.

El pueblo cree que Casto se quedó solo por avaro. La verdad es otra, y solo la suelta cuando barre la era por última vez.

Precuela de *Los del 67*. Una novela coral sobre el campo de los sesenta, la mecanización que vació los pueblos y el último verano en que se partía el pan todos juntos bajo el mismo sol.

Las primeras páginas

1 · El reparto del turno

El primer día de la trilla amanezco antes que el sol y bajo a la era con la cabeza llena de cuentas. No de dineros, que esos los echa cada cual en su casa. Cuentas de quién va antes y quién va después, de qué familia tiene la mies seca y cuál la trae todavía verde, de quién me ha pedido el favor de adelantarle el turno y a quién voy a tener que mirar a los ojos para decirle que espere. Esas cuentas las echo yo solo, de madrugada, andando, porque andando salen mejor, y las llevo echando así sesenta años, una trilla tras otra, sin haber apuntado nunca nada.

La era es mía. Eso hay que decirlo el primero, porque si no lo digo, no se entiende nada de lo que viene detrás. La heredé de mi padre, que la heredó del suyo, y no es una era cualquiera: es la era buena del pueblo, la grande, la que está en alto, a las afueras, donde corre el aire que hace falta para aventar. Hay otras dos eras en Valdesalces, pequeñas, de tierra floja, que sirven para lo que sirven. Pero cuando alguien dice «la era», así, sin más, sin nombre, se refiere a la mía. Y eso, que parece poca cosa, ha hecho de mí lo que soy en este pueblo: el hombre por cuya tierra pasa, un verano sí y otro también, la cosecha entera de todos.

Porque el pueblo no tiene una era cada casa. Sería un disparate. La era se comparte, como se comparte el horno y como se comparte la fuente, y a quien le toca compartir el sitio le toca también repartir el turno. Y el que reparte el turno se entera de todo. De todo, digo. De quién ha tenido buen año y de quién va a pasar el invierno justo. De quién manda a sus hijos a trillar tierra ajena porque la propia no le da ni para el pan. De qué mozo se ofrece a ayudar en la parva de qué casa, y no es por la casa, es por la hija de la casa. La era es la plaza del verano. Y yo soy el que tiene la llave de la plaza.

Me llamo Casto. Mal nombre me pusieron, ya lo veréis, pero a eso aún no llego.

Esa mañana, la primera, me senté en la piedra grande que hay a la entrada de la era, la que está pulida de tanto culo como ha aguantado, y fui viendo llegar a la gente con el primer claror. Vienen así, los primeros días: a saber el turno. No a trillar todavía, que la mies está aún en el campo o recién segada en gavillas, sino a saber. A preguntar, con el sombrero en la mano, «Casto, ¿yo cuándo?». Y yo lo tengo todo aquí, en la cabeza, que no apunto nada, nunca he apuntado nada, y digo «tú el cuatro, después de los de Atilano», o «tú aguanta a la segunda vuelta, que tu trigo está verde y se te va a apelmazar». Y se van conformes, o se van rumiando, pero se van, porque la era es mía y el turno lo pongo yo, y eso en este pueblo no se discute desde antes de que yo naciera.

Aquel año, sin embargo, había una cosa rara en el aire. La noté nada más sentarme en la piedra. La gente llegaba como siempre, preguntaba como siempre, pero había en las caras un punto de algo que no sabría nombrar bien. No era pena, todavía no. Era más bien la cara que se le pone a uno cuando hace algo por última vez sin estar del todo seguro de que sea la última. Como cuando se despide de un viejo que está malo y uno no sabe si lo volverá a ver, y le da la mano un segundo de más por si acaso.

Porque corría una voz. Y la voz era que en Villarejo, el pueblo de al lado, el de la cooperativa, había llegado una máquina. Una cosechadora, la llamaban, una palabra que entonces sonaba a hierro y a futuro y que a los viejos nos sonaba sobre todo a amenaza. Decían que segaba y trillaba ella sola, andando por el campo, sin parva, sin era, sin gente. Que en una mañana hacía lo que a una cuadrilla le costaba una semana. Yo no la había visto. Casi nadie la había visto. Pero las cosas que no se ven, en los pueblos, son las que más miedo dan, porque uno se las imagina peores.

Y todos, esa mañana, mientras me preguntaban el turno, estaban pensando lo mismo que yo, aunque ninguno lo dijo. Estaban pensando que a lo mejor aquella trilla era la última. Que a lo mejor, el verano que viene, la era estaría callada y la máquina estaría en el campo. Lo pensaban y se callaban, que es lo que mejor sabemos hacer en este pueblo, y venían a saber el turno como si nada, como si fuera un verano más de los muchos que habían sido.

Yo tenía aquel año mis años ya bien cumplidos. No voy a decir cuántos, que las cuentas de la edad las llevo peor que las del turno. Bastantes. Los suficientes para haber visto trillar en aquella era a tres generaciones, para haber repartido turno a gente que ya estaba en el cementerio de arriba y a los nietos de esa gente que venían ahora con el sombrero en la mano. Bastantes para estar cansado de una manera que no se quita durmiendo. Y bastantes, sobre todo, para haber entendido una cosa esa misma mañana, sentado en mi piedra, que no había entendido en toda la vida: que la era y yo nos íbamos a morir juntos. Que cuando llegara la máquina, no se acababa solo la trilla. Me acababa yo. Porque yo no era nada sin la era. Yo era el de la era. Quítale la era a Casto y queda un viejo solo en una casa grande y vacía, que es lo que soy ahora que os lo cuento, pero entonces aún no lo sabía decir.

Así que aquella mañana, mientras repartía el turno por lo que yo ya sospechaba que era la última vez, lo repartí despacio. Más despacio que nunca. Saboreando cada «tú el cuatro», cada «tú aguanta». Como el que cuenta el dinero que sabe que es el último que le queda, no por avaricia, sino por no soltarlo.

Voy a contaros este verano. El último de la era. Os voy a ir contando, familia por familia, lo que pasó por mi tierra aquellos meses, de la siega de junio a la última parva de agosto. Las casas, los mozos, las mozas, los críos. Porque por mi era pasó aquel verano el pueblo entero, como pasaba todos los años, pero aquel año pasó de otra manera, sabiendo que se iba. Y porque entre toda aquella gente había unos cuantos críos de dieciséis años, revoltosos, ariscos, riéndose de todo, que entonces no eran nadie y que con los años serían algo: serían los del 67, los que durante cuarenta años se juntarían a comer una vez al año hasta quedarse en nada. Pero eso ellos no lo sabían, ni yo tampoco. Aquel verano eran solo unos críos robando higos en mi era. Y entre ellos había una niña callada que miraba mucho y hablaba poco, y de esa niña os tendré que hablar también, con cuidado, porque su historia no es mía para contarla del todo.

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Índice · 21 capítulos
  1. 1 · El reparto del turno
  2. 2 · La siega
  3. 3 · Un día de trilla
  4. 4 · La casa de Don Emeterio
  5. 5 · El que no llega
  6. 6 · La viuda
  7. 7 · Los que envejecieron juntos
  8. 8 · Los forasteros
  9. 9 · El lindero
  10. 10 · El que se fue
  11. 11 · La bendición de la parva
  12. 12 · El que rondaba la parva
  13. 13 · Díselo, chaval
  14. 14 · Los críos
  15. 15 · La niña que miraba
  16. 16 · La que también se acordaba
  17. 17 · El primer baile en la era
  18. 18 · La copla vieja
  19. 19 · La máquina
  20. 20 · Lo de Casto
  21. 21 · La era barrida

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