Sinopsis
Aurora tuvo el ultramarinos de la plaza de Valdesalces medio siglo, y con él la libreta del fiado: quién debía qué, desde cuándo, y por qué. Tenía fama de seca. La noche que la velan, su hermana Remedios se queda sola con el cuerpo y con tres libretas en el regazo, decidida a quemarlas antes del amanecer para que nadie las lea.
Y mientras pasa la fila del pésame, va pasando lista a las deudas. Porque cada vecino que cruza la puerta es una página. El que debía y no pagó. La viuda joven a la que Aurora le perdonó el pan sin decírselo. El tacaño al que cobró hasta el último real. La vieja a la que compraba los huevos un poco más caros para que comiera sin pedir limosna. Y un médico que llegó al pueblo verde y al que una mentira de Aurora hizo médico de todos.
Resulta que la mujer seca perdonaba deudas en secreto, y se hacía la dura para no humillar a nadie. Su dureza era caridad sin testigos.
Pero hay una página que a Remedios la quema a ella. La suya. La más vieja. La que explica por qué se calló cuarenta años y por qué esta noche, sola con la lumbre, por fin lo entiende todo.
Una novela coral de una sola noche sobre la economía moral de un pueblo y la bondad que se disfraza de mal genio.
Las primeras páginas
1 · El cuerpo y la libreta
A mi hermana Aurora la velamos en la sala de su casa, que es la de toda la vida, con la lumbre encendida aunque sea mayo, porque a un muerto no se le deja en una habitación fría aunque fuera tampoco haga frío. Eso lo decía ella. Decía muchas cosas que ahora me toca a mí seguir diciendo, que es lo que pasa cuando se muere la que mandaba: que una se queda con su voz dentro y la va sacando sin querer, como quien hereda los muebles.
Son las seis de la tarde de un miércoles de finales de mayo del noventa y ocho. Aurora se murió ayer por la mañana, dormida, sin dar guerra, que tampoco la dio en vida más que la justa. Tenía setenta y nueve años y un corazón que llevaba avisando desde el invierno, así que no nos pilló de sorpresa a nadie, y aun así nos pilló a todos, que es como pillan estas cosas siempre. Que tú lo sabes y lo sabes y lo sabes, y el día que pasa, te das cuenta de que no lo sabías en absoluto.
La encontré yo. Eso quiero decirlo, aunque luego no vuelva a sacarlo. Le llevé el café a la cama a las ocho, como cada mañana de los últimos años, que el café se lo subía yo porque ella, que toda la vida había madrugado antes que el gallo para abrir la tienda, en la vejez se había vuelto perezosa de cama, lo único perezoso que tuvo en setenta y nueve años. Y le dije «Aurora, el café», y no contestó. Y le volví a decir «Aurora», ya con el corazón en un puño, y dejé la taza en la mesilla, que no se me cayó de milagro, y le toqué la mano, y la mano estaba como está la mano de los que ya se fueron, que no se parece a ninguna otra cosa fría de este mundo. Y me senté en el borde de su cama y me bebí yo el café, que se me ocurrió eso, beberme yo el café que le había subido, porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos y porque me pareció que tirarlo era un desperdicio que a ella le habría dado rabia. Así somos las de esta casa. Hasta para enterarse de que se ha muerto una hermana, las de Aurora hacemos cuentas: un café no se tira.
Yo me llamo Remedios. Soy la pequeña, la soltera, la que se quedó. Tres años menos que ella, setenta y seis cumplo en agosto si Dios quiere, y llevo toda la vida a su sombra, que es un sitio fresco en verano y muy frío en invierno, según el día. La gente, cuando hablaba de nosotras, decía «las de Aurora». En plural, pero con un solo nombre, y no era el mío. Nunca me importó demasiado. Una se acostumbra a ser el apellido de su hermana como se acostumbra a la humedad de las paredes: deja de notarla.
La han amortajado bien, con el vestido bueno, el azul marino de los entierros y las bodas, que tantas veces se puso para ir a llevar a otros al cementerio y que hoy la lleva a ella. Le han cruzado las manos sobre el pecho y le han puesto el rosario de su madre, que era el de mi madre, enredado entre los dedos. Está seria. Estaba seria viva y está seria muerta, que en eso ha sido fiel a sí misma hasta el final. Aurora no fue mujer de sonreír a tontas y a locas. Sonreía cuando había motivo, y a veces ni eso.
