Portada de Los que saben el río
Pueblos que callan · Thriller

Los que saben el río

Una novela de suspense sobre un pueblo que le echa la culpa al agua

A la venta

Sinopsis

En Vadoscuro, un pueblo atravesado por el río Turbio, todo el mundo crece con la misma advertencia: «Del río, lejos, que el río se lleva.» Y el río se lleva: generación tras generación, ahogados, accidentes, gente que baja a la orilla y no vuelve. Cuando Iván, un niño de ocho años, desaparece tras el colegio y su mochila aparece colgada de una rama junto al agua, el pueblo monta enseguida la casilla de siempre: se lo llevó el río.

Pero Sergio, el padre de Iván, sabe lo que esa casilla esconde. Porque hace veinte años el río «se llevó» también a su hermano, y Sergio calló la verdad: que no fue un accidente, que fue una pelea entre tres familias, que el río solo cargó con el muerto que le echaron. Buscando a su hijo, Sergio tendrá que remover el silencio fundacional del pueblo —el de aquella noche, el de su propia culpa—, descubrir la casa abandonada donde se guardan los objetos de los desaparecidos, y a la maestra que, a través de los niños, lo sabe y lo apunta todo.

Séptima entrega de **Pueblos que callan**. Un thriller rural sobre la culpa heredada, el silencio que mata, y un río inocente al que un pueblo entero le echó sus muertos durante generaciones.

Las primeras páginas

El río Turbio

A las seis y media Iván no había vuelto del colegio, y a las siete Sergio Lamas estaba bajando al río con una linterna.

No lo decidió. Las piernas lo bajaron solas, por la cuesta de tierra mojada, hacia el agua que se oía rugir antes de verse. Llevaba media tarde llamando a las casas de los compañeros, a la maestra, al bar. Nadie. «Habrá ido a jugar por ahí», le había dicho Elvira, su mujer, con la voz ya torcida, sin creérselo del todo, porque a los dos les latía el mismo miedo en el mismo sitio. Y el sitio era el río. En Vadoscuro el miedo siempre acababa en el río.

El Turbio bajaba crecido por las lluvias de octubre, oscuro y rápido, lamiendo las raíces de los chopos. Sergio barrió la orilla con la linterna, llamando.

—¡Iván! ¡Iván!

La voz se la tragaba el agua. Avanzó pegado a la corriente, resbalando, alumbrando los remansos, los matorrales, los huecos entre las piedras donde a veces quedaba enganchado lo que el río arrastraba. Una rama. Una bolsa de plástico hinchada como un pulmón. Nada. Y entonces, en una rama baja de un sauce, sobre el agua negra, la linterna encontró la mochila.

La mochila de su hijo.

Colgaba quieta, con las dos asas, a un metro escaso de la corriente, meciéndose apenas. Sergio se quedó parado, con el haz de luz temblándole encima, sin acercarse, porque acercarse era hacerla verdad. La conocía. La azul con el dibujo medio borrado, la que él mismo le había comprado en la capital. Vacía. Junto al río. Colgada como una bandera de rendición.

Y antes de pensar en su hijo, antes incluso del grito que le subía por dentro, a Sergio le vino a la cabeza, sin querer, una frase. La frase de siempre. La que el pueblo iba a decir en cuanto descolgaran esa mochila.

«Se lo llevó el río.»

La había oído toda su vida. La había dicho él. La había dicho hacía veinte años, con poco más de veinte años, de pie en una orilla parecida, mientras sacaban aguas abajo el cuerpo de su hermano Marcos y el pueblo entero repetía, aliviado, que el Turbio se lo había llevado. Sergio sabía que el río no se había llevado a Marcos. Lo sabía desde la mañana siguiente, desde una cocina cerrada y una conversación que no había contado nunca, a nadie, ni a Elvira. Y había callado. Veinte años. Había dejado que el río cargara con su hermano porque eso le mandaron, y porque era lo cómodo, y porque en Vadoscuro al río se le echaba todo y el río no protestaba.

Veinte años con esa piedra dentro. Casado, con un hijo, con un negocio pequeño, un hombre normal por fuera que no podía bajar al agua sin ver a Marcos.

Y ahora el agua le devolvía una mochila vacía.

