Portada de La cosecha de los ausentes
Pueblos que callan · Thriller

La cosecha de los ausentes

Una novela de suspense sobre un pueblo que crece sobre los que faltan

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Sinopsis

En Villavid de Abajo, un pueblo de viñedos que vive de la vendimia y de los silencios, dos hermanas desaparecen entre dos jornadas de septiembre: Amaya, la mayor, fuego, rebelde, y Sara, la pequeña, agua, que solo la acompañaba. Sus mochilas aparecen en un cobertizo, con los móviles dentro. El pueblo monta el cuento en menos de un día: «se han ido a la ciudad». Pero Carmen, su madre, jornalera, sabe que a sus hijas no se las llevó ninguna ciudad.

Tirando del secreto que Amaya escondía —algo «gordo» sobre la alcaldesa, sobre las tierras, sobre una muerte vieja en la que estuvo metido hasta su propio bisabuelo—, Carmen descubre una bodega clausurada llena de las maletas de los que «se fueron sin despedirse», una alcaldesa que reparte subvenciones mientras extorsiona, y un sistema de desapariciones ligadas a la propiedad de la tierra que viene de generaciones. Y descubre que, contra todo pronóstico, una de sus hijas puede seguir viva.

Sexta entrega de **Pueblos que callan**. Un thriller rural sobre la codicia de la tierra, la complicidad de todo un pueblo —de los de arriba por avaricia y los de abajo por una migaja—, y una madre que recupera a una hija y no deja de buscar a la otra.

Las primeras páginas

Vendimia

En Villavid de Abajo, septiembre lo era todo. Once meses al año el pueblo dormitaba entre las viñas, encogiéndose, envejeciendo, perdiendo gente. Pero en septiembre, con la vendimia, Villavid se llenaba de pronto de vida y de jornaleros y de tractores cargados de uva camino de la cooperativa. Y durante unas semanas el pueblo entero olía a mosto y trabajaba de sol a sol, porque de aquellas semanas, de la uva, vivía el resto del año.

Carmen vendimiaba desde niña. Como su madre, como su abuela, como toda la gente de Villavid que no era dueña de las tierras sino que las trabajaba para los que sí lo eran. Era jornalera, y madre de dos hijas que también vendimiaban. Y aquel septiembre, como todos, las tres salían al alba a las viñas y volvían de noche, molidas, con las manos moradas y la espalda rota, a cambio de un jornal que apenas daba.

Sus hijas eran el día y la noche. Amaya, la mayor, diecinueve años, era fuego: rebelde, lenguaraz, con una rabia contra la injusticia que a Carmen le daba orgullo y miedo a partes iguales. Amaya no se conformaba. Amaya quería irse del pueblo, estudiar, escapar del destino de jornalera que se heredaba en su familia como se hereda el color de los ojos. Amaya decía en voz alta lo que los demás callaban: que en Villavid los de siempre explotaban a los de siempre, que las ayudas del campo se las quedaban los de arriba, que la alcaldesa era una ladrona. Cosas que no se decían. Que Amaya decía.

Sara, la pequeña, dieciséis, era agua: dulce, miedosa, leal. Sara no quería irse a ningún sitio ni cambiar nada. Solo quería una vida tranquila, sencilla, con los suyos. Adoraba a su hermana mayor y la seguía a todas partes, aunque las rebeldías de Amaya la asustaran. Eran inseparables. Donde iba una, iba la otra.

La penúltima tarde, Carmen las estuvo mirando desde el final de la hilera, sin que la vieran. Amaya cortaba deprisa, rabiosa hasta vendimiando, y iba diciendo algo por lo bajo que hacía reír a Sara con esa risa suya de taparse la boca con la muñeca, porque tenía las manos moradas de uva. En un momento, Sara se enderezó, se apartó el pelo con el antebrazo y dijo, con la seriedad de los dieciséis años:

—Cuando nos vayamos a la ciudad, yo quiero un trabajo donde no se me pongan así las manos. En una tienda. O de peluquera.

—Tú vas a estudiar —le contestó Amaya, sin dejar de cortar—. Peluquera si quieres, pero con título. Que a las que no tienen papeles las tratan como aquí a nosotras.

—¿Y la madre?

—La madre se viene. ¿Verdad, madre, que se viene? —Amaya levantó la voz sin volverse; la había visto, claro; Amaya lo veía todo—. ¿Verdad que usted se viene a la ciudad y deja de deslomarse para estos?

—Lo que yo me voy a venir es para allá a miraros los capazos, que vais dejando la mitad —dijo Carmen. Y las tres se rieron, y siguieron cortando, y el atardecer se les echó encima con ese olor a mosto que ya nunca, en lo que le quedara de vida, dejaría de oler para Carmen a este momento exacto: sus dos hijas riéndose entre las cepas, moradas hasta los codos, haciendo planes.

