Sinopsis
Eliseo tuvo durante cincuenta años el único estudio de fotografía de la comarca. Bodas, comuniones, carnés, la foto de los quintos en la escalinata, los muertos a los que había que ponerles cara antes de cerrar la caja. Ahora se jubila, traspasa el local y tiene que decidir qué hace con el archivo: miles de negativos en cajas de cartón, la memoria visual de tres generaciones de un pueblo que se ha ido quedando vacío.
Vaciando el estudio se le cae en las manos la orla de la promoción de 1985 del instituto de la capital. Treinta caras de chavales del pueblo. Y Eliseo, que a todos los volvió a retratar después, en su boda, en el bautizo de su hijo, en el nicho, va pasando lista cara por cara: el que se mató en la curva, la que se metió monja, el que prometía y no cumplió, el emigrante que volvió con la maleta tan vacía como se fue.
Pero hay un sobre que Eliseo nunca entregó ni archivó. Y una mujer a la que solo supo querer mirándola por el visor. Cerrar el estudio le obliga, por fin, a revelar lo suyo.
Una novela coral, reflexiva y elegíaca, sobre la fotografía como memoria y como mentira piadosa, y sobre el hombre que lo guardó todo del pueblo sin atreverse a vivir nada.
Las primeras páginas
1 · Se traspasa
El día que vino el del cartel, me hizo gracia que llamara a la puerta. Cincuenta años he tenido esa puerta abierta de par en par, con la campanilla que sonaba cuando entraba un cliente, y resulta que el último en pasar por ella, el que venía a anunciar que aquello se acababa, fue el único que llamó con los nudillos antes de entrar, como quien entra en un velatorio.
Era un chico joven, de la inmobiliaria de la capital, con una carpeta y una pegatina enrollada. Me preguntó si era yo Eliseo. Le dije que sí, que quién iba a ser, que en este local no ha habido otro Eliseo en medio siglo ni lo va a haber. Y él, muy serio, muy profesional, me pidió permiso para colgar el cartel en el escaparate, por dentro, mirando a la calle.
Le dije que lo colgara él, que yo ya no me subo a la banqueta. Y me quedé detrás del mostrador, donde llevo toda la vida, viéndole pegar las letras al cristal del revés, que desde dentro se leían al contrario, como se ven las cosas en los negativos. SE TRASPASA. Lo leí así, vuelto del derecho por la costumbre de leer al revés que tienen los que hemos trabajado mirando una imagen invertida, y pensé que era la primera vez en cincuenta años que en aquel cristal ponía una verdad entera.
Foto Eliseo. Eso es lo que ha puesto en el cristal desde el año sesenta y nueve, cuando lo abrí. Foto Eliseo, en letras doradas que se fueron despegando por una esquina y que nunca terminé de arreglar. Y ahora, debajo, en rojo, SE TRASPASA, que es la manera elegante de decir que se acabó.
Tengo setenta y un años. Llevo unos cuantos sin apenas trabajo, la verdad sea dicha, sentado detrás del mostrador esperando una clientela que ya no viene, porque la gente se hace las fotos ella sola con el teléfono y se las manda por el aire, que no sé ni cómo lo hacen, y porque, sobre todo, en este pueblo ya no queda casi nadie a quien retratar. Un fotógrafo de pueblo es un oficio que se muere cuando se muere el pueblo, y el mío lleva años muriéndose despacio, como me muero yo, sin alarmar a nadie.
Así que vendo. Mejor dicho, traspaso, que es vender sin saber a quién ni para qué. El chico de la carpeta dice que esto, con una mano de pintura, queda muy bien para una casa rural, o para una tienda de esas de productos de la tierra, miel y quesos y embutido para los que vienen los fines de semana a hacerse la ilusión de que el campo sigue lleno. Le he dicho que muy bien, que lo que quieran. A mí ya me da igual lo que pongan donde estuvo Foto Eliseo. Lo que no me da igual, lo que me lleva quitando el sueño desde hace semanas, es lo de atrás.
Porque un estudio de fotografía no es solo el escaparate y el mostrador y el cartón pintado del fondo donde se ponían las novias. Un estudio de fotografía es, sobre todo, lo de atrás. El cuarto oscuro, con su olor a revelador que ya no se quita aunque ventiles un siglo, un olor agrio y dulce a la vez que se me ha metido en la ropa y en las manos y supongo que en el alma. Y, pegado al cuarto oscuro, el almacén. Y en el almacén, en estanterías de metal que compré de segunda mano a una ferretería que también cerró, las cajas.
