Sinopsis
El día que el estanco de Valdesalces baja la persiana para siempre, Engracia abre por última vez una caja de cartón llena de papel carbón. Dentro está el pueblo entero: las copias de las cartas que escribió durante cuarenta años para los que no sabían. Las de las madres a los hijos emigrados a Alemania y a Suiza. Las de las novias a los soldados de la mili. El perdón de dos hermanos enfrentados por unas lindes. La mejoría inventada de un padre que se moría.
Porque Engracia no siempre escribía lo que le dictaban. A veces quitaba la crueldad, a veces le sacaba a la fuerza el «te quiero» al que no se atrevía, y una vez, por una vieja a la que su hijo había borrado, se inventó una carta entera. Editó la intimidad de tres generaciones según su propia idea de la piedad, sin que nadie se lo pidiera y sin saber nunca si acertaba.
Y en el fondo de la caja, debajo de todo, hay una carta con su propio nombre por fuera. Una carta de amor que escribió hace cuarenta años y que nunca echó al correo, porque le faltaba lo único que ella le pegó a todas las demás: el sello.
La cuarta entrega de *Las sillas vacías*: la emigración contada desde el que se quedó, y la mujer que puso por escrito lo que un pueblo entero no supo decirse a la cara.
Las primeras páginas
1 · La caja
La persiana de un estanco hace un ruido que no hace ninguna otra. Lo sé porque la he subido y bajado treinta y nueve años, dos veces al día, y porque hoy la voy a bajar la última y por eso me he parado a escucharla, que es una cosa que no había hecho nunca. Subir y bajar la persiana era el primer y el último gesto del día, y los gestos que se hacen siempre acaban no haciéndose con la cabeza sino con las manos, como respirar. Hoy he tirado de ella despacio, a propósito, para oírla bien, y ha sonado igual que siempre, ese traqueteo de chapa que se queja, y se me ha hecho un nudo donde se hacen los nudos, que no es la garganta, es un poco más abajo, en el sitio donde guarda una las cosas que no piensa decir.
Hoy cierro. El estanco de Valdesalces, el de toda la vida, el de mi madre antes que mío y el del padre de mi madre antes que de ella, baja la persiana para no volver a subirla. Mañana vendrá un hombre de la concesionaria de la capital a llevarse la máquina de tabaco y el cartel de loterías, y pasado vendrá mi sobrino con una furgoneta a vaciar lo que quede, y de aquí a un mes esto será un local vacío con un papel en el cristal que diga «se alquila» y que no alquilará nadie, porque en Valdesalces ya no abre nadie nada. Las cosas, aquí, solo cierran.
Me llamo Engracia. Engracia Robledo, para el padrón y para las pocas cartas oficiales que me llegan, pero para el pueblo soy «la del estanco» o «la estanquera», a secas, como si el oficio me hubiera comido el nombre, que un poco es lo que pasa con los oficios que duran toda una vida. He vendido tabaco y sellos y sobres y lotería de Navidad, he pagado el cupón de los ciegos, he sido el sitio adonde se venía a comprar el papel de fumar y, sin que nadie lo pusiera en ningún cartel, he sido otra cosa. He sido la que escribía.
Estamos a finales de mil novecientos noventa y cinco, por dar la fecha, que las fechas hay que darlas aunque a una ya le suenen todas iguales de tanto vivirlas. Porque en este pueblo, durante cuarenta años, la mucha gente que no sabía escribir, y la que sabía pero no se atrevía, venía aquí, al estanco, a que yo le pusiera por escrito lo que no sabía decir sola. Se sentaban en esa silla de enea que hay junto al mostrador, la que tiene el respaldo gastado de tantos codos, y me dictaban. Y yo escribía. Las cartas a los hijos que se fueron a Alemania y a Suiza. Las de las novias a los novios que estaban en la mili. Las de los viejos a los abogados de la capital por lo de las herencias. Las cartas de buenas noticias y las de las malas, que esas eran las que más costaban, porque una mala noticia escrita pesa más que dicha; dicha se la lleva el aire, escrita se queda en un papel que el otro va a guardar y a releer y a llorar encima cuántas veces.