Detrás de él, en la cuesta, empezaban a bajar luces: vecinos avisados, voces, el motor de un coche. Pronto descolgarían la mochila, pronto alguien le pondría una mano en el hombro y le diría que se hiciera a la idea, pronto el pueblo abriría la casilla de siempre y metería dentro a Iván igual que había metido a Marcos.

Sergio miró otra vez la mochila. Colgada con cuidado, con las dos asas, a la altura justa para que se viera. Nadie que cae al agua arrastrado por la corriente deja antes su mochila puesta así, como en una percha.

Alguien la había colgado.

Y supo, con una certeza que le heló más que el agua, dos cosas a la vez. Que a su hijo no se lo había llevado el río. Y que esta vez, costara lo que costara, él no iba a callar.

La primera noche

Elvira bajó a la orilla cuando ya había una docena de linternas, y Sergio la vio venir cuesta abajo, resbalando, con las zapatillas de estar por casa y el anorak de Iván en la mano, porque «el niño salió sin abrigo», y aquella frase, el niño salió sin abrigo, dicha a gritos contra el ruido del agua, fue la que partió la noche en dos.

La retuvieron entre dos vecinas cuando quiso meterse en el agua. No a buscarlo: a llamarlo desde dentro, como si el río fuera una habitación oscura donde el niño no oyera bien. Sergio la abrazó por detrás, los dos empapados, y le habló al oído por debajo de los gritos, lo único que tenía: «La mochila estaba colgada, Elvira. Colgada de una rama, con las dos asas. Escúchame. Con las dos asas». No sabía si ella lo oía. Lo repetía para los dos.

La búsqueda se organizó como se organizan esas cosas: mal y con toda el alma. Hombres con vadeadores metidos hasta la cintura en los remansos, cuerdas de árbol a árbol, el perro de caza de los Antón que ladraba a todo y no encontraba nada. El alcalde pedáneo llamó al puesto de la comarca, y el puesto activó lo que se activa cuando lo que falta es un niño de ocho años: antes del amanecer había dos patrullas más, un dron que no podía volar por la lluvia esperando en una furgoneta, y la promesa de los buzos para el día siguiente, si el río bajaba algo.

Sergio hizo la noche entera en la orilla. En algún momento le pusieron un café en la mano; en otro, una manta por los hombros; en otro, alguien rezó un rosario a diez metros, entre las luces, y las voces se mezclaban con el agua. Y él, mientras barría los matorrales con la linterna, no dejaba de hacer la misma cuenta contra la corriente: si se lo llevó el agua, ¿por qué la mochila está seca por dentro? Si resbaló, ¿por qué no hay barro removido en el borde? Si es lo que todos dicen, ¿por qué está todo tan bien puesto, tan en su sitio, tan preparado?

Al clarear, el sargento que había venido de la comarca, un hombre de cuarenta y muchos con cara de haber hecho esto demasiadas veces, reunió a los que quedaban y repartió el día: los buzos entrarían por la poza grande; se peinarían las dos riberas hasta la presa vieja; se pedirían las cámaras de la gasolinera del cruce, que era la única cámara en quince kilómetros. Lo dijo todo con orden y sin teatro, y Sergio se lo agradeció. Luego el sargento se lo llevó aparte, con la libreta abierta.

—El chaval, ¿sabía nadar?

—Como un pez. Le enseñé yo. En este río, en verano, en la poza de abajo.

—¿Problemas en casa? ¿En la escuela? ¿Algo que le rondara?

Índice · 40 capítulos
  1. El río Turbio
  2. La primera noche
  3. Se lo llevó el río
  4. Las flores
  5. Elvira
  6. Tres familias
  7. Marcos
  8. La cocina
  9. La maestra
  10. El protocolo
  11. La cámara
  12. Remedios
  13. La casa de Eusebio
  14. El que vive encima
  15. El desván
  16. Aquella noche
  17. La bajada
  18. Las tres cocinas
  19. El día siguiente
  20. El niño que volvió
  21. La confesión
  22. El humo
  23. La lata de gasolina
  24. La señorita
  25. El cuaderno de la maestra
  26. El inventario
  27. La bufanda del Zurdo
  28. El que se fue a Barcelona
  29. Las postales
  30. Lo que vio en la era
  31. Herminia
  32. Los dos ríos
  33. La que junta
  34. Saber no es delito
  35. La semana del abuelo
  36. La despedida
  37. El río inocente
  38. La mochila
  39. El río en verano
  40. Epílogo. Los que saben

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