Portada de La casa de los espejos rotos
Pueblos que callan · Thriller

La casa de los espejos rotos

Una novela de suspense sobre la verdad que un pueblo entierra

A la venta

Sinopsis

Veinte años después, Clara vuelve a su pueblo de la sierra para cuidar a su madre moribunda. Su hermana Lucía desapareció una noche de tormenta cuando eran adolescentes, y la familia repite desde entonces la misma versión gastada: «se fue a la ciudad». Hasta que Clara encuentra, en el cuarto clausurado de Lucía, una caja con quince cartas escritas de puño y letra de su hermana a lo largo de los años. Cartas con un detalle imposible: la letra de una niña de catorce años que nunca envejeció.

A partir de ese hilo, Clara empieza a tirar. Y el pueblo entero, que la recibe con eufemismos y silencios, se cierra como una ostra. Porque en Robledal todos saben algo, nadie lo sabe todo, y casi todos prefieren callar: la cantera con candado, el veterinario que cae bien a todo el mundo, la deuda de favores que ata a una familia, otra niña que «se marchó» años antes. Cuanto más se acerca Clara a lo que le pasó de verdad a su hermana, más le hacen ver que algunas piedras es mejor no levantarlas, porque debajo hay bichos que muerden.

Primera entrega de **Pueblos que callan**, una saga de thriller rural sobre desapariciones, secretos familiares y comunidades pequeñas que prefieren el silencio a la verdad. Una historia de cocción lenta y final que no se suelta, sobre el coraje de la única que se atreve a preguntar.

Las primeras páginas

El pueblo que no cambia

El cartel seguía a la entrada del puente: ROBLEDAL DE LA SIERRA. Debajo, en letra pequeña y comida de óxido, la altitud y unos habitantes que ya nadie corregía. Clara levantó el pie del acelerador sin pensarlo. Como si el coche se acordara, mejor que ella, de que a partir de ahí se iba despacio.

Bajo el puente, el río sonaba igual que siempre. Ni más alto ni más bajo. Un murmullo de fondo que en la ciudad habría llamado silencio y que en Robledal era la voz de todo.

Veinte años. Había tardado veinte años en volver a cruzar ese puente. Le bastaron veinte segundos para ver que el pueblo no la había esperado. Ni esperado ni echado de menos.

Robledal seguía igual: las casas de piedra apretadas contra la ladera, los tejados de pizarra oscura, el reloj de la torre parado a las cuatro y diez desde antes de que ella naciera. Todo en su sitio. Como si nunca hubiera pasado nada.

Y algo había pasado. Eso era lo que le costaba sostener: que en un pueblo donde no cambiaba ni la hora, una niña de catorce años había desaparecido una noche, y la vida había seguido sin un pliegue.

Aparcó frente a la casa. La calle era estrecha y empinada, empedrada de cantos del río que en invierno se volvían hielo. Apagó el motor y se quedó un momento con las manos en el volante. Desde la ventanilla veía la fachada: el revoco desconchado, los geranios secos en el balcón, la puerta verde que su padre había pintado mil veces y que siempre volvía a pelarse.

Arriba, una persiana bajada del todo. La de Lucía. Veinte años bajada.

Salió. El frío de la sierra se le metió bajo el abrigo, ese frío de octubre que en la ciudad aún no existía. Olía a humo de leña, a tierra mojada y a algo dulzón que tardó en reconocer: las manzanas pudriéndose en el huerto de los Heras, dos puertas más allá. Olores que llevaba veinte años sin oler y que su cuerpo recordaba antes que su cabeza.

La puerta verde se abrió antes de que llamara.

—Ya te oí el coche —dijo Encarna, la vecina, plantada en el umbral como si la casa fuera suya—. Aquí se oye todo.

No había cambiado. Más vieja, más encorvada, el mismo delantal de flores. Y los mismos ojos pequeños y rápidos, que parecían contarlo todo y guardarlo para luego. Clara recordó de golpe que de niña esos ojos le daban un poco de miedo, sin saber por qué.

—Hola, Encarna.

—Hola, hija. —La miró de arriba abajo, sin disimulo: la ropa de ciudad, el abrigo bueno, los zapatos que no servían para esas calles—. Estás muy delgada. Tu madre está arriba. Le he subido el caldo, que ella sola ya no puede algunos días, pero no se lo digas, que se enfada.

—¿Está despierta?

—Despierta está siempre. Dormir, poco. —Encarna se apartó para dejarla pasar, pero no se fue. Se quedó en el zaguán, con esa manera del pueblo de no irse del todo, por si caía algo—. Ha preguntado mucho por ti. A su manera. No lo dice, pero pregunta.

