Sinopsis
Septiembre de 1988. Una semana al año, el pueblo entero baja a vendimiar a mano la ladera de la Solana, sobre el río Tordo: a tijera, a cuévano, a copla, a comida en la era. Benigno, el mayoral, reparte las cuadrillas y apunta los jornales en un cuaderno de hule negro que es, en realidad, su libreta de secretos. Lleva cuarenta vendimias mirando trabajar al pueblo y guardándose lo que ve.
Esta es la última así. El año que viene la cooperativa alquila una vendimiadora, y con la máquina se acaban la cuadrilla, la copla entre cepas y el vino del mediodía. Mientras la semana avanza -el chaval que hace su primer jornal, la quinta del 67 cortando como cuando eran jóvenes, un primer amor en un ribazo-, a Benigno se le abre la memoria de un accidente en el lagar, treinta años atrás, y de la persona a la que entonces cubrió.
Una novela coral del campo sobre el fin de un modo de trabajar, una forma de vida que se apaga y un secreto de juventud que vuelve con la última uva. La pierna coja la lleva Benigno desde joven. Lo que nunca contó, lo cuenta ahora.
Las primeras páginas
1 · El reparto
El primer lunes de vendimia, antes de mojarme la cara siquiera, busco el cuaderno. Está donde está siempre, en el cajón de la mesilla, debajo de las gafas y de un rosario que fue de mi madre y que yo no rezo pero tampoco tiro. Es un cuaderno de hule negro, de los de toda la vida, con las esquinas redondeadas de tanto manosearlo y una goma para que no se abra solo. Lo abro. Y al abrirlo empieza la vendimia, aunque todavía no haya cortado nadie ni un grano.
Porque la vendimia, en Valdesalces, no empieza en la viña. Empieza aquí, en este cuaderno, en la cocina, con un lápiz que afilo con la navaja porque los sacapuntas nunca me han gustado, y con la primera página en blanco de una semana que se llenará sola de nombres. Yo soy el que la llena. Me llamo Benigno, y soy el mayoral de la bodega, que es una manera fina de decir que soy el que reparte el trabajo, el que apunta los jornales, el que manda en el lagar y el que, cuando se tuerce algo, tiene la culpa antes de saber de qué.
Lo de mayoral suena a mucho. No es para tanto. Mayoral, en un pueblo como este, quiere decir el que se levanta el primero y se acuesta el último, el que sabe qué viña está para cortar y cuál hay que dejar otra semana, el que conoce a la gente lo bastante para ponerla donde rinde. A Goyo no lo pones a la sombra, que se aburre y corta de cualquier manera; a Goyo lo pones en la ladera más empinada, que es donde luce. A la Encarna no la separes de la Merche, que cortan hablando y rinden el doble; sepáralas y se pasan el día buscándose con los ojos por encima de las cepas. Eso no lo enseñan en ningún sitio. Eso lo aprende uno en cuarenta vendimias, mirando, que es lo que mejor se me ha dado siempre: mirar y callar.
Apunto los jornales para pagar, claro. Para eso está el cuaderno, oficialmente: cada raya es un día de trabajo, y los días, al final de la semana, se vuelven pesetas. Pero yo, con los años, he ido apuntando otras cosas en los márgenes, cosas que no se pagan. Quién llegó tarde y con qué cara. Quién faltó y por qué de verdad, no por el por qué que dijo. Quién se quedó mirando a quién entre las cepas más de la cuenta. El cuaderno tiene dos contabilidades: la de delante, la de las rayas y las pesetas, que la ve cualquiera; y la de los márgenes, que la leo solo yo, y que es donde está apuntado el pueblo de verdad. La caja del fiado la lleva Aurora en el ultramarinos; yo llevo esta otra, la de los jornales, que viene a ser lo mismo. Cada uno guarda lo suyo. Yo guardo lo que se hace con las manos.
Y este año, el del 88, voy a apuntar una cosa que no he apuntado nunca, porque este año es el último de algo y eso hay que dejarlo escrito aunque solo lo lea yo.
Pero a eso aún no llego. Vamos por el reparto, que es por donde se empieza.