Yo ponía las palabras. Ellos traían el corazón, descosido y revuelto como vienen los corazones, y yo se lo ordenaba en renglones derechos, con sus comas y sus puntos, y al final ponía «sin más, se despide», o «recibe un fuerte abrazo de tu madre que te quiere», y doblaba la hoja en tres, y la metía en el sobre, y le pegaba el sello con la lengua, y la echaba al saco del cartero. Y así, hoja a hoja, sobre a sobre, durante cuarenta años, fui escribiendo el pueblo entero. Lo que se decían unos a otros cuando estaban lejos, que es cuando la gente por fin se atreve a decirse las cosas, porque la distancia da un valor que la cercanía quita.
Y ahora cierro, y casi nadie escribe ya cartas. Los que se fueron, los que quedan, llaman por teléfono. La carta se acabó. La carta se acaba conmigo, en realidad, porque yo era el último sitio donde una carta empezaba.
He venido sola, esta mañana, antes de la hora, a recoger. No queda casi nada que recoger; lo gordo se lo llevan los de la concesionaria. Pero hay una trastienda, detrás de la cortina de cuentas que mi madre colgó en mil novecientos no sé cuántos y que sigue ahí haciendo su ruidito de lluvia cada vez que la cruzo, y en esa trastienda hay cosas mías. Cuarenta años de cosas mías. Y entre ellas, en el estante de arriba, detrás de las cajas de las loterías viejas que nunca tiré, hay una caja.
Una caja de cartón de las del tabaco, de las grandes, de cuando el tabaco venía en cajas de cartón y no en estos plásticos de ahora. La he tenido ahí guardada tanto tiempo que se me había olvidado el peso que tiene. La he bajado con las dos manos, haciendo fuerza con las rodillas como me dijo el médico, y la he puesto encima del mostrador, y le he quitado el polvo con la manga, y la he abierto.
Dentro están las copias.
Porque eso es lo que no sabe nadie, o lo saben pocos. Que de muchas de aquellas cartas yo guardaba copia. No de todas, que no daba la mano. Pero sí de las que me parecían que merecían quedarse, que eran más de las que parece. Las que me dictaban a mano, las copiaba a veces con papel carbón, ese papel azul oscuro que manchaba los dedos y que ponías entre dos hojas y al escribir en la de arriba salía calcado en la de abajo. Y la de abajo me la quedaba yo. Y otras veces, cuando no había puesto carbón, me guardaba el borrador, porque casi siempre había borrador: la gente dicta como habla, a trompicones, y hay que hacer un primer apaño antes de pasarlo a limpio. Esos primeros apaños, los tachados, los «no, eso no, pon mejor», también están ahí.
No las guardé por chismosa. Esto quiero que quede claro desde ya, aunque no sé para quién lo quiero dejar claro, porque no se lo voy a contar a nadie. Las guardé porque me parecía, y me sigue pareciendo, que aquello era algo. Que el pueblo entero, sin saberlo, me estaba dictando su historia de verdad, la que no está en los libros del ayuntamiento ni en las lápidas del cementerio. La de las cosas que la gente solo se dice cuando hay kilómetros de por medio. Pensé, vagamente, sin terminar de pensarlo nunca del todo, que algún día aquella caja valdría para algo. Para acordarse. Para que no se perdiera del todo.
Índice · 21 capítulos
- 1 · La caja
- 2 · Lo que me enseñó mi madre
- 3 · La señora Brígida
- 4 · Consolación y el soldado
- 5 · El perdón de Sinforiano
- 6 · El perdón que no se dio
- 7 · La mejoría de don Plácido
- 8 · La mala noticia
- 9 · El testamento del tío Bonifacio
- 10 · Quini, que no sabía escribir lo que decía
- 11 · Los que se cartearon sin saberlo
- 12 · La casa de Julián
- 13 · La traición callada
- 14 · La buena noticia que inventé
- 15 · El coste
- 16 · El día que llegó la voz
- 17 · Las que no escribí
- 18 · El hombre que dictaba para otra
- 19 · La carta sin sello
- 20 · Lo que pude haber sido
- 21 · El buzón
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