Las cajas son el problema. Las cajas son cincuenta años.
Son cajas de cartón, de las de la fruta, de las de los plátanos, que pedía en la frutería de Aurora cuando Aurora vivía, porque eran del tamaño justo y resistentes. En cada una, ordenados por años y por encargos, los sobres. Y en cada sobre, los negativos. Tiras de película en blanco y negro y, las de los últimos años, en color, cada una con su imagen invertida, lo claro oscuro y lo oscuro claro, como si el mundo, antes de salir a la luz en un papel, tuviera que pasar primero por su propia muerte.
Ahí está el pueblo entero. Ahí están todas las bodas de medio siglo. Todas las comuniones, con los niños vestidos de almirante o de novia pequeña. Todos los carnés de identidad, todos los pasaportes de los que se fueron a Alemania o a Suiza, retratados por mí con la cara seria que pedía el documento, sin sonreír, mirando al frente, como reos. Los quintos en la escalinata. Las fiestas. Y los muertos, también, porque en este oficio, en los pueblos, te llamaban para lo último: para retratar al difunto en la caja antes de cerrarla, para los que estaban lejos y no llegaban al entierro. He fotografiado a más muertos que cualquier enterrador, y eso es una cosa que no le he contado nunca a nadie y que ahora, cerrando, me pesa de una manera rara.
¿Qué hago yo con todo esto? Esa es la pregunta que me trajo el chico del cartel sin saberlo. El local lo traspaso, vale. ¿Pero las cajas? Nadie quiere unos negativos viejos. No valen dinero. No valen, en realidad, para nada, porque las fotos que se podían sacar de ellos ya se sacaron en su día, se entregaron en su sobre, se pagaron y se llevaron a su casa y están ahora en los álbumes de la gente o en los cajones o tiradas. Lo que yo guardo es el revés del pueblo. La sombra. El molde del que salieron todas las caras.
Esta mañana, vaciando la primera estantería para hacerme una idea de lo que tengo, se me ha caído una caja al suelo y se ha reventado por una esquina. Y de dentro, entre los sobres, ha salido rodando algo plano y duro, enmarcado, que no era un sobre. Lo he recogido. Era una orla. La orla de la promoción del año ochenta y cinco del instituto de la capital, la de los chavales de aquí que estudiaron el bachillerato allá, nacidos casi todos por el sesenta y siete, el sesenta y ocho. Treinta y tantas caras en óvalos, cada una con su nombre debajo, y en el centro el escudo del instituto y los nombres de los profesores, y arriba, en letras de adorno, PROMOCIÓN 1985.
La hice yo, esa orla. Iba cada junio a la capital, al instituto, a retratar a los que se graduaban, los ponía uno a uno contra una cortina azul, les decía que no se rieran tanto pero tampoco que pusieran cara de funeral, y luego, en el cuarto oscuro, recortaba cada cara en su óvalo y la montaba en el cartón con el escudo. Un trabajo de chinos que ya no hace nadie así. Esta de aquí, la del ochenta y cinco, no llegaron a recogerla, no sé por qué, se quedó una de muestra y aquí ha estado cuarenta años durmiendo entre las cajas.
Índice · 23 capítulos
- 1 · Se traspasa
- 2 · Ismael, el de la curva
- 3 · Marisol, la que se fue con Dios
- 4 · Quique, el que prometía
- 5 · Goyo, el que se quedó
- 6 · Valentina, y la foto que pidió retocar
- 7 · Rosalía, el retrato que no se recogió
- 8 · Severino, el que volvió en una caja
- 9 · Aurora detrás del mostrador
- 10 · Los muertos, y la hija de Otilia
- 11 · Feliciano, el que eligió su cara
- 12 · Piedad, que no se fue
- 13 · Restituta, la que quiso ser artista
- 14 · Toño, el que sí volvió
- 15 · Sabas, y la foto que lo buscó
- 16 · El que vino a que la quemara
- 17 · Anastasio, el que nunca salía bien
- 18 · Las verbenas, el baile, la vendimia
- 19 · La foto de la escalinata
- 20 · La cortina azul
- 21 · El sobre que nunca entregué
- 22 · Lo que se revela
- 23 · El estudio vacío
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