Sinopsis
Durante cuarenta años, Aurelio ha hecho la misma línea: Valdesalces y los pueblos de la Ribera del Tordo hasta la capital, ida por la mañana, vuelta por la tarde. Por su autobús ha pasado el pueblo entero. Los mozos camino del cuartel, que se callaban de golpe en el cruce de Villaherreros. Las chicas que se iban a servir con la maleta atada con una cuerda y la lágrima limpiada deprisa. Los emigrados que volvían por Navidad cargados de regalos. Los enfermos camino del hospital, de los que algunos no volvieron.
Hoy la empresa suprime la línea: cuatro viajeros de media, no sale a cuenta. Y Aurelio hace su último trayecto, un viaje de ida y vuelta que contiene cuarenta años de salidas. Los pocos que aún suben, un hombre camino del cardiólogo, otro que vuelve de la quimio, se quedarán mañana sin manera de ir a ninguna parte.
Pero Aurelio guarda dos secretos. A una mujer que huía le calló el billete de ida. Y una vez, una sola, él también pudo irse, con alguien, y se quedó al volante, llevando a los demás hacia sus vidas mientras la suya se le iba por la ventanilla.
Una novela coral sobre la España vaciada, la sanidad rural que se concentra a ochenta kilómetros, y el hombre que llevó a todos a todas partes menos a sí mismo.
Las primeras páginas
1 · La cochera
El portón de la cochera chirría por arriba, siempre por el mismo sitio, y nunca le he echado el aceite porque me da que el chirrido ya forma parte del trabajo, como el olor a gasoil y a frío que tiene este sitio a las seis y media de la mañana. Lo empujo igual que todas las mañanas, con el frío de la meseta metiéndoseme por las mangas como si tuviera prisa por llegarme al hueso, y entra la primera luz por el hueco, y ahí está él, esperándome como siempre, grande y quieto, con esa cara de paciencia que tienen los autobuses parados, que no tienen prisa ninguna porque saben que adonde van es siempre al mismo sitio. Cuarenta años llevo empujando este portón. Y hoy es la última vez que lo empujo, y eso lo sabemos él y yo y nadie más.
Me llamo Aurelio, aunque eso aquí no lo sabe casi nadie por el nombre. En Valdesalces y en los seis pueblos de la Ribera del Tordo por los que paso, yo no soy Aurelio. Soy el del autobús. «Que te lleve el del autobús», «pregúntale al del autobús, que ese lo sabe todo», «espera un poco, mujer, que ya viene el del autobús». Hay quien ha nacido, crecido y se ha muerto llamándome así, sin enterarse de que tengo nombre de pila como todo el mundo y como su padre. Y no me quejo. Hay nombres peores que ser, para un pueblo entero, una cosa útil. El del autobús. El que te lleva. No está mal como epitafio, ahora que lo pienso, y hoy es un día de pensar en epitafios.
Encima de la mesa de la oficina, que es un tablero con dos caballetes y un brasero que ya no enchufo porque la corriente está cara y yo soy viejo de costumbres de cuando todo era barato y todo se aprovechaba, está el último parte de servicio. Me lo dejó ayer Honorio, el de la empresa, que vino en su coche desde la capital expresamente para no decírmelo por teléfono, lo cual tiene su mérito y se lo reconozco, porque las malas noticias por teléfono son de cobardes y Honorio no lo es. Es un papel como los de siempre, con sus casillas de las paradas y las horas, pero arriba, impreso, con esas letras frías que no saben de nada, pone una cosa que llevo cuarenta años sin ver escrita en ningún parte: «Línea suprimida».
Suprimida. Mira tú qué palabra fue a elegir el que la eligió. Una palabra de despacho, de las que se inventan personas que nunca han madrugado para coger un autobús con la helada pegada al asfalto y el aliento haciendo humo en la marquesina. No dice «se acaba», no dice «se muere», no dice «el pueblo se queda sin nada y los viejos sin médico». Dice «suprimida», como si hubieran tachado una raya en una lista, que es exactamente lo que han hecho, ni más ni menos, una raya tachada en una lista de un despacho de la capital.
