Sinopsis
Floro lleva cincuenta agostos tocando el saxo en la plaza de Valdesalces. Ha visto bailar a tres generaciones bajo las bombillas de colores: las bodas de la quinta del 67, los chotis de los viejos, los agarrados donde se enamoró medio pueblo, las habaneras que cantaba Quini el tabernero. Pero el pueblo se ha quedado sin gente, y esta noche, la de la Asunción, la fiesta se hace por compromiso, con cuatro viejos en sillas plegables y dos críos correteando junto a la fuente. Es la última verbena.
Desde el escenario, que está alto, Floro lo ve todo: a los pocos que quedan y a los muchos que faltan. Y cada pieza que toca convoca un recuerdo, una pareja, un agosto de otra vida.
Floro guarda un secreto que no ha contado en medio siglo: una mujer del pueblo a la que tocó toda la vida y con la que nunca bailó. Hay una habanera que es suya, que compuso para ella y que no ha sonado jamás. Esta noche, antes de que se apaguen las bombillas, va a tocarla.
Una novela coral sobre la España que se vacía, la música como lenguaje de lo que no se dice, y el amor más callado de todos. Cierre luminoso y triste de la saga Las sillas vacías.
Las primeras páginas
1 · El cartel
Esto que voy a contaros pasó la noche del quince de agosto de hace ya unos años, en la plaza de Valdesalces, debajo de las bombillas de colores que colgamos por última vez sin saber que era la última. Yo lo sé bien porque lo subí yo, el cartel, con una escalera prestada y las rodillas que ya tengo, y porque cuando uno hace una cosa por última vez, aunque no lo sepa, algo por dentro se entera antes que la cabeza.
Me llamo Floro. Toco el saxo, aunque también me defiendo con el acordeón cuando hace falta, que en una orquesta de pueblo todos hacemos de todo, hasta de mozos de carga. Llevo cincuenta agostos tocando en esta plaza. Cincuenta. Se dice pronto. La primera vez subí al escenario con dieciocho años y un saxo que no era mío, que me lo dejaba el de la banda, y aquella noche había en la plaza tanta gente que no se veía el suelo. La última, esta que os cuento, había cuatro viejos en sillas plegables y un par de críos correteando alrededor de la fuente, y se veía el suelo entero, el adoquín pelado, el polvo, las colillas de las fiestas de antes que nadie había barrido porque ya no quedaba quien.
Pero voy por partes, que tengo toda la noche.
Llegamos a media tarde, como siempre, con la furgoneta cargada hasta el techo. Somos cuatro lo que queda de la orquesta: yo, el Manso al teclado, que se llama Baudilio pero le decimos el Manso porque nunca se enfada por nada, ni cuando le pisan el cable; Cándido a la batería, que tiene setenta y dos años y unos brazos que ya no son lo que eran pero un compás que no se le va ni borracho; y el chaval, que es el hijo de Cándido y toca el bajo y la guitarra, y que tiene cuarenta y pico pero al lado de nosotros es el chaval y lo será hasta que nos muramos. Antes éramos nueve. Llegamos a ser once, en los años buenos, con dos cantantes y una chica que tocaba el violín y volvía locos a los mozos. Ahora somos cuatro, y tocamos lo que toca a cuatro, que es lo que se puede.
La orquesta se llama, todavía, Orquesta Estrella Azul. El nombre lo puso mi padre, allá por los años cincuenta, cuando aquello era una banda de pueblo y no una orquesta, y se quedó. Lo llevamos pintado en un cartel grande, de tela, que colgamos detrás del escenario, con una estrella dibujada que ya está más despintada que pintada. Cada año pesa menos el cartel y más el nombre, porque de la Estrella Azul que llenaba plazas a estos cuatro viejos hay un trecho largo. Pero el cartel lo seguimos colgando. Por mi padre. Y porque una orquesta sin nombre no es nada, es un grupo de señores con instrumentos, y nosotros, aunque seamos cuatro, somos la Orquesta Estrella Azul, faltaría más.
