Sinopsis
Naima llegó de un pueblo del Rif hace doce años y abrió un locutorio en lo que fue el ultramarinos de Aurora. Por sus tres cabinas de contrachapado ha pasado todo Valdesalces hablando con el pueblo que se fue: la vieja que llama a su hijo de Alemania, el viejo sordo que solo quiere oír la voz de su hija, la mujer que llama a un amor que su marido no conoce, el que pide dinero y el que lo manda. Naima lo oye todo a medias, por la pared fina, y lo guarda. Es la forastera que conoce el pueblo mejor que el pueblo a ella.
Hoy es el último día. El locutorio cierra: lo han matado los smartphones y la crisis, que devuelve a los inmigrantes a sus países. Un día entero de últimas llamadas, de la persiana de la mañana a la de la noche.
Pero Naima guarda un secreto que no ha contado a nadie. Ella también tiene a alguien al otro lado de una llamada: una hija pequeña que se cría en Marruecos con la abuela. Doce años vendiendo despedidas, y esta noche le toca decidir la suya.
Una novela coral sobre la emigración de ida y vuelta, la voz que consuela pero no abraza, y el precio de criar a un hijo desde el otro lado de un teléfono.
Las primeras páginas
1 · El cartel de Western Union
La persiana de aquí chirría distinto a las de mi tierra. Suena a frío de meseta, a cielo bajo, a sitio que no es el mío. La subo a las nueve, como cada mañana, y hoy chirría igual que todos los días, sin saber que es la última vez que la subo yo. Las cosas no se enteran de cuándo se acaban. Solo nos enteramos las personas, y a veces ni eso.
Hace frío en la plaza. Un frío de meseta que aquí, en este pueblo de tierra adentro, se mete por debajo de la ropa y se queda. Yo soy de un sitio donde también hace frío, no os vayáis a creer, en las montañas del Rif los inviernos cortan, pero es otro frío, uno con sol dentro. Este de aquí es un frío sin sol, gris, que viene de un cielo bajo como una manta vieja. Me costó años acostumbrarme. Hay quien dice que una se acostumbra a todo. Yo digo que una aprende a aguantar, que no es lo mismo.
En el cristal de la puerta pegué ayer un cartel. Lo escribí yo a mano, con rotulador grueso, y me salió la letra un poco torcida porque las letras de aquí todavía, después de doce años, las hago pensando. «ÚLTIMO DÍA», pone. Y debajo, más pequeño: «Gracias a todos.» Quería poner algo más, algo de lo que sentía, pero no encontré las palabras, ni en español ni en mi lengua, así que dejé el «gracias» solo, que a veces una palabra sola dice más que un párrafo. Eso lo he aprendido aquí dentro, oyendo hablar a la gente por teléfono. Las palabras importantes son cortas. «Vuelve.» «No puedo.» «Te quiero.» «Se ha muerto.» Lo largo es siempre el relleno, lo que se dice para no decir.
El local es pequeño. Tres cabinas al fondo, separadas por unos tabiques de contrachapado que yo misma ayudé a poner, con un cristalito arriba para que entre la luz. Un mostrador con el ordenador donde manejo las llamadas y cobro. Una estantería con tarjetas para llamar barato, sobres, una fotocopiadora vieja que se calienta y huele. Y el cartel de Western Union, naranja y amarillo, pegado en el cristal desde el primer día, que es el que de verdad ha dado de comer a esta casa. La gente venía a llamar, sí, pero venía sobre todo a mandar dinero. A llamar se llama de balde si tienes a quién y tienes con qué. A mandar dinero hay que venir a un sitio donde alguien sepa hacerlo. Yo sabía.
Este local fue antes una tienda. Un ultramarinos, me dijeron cuando lo cogí, de una mujer que se llamaba Aurora y que llevaba las cuentas de medio pueblo en una libreta. Todavía, los primeros años, venía gente mayor que se quedaba parada en la puerta mirando hacia dentro, como si esperara ver los sacos de legumbres y las latas en las estanterías, y se iban sin entrar, un poco confusas, como quien busca una calle que han cambiado de nombre. «Aquí venía yo a por el aceite», me dijo una vez una vieja, y no lo dijo con reproche, lo dijo con esa pena suave de las cosas que ya no están. Yo le sonreí. No supe qué contestar. Una es de fuera y hay penas del pueblo que no le pertenecen, que solo puede mirar de lejos, como se mira llover en otro valle.