La gente va llegando a la plaza con la primera luz, todavía con frío, que en septiembre amanece fresco aunque luego el día te ase. Vienen con la tijera en el bolsillo, con el cuévano al hombro los que tienen cuévano, con la merienda envuelta en un paño los que vienen de lejos. Vienen medio dormidos, arrastrando las alpargatas, y se juntan en corros a la puerta del bar de Quini, que abre a esa hora precisamente porque es semana de vendimia y sabe que el primer café de la vendimia se lo bebe el pueblo entero de pie y deprisa.
Yo me planto en la escalinata de la iglesia, que es mi púlpito de esta semana, con el cuaderno abierto, y empiezo a cantar las cuadrillas. Las canto como las cantaba el que estaba antes que yo, y como las cantará el que esté después, si es que hay alguien después, que este año ya no lo tengo tan claro.
—¡Cuadrilla de la Solana! —voy diciendo—. Goyo, los de la quinta del 67 que estén, la Encarna y la Merche juntas, que ya sé que si no me las quejáis...
Y se ríen, porque saben que lo digo en serio y en broma a la vez, que es como se dicen en los pueblos las cosas que importan.
—¡Cuadrilla del Cascajar! ¡Cuadrilla de las Pozas, los que no le tengan miedo a la cuesta!
Y la gente se va colocando, refunfuñando un poco por costumbre, que un jornalero que no refunfuñe al reparto es que está enfermo. Que por qué a mí la Solana, que el año pasado me tocó. Que la cuesta de las Pozas es matadora. Que Fulano siempre cae en lo bueno. Lo de siempre. Yo dejo que protesten lo justo, que para eso están las protestas, para que la gente sienta que pinta algo, y luego mando. Mayoral es eso: dejar que hablen y mandar igual.
El reparto tiene su ciencia, aunque parezca que no, aunque parezca que es solo cantar nombres. Hay que saber quién aguanta la cuesta y quién no. Quién corta limpio y quién destroza la cepa con la prisa. Quién se lleva bien con quién, que en una cuadrilla que se lleva mal no se rinde, por mucho que se corte. Quién necesita el jornal de verdad y quién viene más por la fiesta, que de los dos hay, y al que lo necesita de verdad procuro yo darle los días enteros, sin que se note, que también es eso ser mayoral: repartir el trabajo con una justicia que nadie te ha pedido y que nadie te va a agradecer, porque la justicia bien hecha no se nota, igual que no se nota el buen árbitro. Y hay que conocer a la gente, que es lo que de verdad hace falta y lo que no se aprende en ningún libro. Yo conozco a este pueblo como conozco mi cocina a oscuras. Sé quién va a venir y quién va a poner una excusa antes de que la ponga. Sé quién va a llegar tarde y por qué. Sé, mirando una fila de gente medio dormida a las siete de la mañana, dónde colocar a cada uno para que el día cunda. Cuarenta años. Eso da el oficio. Y eso es lo que se va a perder con la máquina también, que la máquina no necesita que nadie conozca a la gente, porque la máquina trabaja sola y le da igual quién corta al lado de quién. La máquina no necesita mayoral. Por eso, en el fondo, esta es también mi última vendimia, aunque a mí nadie me lo haya dicho todavía. El año que viene no habrá cuadrillas que repartir. Y un mayoral sin cuadrillas es como un cura sin parroquia: un hombre con un oficio que ya no le pide nadie.
Índice · 20 capítulos
- 1 · El reparto
- 2 · El lagar
- 3 · Goyo, la Solana
- 4 · El ajuste
- 5 · La quinta del 67
- 6 · La comida en la era
- 7 · La copla
- 8 · El río Tordo
- 9 · El primer mosto
- 10 · Rubén y la chica del Cascajar
- 11 · Lo que se decidió en la cooperativa
- 12 · Venancio
- 13 · La que volvió a vendimiar
- 14 · La que bajaba al lagar
- 15 · La tía Ricarda
- 16 · El cuaderno
- 17 · El sábado
- 18 · Casilda
- 19 · La pisa final
- 20 · La máquina
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