Y os digo una cosa de las orquestas de verbena, ya que estamos, porque esto que cuento es de un mundo que se está acabando y a lo mejor el que lo lea ya no lo conoce. La orquesta de verbena fue, durante medio siglo, la fiesta entera de los pueblos. No había otra cosa. No había discotecas, no había móviles, no había nada. Había la verbena de agosto, y la verbena era la orquesta. Recorríamos la comarca pueblo por pueblo, cada uno con su fiesta en una semana distinta de agosto, y nosotros íbamos detrás, de plaza en plaza, montando y desmontando el escenario, durmiendo donde se podía, comiendo bocadillos en la furgoneta. Era una vida dura y era una vida buena. Le poníamos la música al verano de toda una comarca. Y ahora la comarca se ha quedado sin verano, o el verano se ha quedado sin pueblos, que para el caso es lo mismo, y de todas las orquestas que recorrían la Ribera del Tordo no quedamos más que nosotros, los cuatro de la Estrella Azul, tocando el último año en el último pueblo que todavía nos llamó.
Montar el escenario en la plaza de Valdesalces es un rito que me sé de memoria, como se sabe uno el padrenuestro o el camino de su casa a oscuras. Los tablones van encima de los caballetes de hierro que guarda el ayuntamiento en el almacén de la era, y que hay que ir a buscar con la furgoneta, y que pesan lo que pesaba el mundo antes de que inventaran las cosas ligeras. El que me ayudó a bajarlos este año fue el alguacil, un chico joven que hace de todo en el pueblo porque ya no hay nadie más para hacerlo: lleva el agua, abre la iglesia, pone el bando, y este año, además, montó conmigo el escenario de su propia fiesta, porque los mozos que antes lo montaban se han ido todos a la capital o son ya tan viejos como yo.
—Floro —me dijo, mientras forcejeábamos con un caballete—, ¿usted cree que el año que viene habrá fiestas?
Y yo, que no sé mentir a la gente joven, que es la única a la que no hay que mentir, le dije la verdad:
—El año que viene no lo sé, hijo. Este, todavía.
Subí el cartel yo solo, en la escalera prestada, clavándolo en el mismo sitio de siempre, en la fachada del ayuntamiento, debajo del reloj que lleva parado desde que se murió el relojero. El cartel lo había hecho la sobrina del alcalde con el ordenador, y la verdad es que estaba bien hecho, con la foto de la Virgen arriba, las letras de colores y, debajo, «Fiestas de la Asunción 2016». Lo que pasa es que debajo de las letras de colores venía el programa de actos, y ahí estaba la pena, escrita con todas sus letras.
Otros años el cartel no cabía de actos. Diana floreada, misa mayor, procesión, concurso de cucañas, vaquillas, campeonato de mus, partido de fútbol casados contra solteros, gran baile vermú, traca, fuegos, y verbena hasta el amanecer dos noches seguidas. Dos noches. Había que verlo. La gente venía de toda la comarca, de los pueblos de alrededor que también tenían sus fiestas pero que la noche del quince venían a la nuestra porque la nuestra era la buena.
Este año, en el cartel, debajo de la misa, ponía: «Pasacalles a cargo de la orquesta. Baile en la plaza, noche del 15». Y ya. Ni vaquillas, que no hay ganadero que las traiga ni mozos que las corran. Ni partido, que no se juntan once solteros en toda la Ribera del Tordo. Ni dos noches, que para una sobra. Un solo acto, el nuestro, el baile, y debajo un espacio en blanco donde otros años venían las cosas, un espacio en blanco que decía más que todas las letras de colores juntas.
Índice · 21 capítulos
- 1 · El cartel
- 2 · Las bombillas
- 3 · El pasodoble de los del 67
- 4 · El chotis de los viejos
- 5 · La habanera de Quini
- 6 · La noche que llovió
- 7 · El agarrado de los novios
- 8 · El pasodoble de los quintos
- 9 · La pieza del que volvió de Suiza
- 10 · El baile de las criadas
- 11 · El twist de los modernos
- 12 · La conga de Charo
- 13 · La cantante
- 14 · El bolero de Chinto y la Paca
- 15 · La mazurca de las viudas
- 16 · El agarrado que no dejaron
- 17 · La jota
- 18 · El descanso
- 19 · La que se ponía junto a la fuente
- 20 · La habanera de Amparo
- 21 · Las bombillas apagadas
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