Hago lo de todas las mañanas, aunque sea la última. Enciendo el ordenador, que tarda en arrancar lo suyo, que es viejo, de cuando abrí. Pongo la calefacción, una estufa de butano que da un calor que huele, y que es el olor de este local, el butano y el papel de la fotocopiadora y un poco a humedad de pared. Ordeno las tarjetas en la estantería, las calling cards con sus banderas, las de Marruecos, las de Ecuador, las de Rumanía, las de Senegal, un mundo entero colgado de un expositor de plástico, todos los sitios de donde vino la gente que vino, cada bandera una nostalgia, cada tarjeta un puente de céntimos a un país lejano. Hoy no voy a vender ninguna, supongo, o casi ninguna, pero las ordeno igual, por costumbre, porque las manos van solas después de doce años, porque cerrar también es hacer las cosas de siempre sabiendo que es la última vez, despacito, despidiéndote de cada gesto.
Voy a contaros lo que pasa en un día. En este día, el último. Porque por estas cabinas, por esta pared fina de contrachapado, ha pasado durante doce años el pueblo entero hablando con el pueblo que se fue, y yo lo he oído todo a medias, sin querer, que es la única manera de oír las cosas de los demás sin hacer daño. A medias se oye lo justo. Se oye la música y no la letra, el tono y no el secreto. Y con la música basta para saber casi todo, porque la gente puede mentir con las palabras pero no miente con la voz.
Cuando abrí esto, hace doce años, en este pueblo no había nada parecido y en las ciudades empezaban a abrir uno en cada esquina. Era el negocio del momento. Donde hubiera cuatro extranjeros juntos, abría un locutorio, porque todos teníamos lo mismo, una familia al otro lado de una frontera y unas ganas de oírla que no cabían en el bolsillo. Llamar desde casa costaba un dineral; las compañías de teléfono de entonces te cobraban la llamada a Marruecos o a Ecuador o a Rumanía como si la voz tuviera que ir en taxi. Y nosotros buscábamos lo barato, las tarjetas esas con un número largo que marcabas primero y que te rebajaban la llamada a céntimos, las calling cards las llamaban, con dibujos de banderas y de palmeras, y aquí las vendía yo a montones. La gente venía, compraba su tarjeta, se metía en la cabina y se gastaba el sueldo de una tarde en oír a los suyos. Era el oro de entonces, las llamadas baratas. Yo vivía de la diferencia, de lo poco que le sacaba a cada minuto, pero como eran muchos minutos y mucha gente con muchas ganas, daba para vivir, y daba para mandar a casa, que para eso había venido.
Y luego, poco a poco, sin que yo lo viera venir, empezó a torcerse. Primero llegaron unas compañías nuevas, baratas, de esas que te venden una tarjeta SIM para el móvil y te cobran la llamada al extranjero casi regalada, Lyca, Lebara, unas con nombres que parecían inventados por un niño, hechas justo para nosotros, para los de fuera, que somos los que llamamos lejos. Y la gente se compró esas tarjetas, y empezó a llamar desde su propio móvil, en la calle, en la cama, donde le diera la gana, sin venir a mi cabina. Yo todavía aguantaba con los envíos de dinero y con los viejos, que esos no se aclaran con el móvil. Pero luego llegó lo otro, lo definitivo, el golpe que no se cura: esos teléfonos nuevos, los que tienen pantalla grande y no tienen botones, los listos los llaman, y dentro un programa verde, el WhatsApp, que manda la voz y la cara por el aire, gratis, sin tarjeta, sin nada, solo con tener internet. Y ahí ya no hubo locutorio que valiera. Ahí se acabó.
Índice · 22 capítulos
- 1 · El cartel de Western Union
- 2 · Doña Salva
- 3 · El Rachid
- 4 · Carmita
- 5 · Valeriano, el que volvió
- 6 · Doru, que levanta una casa donde no va a vivir
- 7 · La Nati y el que no es su marido
- 8 · El tío Senén, que no sabe marcar
- 9 · Amador, que ya no tiene a quién llamar
- 10 · Las dos hermanas
- 11 · Melecio, que llama y nadie contesta
- 12 · Milagros, que cría lo que otros parieron
- 13 · Karima, que por fin se los trae
- 14 · Pura, la del bar
- 15 · La mala noticia
- 16 · Los que se van ahora
- 17 · El que pide y el que manda
- 18 · La caja
- 19 · Lo mío
- 20 · La estanquera
- 21 · La última llamada
- 22 · El cartel apagado
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