Aquel septiembre, Carmen notaba a Amaya más encendida que de costumbre. Andaba con un secreto, lo veía: cuchicheos con Sara, papeles que escondía, una excitación nerviosa, peligrosa. Carmen le preguntó un par de veces qué se traía entre manos, y Amaya le contestó con evasivas y con esa sonrisa suya de «no te preocupes, madre, que sé lo que hago» que a Carmen le helaba la sangre, porque sabía que su hija no medía el peligro, que se creía invencible, que tenía diecinueve años y una rabia justa y ninguna idea de lo que el pueblo era capaz de hacerle a quien lo desafiaba.

—Amaya —le dijo Carmen una noche, las dos solas fregando los platos—. Sea lo que sea eso que andas tramando, déjalo. En este pueblo, las que hablan demasiado lo pagan. Yo lo he visto. Mi madre lo vio. No seas tú la siguiente.

—Por eso mismo hay que hablar, madre —le contestó Amaya, con su fuego—. Porque las que hablan lo pagan, todo el mundo calla, y los de arriba se salen siempre con la suya. Pues yo no. Yo tengo algo, madre. Algo gordo. Sobre la alcaldesa. Sobre las tierras. Sobre cosas viejas de esta familia, hasta. Y lo voy a usar. Vamos a salir de pobres, madre. Sara y yo lo tenemos pensado. Vas a ver.

Carmen sintió un miedo frío.

—¿Qué tienes, hija? ¿De qué hablas?

—Cosas que no se deben saber y que yo sé —dijo Amaya, con los ojos brillantes—. Tú tranquila. En unos días se arregla todo. Y nos vamos de aquí, las tres, lejos, a vivir bien por una vez. Te lo prometo.

Tres días después, Amaya y Sara no volvieron de la vendimia.

Sus mochilas aparecieron en un cobertizo de las viñas, entre dos jornadas, como si las hubieran dejado allí un momento y no hubieran vuelto a por ellas. Y de Amaya y Sara, las dos hermanas inseparables, el fuego y el agua, no quedó ni rastro en Villavid de Abajo, el pueblo que olía a mosto y vivía de la uva y de los silencios.

Y Carmen, jornalera, madre, supo enseguida, con la certeza animal de las madres, dos cosas: que sus hijas no se habían ido a ninguna ciudad, como iba a decir el pueblo. Y que el secreto «gordo» de Amaya, lo que sabía «sobre la alcaldesa, sobre las tierras, sobre cosas viejas de la familia», tenía todo que ver con que sus dos niñas hubieran desaparecido entre dos jornadas de vendimia, dejando las mochilas en un cobertizo.

«No seas tú la siguiente», le había dicho a Amaya. Y Amaya había sido la siguiente. Y se había llevado a Sara con ella.

Las mochilas

Las mochilas las encontró el propio Lorenzo, el capataz, en el cobertizo donde se guardaban los aperos. Y avisó a Carmen con una cara que ella no supo leer entonces y que después entendería: una cara de miedo más que de sorpresa.

Carmen reconoció las mochilas en el acto: la de Amaya, con sus chapas y sus pegatinas reivindicativas; la de Sara, más sencilla, con un llavero de peluche. Dentro estaba todo lo de sus hijas: los bocadillos del día sin tocar, las botellas de agua medio llenas, los teléfonos. Los teléfonos.

Carmen agarró los dos móviles y sintió que se le caía el mundo: sus hijas no se habían ido a ninguna parte por su voluntad. Nadie se va dejando el móvil, el agua, la comida, la mochila entera. Las mochilas en el cobertizo no eran las de dos chicas que se marchan. Eran las de dos chicas a las que se llevaron.

Índice · 41 capítulos
  1. Vendimia
  2. Las mochilas
  3. La batida
  4. Se habrán ido a la ciudad
  5. Lo que escondía Amaya
  6. Amaya
  7. La libreta del capataz
  8. La cesta
  9. Los bares
  10. La bodega clausurada
  11. El bodeguero
  12. Doña Amelia
  13. La memoria de las tierras
  14. El forro vacío
  15. El aviso
  16. El remolque
  17. Los días de plomo
  18. La empresa de transporte
  19. Los albaranes
  20. La fiscal de la red
  21. Las dos naves
  22. Viva
  23. La viña de arriba
  24. Lo que Amaya oyó
  25. Las setenta y dos horas
  26. El cabo
  27. Los siete
  28. Doña Amelia, otra vez
  29. El hombre educado
  30. Ron
  31. La denuncia
  32. Treinta años apuntados
  33. La cooperativa
  34. El precio razonable
  35. El juicio
  36. La que volvió y la que no
  37. Las maletas devueltas
  38. Sara
  39. Lo devuelto
  40. La primera vendimia
  41. Epílogo. La cosecha

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