Las velas las ha encendido el cura cuando ha venido a primera hora, antes de que llegara nadie, y van a estar encendidas toda la noche porque las vamos a ir cambiando. Huele a cera y a la flor de los ramos, ese olor dulzón que se mete en la ropa y que luego, durante días, te recuerda dónde has estado. Han traído coronas. Han traído más coronas de las que yo esperaba, la verdad, para una mujer que tenía fama de seca. Las han ido apoyando contra la pared, una al lado de otra, con sus cintas moradas y sus letras doradas, y yo, según las iban trayendo, leía los nombres de las cintas y pensaba: anda, este. Anda, esta otra. Porque las coronas, en un pueblo, también son una contabilidad. También dicen quién quería al muerto, o quién quiere que se vea que lo quería, que no siempre es lo mismo. Aurora habría sabido leer esas cintas mejor que nadie. Habría dicho, sin levantar la voz: «Esa la manda el que me debe y no me ha pagado, a ver si con flores arregla lo que no arregló con pesetas». Y a lo mejor tendría razón. Casi siempre la tenía.
Yo estoy sentada en la silla baja de enea, la que ella usaba para pelar las patatas, junto a la cabecera. Y tengo en el regazo, tapadas con el delantal negro que me he puesto encima de la falda, tres libretas.
Tres libretas de cubierta de hule, dos negras y una que fue azul y ahora es del color del tabaco, gordas como ladrillos, con las hojas amarillas y la letra de Aurora apretada de arriba abajo, números y nombres, nombres y números. Son las libretas del fiado. La contabilidad de medio siglo de tienda. Quién debía qué, desde cuándo, y por qué.
Las he sacado yo de la trastienda esta mañana, antes de que vinieran a vestirla, y me las he traído aquí, a la sala, y me las he puesto en las rodillas debajo del delantal. Nadie sabe que las tengo.
Estaban donde siempre, en el cajón de abajo del armario de la trastienda, debajo de los papeles de los pedidos viejos, envueltas en un trapo, como se envuelve lo que vale. Cincuenta años llevaban ahí, creciendo de número según se llenaba una y se empezaba otra, las tres juntas, la contabilidad entera de la tienda y, por debajo, la contabilidad del alma del pueblo. Yo las había abierto mil veces para el trabajo de la tienda. Pero esta mañana, al cogerlas para llevármelas a la sala sabiendo lo que iba a hacer con ellas, me pesaron distinto. Pesaban como pesa un ataúd pequeño. Pesaban como pesa todo lo que uno va a destruir a propósito y todavía está entero entre las manos.
Me acuerdo de la primera vez que entendí lo que eran de verdad estas libretas, que no fue de joven, que de joven las creía lo que parecían, un libro de cuentas. Fue ya de mayores las dos. Una tarde estaba yo repasando el fiado, poniendo al día una columna, y me topé con una página tachada de un vecino que yo sabía que no había pagado, y le dije a Aurora, medio en broma, «oye, que aquí has puesto saldado y este no ha pagado, que te vas a arruinar como sigas así». Y ella, sin levantar la vista, me soltó una cosa que no se me ha ido: «Remedios, un tendero que solo apunta lo que le deben es un usurero. Yo apunto también lo que le debo yo al pueblo, que es más. En estas libretas no está solo lo que me deben. Está lo que hemos sido unos con otros. Y eso vale más que el dinero, y por eso hay que apuntarlo, aunque no se cobre nunca.» Y siguió a lo suyo. Y yo me quedé mirando aquellas libretas con otros ojos, entendiendo por fin que no eran de dinero, o no solo, que eran el libro de lo que un pueblo se debía por dentro, escrito en la única lengua que mi hermana sabía, la de las pesetas, porque era la que tenía a mano, pero que hablaba de otra cosa. Por eso esta noche me cuesta tanto quemarlas. No estoy quemando deudas. Estoy quemando el libro de lo que fuimos.
Índice · 19 capítulos
- 1 · El cuerpo y la libreta
- 2 · Genadio
- 3 · Loli
- 4 · Eutimio
- 5 · Toribio, el que no perdonó
- 6 · La Tía Robustiana y los huevos
- 7 · Rubén y la corona de Quini
- 8 · Pilar
- 9 · Don Abundio y el primer rosario
- 10 · El café de la cocina
- 11 · La que la tenía por agarrada
- 12 · Engracia, la del estanco
- 13 · La otra que se fue a servir
- 14 · El sobrino de la capital
- 15 · El médico y la cuenta que no era de dinero
- 16 · Quini viene a la madrugada
- 17 · La lumbre
- 18 · La página de Remedios
- 19 · El amanecer
Más de Las sillas vacías
Los del 67Las sillas vacíasLa era de Castoportada en preparaciónLa era de CastoLas sillas vacíasLa vendimia del 88portada en preparaciónLa vendimia del 88Las sillas vacíasLas cartas de la estanqueraportada en preparaciónLas cartas de la estanqueraLas sillas vacíasEl locutorioportada en preparaciónEl locutorioLas sillas vacíasEl baile de las fiestasportada en preparaciónEl baile de las fiestasLas sillas vacíasEl último autobúsportada en preparaciónEl último autobúsLas sillas vacíasLa orlaportada en preparaciónLa orlaLas sillas vacíasLa quinta que no se juntóportada en preparaciónLa quinta que no se juntó