La razón está debajo, con la fecha al lado, doce de febrero de dos mil dieciocho, también muy correcta y muy fría: media de cuatro viajeros por trayecto en el último trimestre. No sale a cuenta. Y tienen razón, esa es la peor parte de todo el asunto, que tienen toda la razón del mundo. Cuatro viajeros. Yo me sé los cuatro. Me sé sus nombres, sus achaques, sus penas y a qué van a la capital cada cual. Pero a un papel los cuatro viajeros no le dicen nada; le dicen un número, y un número no llena el depósito de gasoil de este armatoste ni paga mi sueldo ni el seguro ni las revisiones. La empresa no es mala gente. La empresa hace cuentas, que es lo que hacen las empresas para eso están, y las cuentas dan que no, y cuando las cuentas dan que no, pues se acabó, y no hay vuelta de hoja. Honorio me lo dijo ayer mirando al suelo, dándole vueltas a la gorra entre las manos como quien da el pésame: «Aurelio, no es contra ti, tú lo sabes». Y lo sé. No es contra mí. Es solo que se acabó, y a mí me ha tocado ser el que apaga la luz y entrega la llave, que en todos los oficios hay siempre un último, y a mí me ha caído ser el último de este.
Así que hoy hago mi último trayecto. La ida de buena mañana, hasta la capital, por todos los pueblos de la Ribera del Tordo. Las horas muertas allí, parado, esperando. Y la vuelta a la tarde, ya con las luces encendidas, trayendo de vuelta a los pocos que aún hacen este camino. Un viaje de ida y vuelta como otros diez mil que llevo hechos. El único distinto es este, el último, y eso solo lo sabemos él y yo, porque a los viajeros no se lo he dicho. Para qué. Bastante tienen con lo suyo, que cada uno carga con lo suyo y no es cosa de añadirle a la gente el peso de mi despedida.
Antes de subir le doy la vuelta entera al autobús, despacio, como hago siempre, comprobando las ruedas a patadas, una por una, ese gesto que aprendí del que me enseñó el oficio, un tal Eustaquio que ya murió, y que llevo cuarenta años haciendo sin pensar. Le miro los faros, que estén los dos. Le paso la mano por el costado, por la chapa fría, donde todavía se lee, medio comida por los años y los lavados y los soles, el rótulo de la línea: Valdesalces - Capital, por la Ribera del Tordo. Le di la mano a este autobús el primer día, en el setenta y ocho, cuando yo tenía veintitrés años y todo el pelo y todas las ganas, y se la voy a dar hoy también, al final del día, cuando entregue las llaves. Pero eso aún no toca. Eso es de la noche.
Subo. El primer escalón me cuesta ya más que antes, que también yo he hecho mis kilómetros y mis años y mis inviernos en esta cochera fría. Me siento en el asiento del conductor, que tiene la forma de mi cuerpo de tanto sentarme en él, que ya no sé si me siento yo en el asiento o el asiento se cierra sobre mí como un guante viejo. Ajusto el espejo, que no hace falta porque está donde lo dejé ayer y nadie lo ha tocado, pero lo ajusto igual, por la manía, que un oficio es sobre todo un montón de manías que uno repite hasta que se le mueren las manos. Y antes de arrancar miro hacia atrás, al pasillo vacío, a las filas de asientos de skay marrón vacíos, esperando una gente que esta mañana va a venir poca y que durante cuarenta años vino mucha, tanta que algunos días iban de pie.
Índice · 24 capítulos
- 1 · La cochera
- 2 · La parada de la plaza
- 3 · La parada del crucero
- 4 · El cruce de Villaherreros
- 5 · El seminarista
- 6 · La que se fue a servir
- 7 · Don Elpidio, el maestro
- 8 · El que iba al hospital
- 9 · La forastera que se quedó
- 10 · Cuando iban de pie
- 11 · Las horas muertas
- 12 · La que iba a ver al preso
- 13 · Los novios del autobús
- 14 · La radio
- 15 · El billete de ida
- 16 · La vuelta empieza
- 17 · Los que vuelven y los que no
- 18 · El que volvió en una caja
- 19 · El que volvió para quedarse
- 20 · El pueblo de vuelta
- 21 · El que quería estudiar
- 22 · La curva del pinar
- 23 · El autobús vacío
- 24 · Las llaves
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