Clara entró. El zaguán estaba a oscuras y olía a cerrado, a medicinas, a vejez. Reconoció el perchero, el paragüero de loza con el asa rota, el espejo manchado del fondo del pasillo.

De niña le daba miedo pasar por delante de noche: le devolvía una sombra antes que la cara. Todo seguía allí. La casa era un museo de sí misma.

—¿Y mi padre? —preguntó, porque tenía que preguntarlo.

Encarna señaló con la barbilla calle abajo.

—Donde siempre.

En el bar. Clara asintió y no dijo nada. No hacía falta. Aquí las frases se terminaban solas.

Subió la escalera despacio. Crujían los mismos escalones, el cuarto y el séptimo, la misma melodía de madera vieja que de adolescente aprendió a esquivar para entrar de madrugada. Ahora la dejó sonar. Que la oyeran.

La puerta del cuarto de su madre estaba entreabierta. Antes de empujarla, Clara miró sin querer al fondo del pasillo. A la otra puerta.

La cerrada, la de la persiana bajada. Un impulso viejo, como tocarse una muela que duele. Apartó la vista.

Marta estaba incorporada en la cama, contra dos almohadas, con un rosario entre los dedos y la mirada en la ventana. La enfermedad la había encogido. Eso fue lo primero que pensó Clara, y se avergonzó de pensarlo: que su madre, aquella mujer ancha y dura que llenaba las habitaciones, se había vuelto pequeña. Los huesos de la cara se le marcaban bajo la piel.

Pero los ojos, cuando se volvieron hacia la puerta, eran los mismos. Secos. Capaces de medirte en un segundo.

—Has venido —dijo Marta. No era un saludo. Era la constatación de un hecho que parecía sorprenderla.

—He venido, madre.

—No hacía falta. Encarna se apaña.

—Encarna no es tu hija.

Marta apretó los labios. Ese gesto suyo de toda la vida, que tanto decía y tan poco. Clara dejó el bolso en la silla y no supo qué hacer con las manos. Veinte años pesaban en aquel cuarto como un mueble más.

Se sentó al borde de la cama, despacio. Su madre no la apartó. Ya era algo.

—¿Cómo te encuentras?

—Como una vieja que se muere. —Lo dijo sin drama, casi con fastidio—. El médico de la ciudad dice una cosa, Tomás dice otra. Yo digo que se mueren todos antes de acertar.

—Tomás no es médico, madre. Es el veterinario.

—Tomás vale más que muchos médicos. —La voz de Marta se afiló de pronto, a la defensiva. Clara lo registró sin entenderlo, como un ruido fuera de lugar—. El día que tengas un problema de verdad, ya verás quién te lo resuelve. No los de los papeles.

Clara no discutió. No había venido a discutir. Había venido porque tres semanas atrás Encarna la había llamado al móvil, con su número conseguido vaya a saber cómo, para decirle: «Tu madre se muere, hija. Si quieres verla, ven ahora. Después no vale llorar.» Y Clara, que llevaba veinte años construyéndose una vida en la que aquel pueblo no existía, había hecho la maleta.

Se quedaron un rato en silencio. Por la ventana entraba la luz gris de la tarde y el ruido del río. Marta pasaba las cuentas del rosario sin rezar, solo por tener los dedos ocupados.

—Tu cuarto está como lo dejaste —dijo al fin—. Encarna lo ha ventilado. —Hizo una pausa—. No el de tu hermana. Ese no se toca.

Clara sintió el frío subirle por la espalda. Era la primera vez en años que oía a su madre nombrar a Lucía, aunque fuera para prohibirla. «Ese no se toca.» Veinte años atrás, cuando Lucía no volvió, Marta había decidido que la familia sobreviviría de una sola manera: convirtiendo a la niña en un cuarto cerrado, en una persiana bajada, en una frase a medias. «Se fue.» Eso era todo lo que se decía. Lucía se fue a la ciudad, como tantos, y un día escribiría, o no.

Índice · 32 capítulos
  1. El pueblo que no cambia
  2. La persiana bajada
  3. Cartas de una muerta
  4. El matasellos
  5. La cantera
  6. El hombre que cae bien
  7. Nando
  8. Lo que Marta quema
  9. El camino del molino
  10. El cura y el registro
  11. Sara Vidal
  12. La clínica
  13. Lo que dijo mi padre borracho
  14. La deuda
  15. Barro rojo
  16. La visita
  17. La rueda
  18. La confesión de Marta
  19. La denuncia
  20. Normalidad
  21. La cantera de noche
  22. La huida
  23. La noche más larga
  24. El pueblo elige un culpable
  25. Contra el reloj
  26. Las pozas
  27. Lo que vio Lucía
  28. La caza
  29. La muerte de Marta
  30. Su nombre en la piedra
  31. El juicio
  32. Epílogo. El sello

Más de Pueblos que callan