Sinopsis
Una mañana de enero aparece el cuerpo de Esteban Cobo al pie de las rocas, bajo el saliente de poniente, cerca de La Caleta. Cayó de noche, con marea baja. Su mujer, Marga Pineda, estaba con él en el paseo y lo admite desde el primer minuto. La autopsia dice golpe contra la roca; la instrucción abre diligencias por homicidio y la imputa. La jueza Olmedo designa a la perito psicóloga forense Raquel Benítez para valorar la credibilidad del testimonio de Marga y su imputabilidad.
Todo apunta a un crimen doméstico de manual: matrimonio gastado, discusión a oscuras al borde del acantilado, una mano que empuja. La acusación lo tiene cómodo. Raquel también, al principio. Pero Marga cuenta su noche de dos maneras distintas que no se contradicen por miedo a ser pillada, sino que parecen dos verdades sin puente, dos memorias de lo mismo. Y cuando Raquel tira de la vida de Esteban para entender el matrimonio, el hombre no tiene fondo: un pasado documentado pero hueco, amigos que nadie ha visto, un tal Severino al que veía y del que no queda rastro.
La pregunta del título tiene truco. Puede que Marga lo empujara y aun así no sea ella la respuesta. Tercera entrega de La duda razonable, el primer caso penal de la serie, thriller psicológico en Cádiz con una perito que sabe leer cuándo una escena entera está colocada.
Las primeras páginas
Marea baja
El mar se había retirado tanto aquella mañana que las rocas de debajo del saliente, las que normalmente sólo asomaban un palmo entre la espuma, estaban al aire enteras, negras y brillantes, con esa pinta de bestia dormida que tiene la piedra mojada cuando le da el sol de enero de refilón. Era la hora muerta de la marea, esa media hora en que el agua se ha ido del todo y todavía no ha empezado a volver, y el fondo del mar se queda fuera enseñando lo que esconde. Y aquella mañana lo que escondía era un hombre.
Raquel llegó cuando ya lo habían encontrado, que era como llegaba ella siempre a todo. Aparcó arriba, en el paseo, detrás de los coches de la Guardia Civil y de una ambulancia que estaba apagada porque ya no había nada que hacer con el motor encendido, y bajó a pie el último tramo, por un camino de tierra y piedra suelta que la gente de la zona usaba para llegar a las rocas cuando había marea baja, a coger burgaíllos o a pescar desde abajo. El poniente le daba en la cara, un poniente flojo pero constante, de los que no molestan pero recuerdan que el invierno en Cádiz no es frío, es húmedo, que es otra cosa y peor para los huesos.
No la habían llamado a ella. A ella nadie la llamaba a una escena. Su trabajo empezaba después, en un despacho, con un expediente ya gordo y una persona viva a la que mirar. Pero Bernal sí estaba allí, porque a Bernal sí lo llamaban, y Bernal le había mandado un mensaje seco de tres palabras, baja si puedes, y ella había bajado, sin saber bien por qué, dejando el café a medias en la barra del de las tostadas, con la sensación tonta de que cuando Bernal decía baja si puedes no estaba hablando del muerto sino de algo de alrededor del muerto.
Lo encontró agachado al borde del cordón, con su maletín a un lado, mirando hacia abajo, hacia donde dos hombres de bata trabajaban junto al cuerpo con esa lentitud de oficio que parece desgana y no lo es.
—Has venido —dijo Bernal, sin levantarse.
—Me has dicho que viniera.
—Te he dicho si podías.
—Podía.
Se quedó a su lado, mirando lo mismo que él. El cuerpo estaba boca arriba entre dos rocas grandes, con las piernas en una postura que no era postura, una doblada y la otra estirada, los brazos abiertos, como si hubiera caído de espaldas desde arriba y la piedra lo hubiera parado en seco. Era un hombre mayor, de unos sesenta, vestido para un paseo de invierno: un anorak oscuro, un pantalón de pana, unos zapatos cómodos, de andar. Tenía la cabeza vuelta hacia un lado, contra la roca, y por debajo, en la piedra, una mancha que el agua de la noche había lavado pero no del todo, oscura, casi negra ya.
—Esteban Cobo —dijo Bernal—. Cincuenta y ocho. Vivía aquí al lado, en Loreto, hacia Puerta Tierra. Salió anoche a pasear con la mujer, por el paseo de arriba, y a algún sitio entre el paseo de arriba y aquí abajo se cayó. La mujer dice que se cayó. La Guardia Civil, por lo que oigo, no las tiene todas.
—¿Por qué no las tiene todas?
Bernal hizo un gesto con la barbilla hacia arriba, hacia el paseo, donde una pareja de guardias hablaba con un tercer hombre de paisano.
—Porque la mujer estaba con él, porque la mujer no llamó hasta esta mañana, y porque la mujer, según parece, no acaba de contar la cosa de una manera que les guste. —Se encogió de hombros—. Yo de eso no entiendo. Yo entiendo de cómo cae un cuerpo. Y de eso te quería decir una cosa, ya que has venido.
Se levantó con un crujido de rodillas y la llevó dos pasos, hasta un punto desde donde se veía mejor el conjunto: el saliente arriba, la pared de roca, el cuerpo abajo. Le señaló con el dedo, despacio, como quien enseña a leer.
—Mira la altura. Ahí arriba está el borde, donde la gente se asoma. Hay unos seis, siete metros hasta donde está él. Un hombre que se cae de ahí, de noche, contra esto —dio con la punta del zapato en la roca—, se mata. Eso no lo discute nadie. La pega contra la piedra, se abre la cabeza, y se acabó. Encaja. Encaja perfectamente con que resbalara y se cayera. Encaja perfectamente. —Hizo una pausa—. Y encaja perfectamente con que alguien le diera un empujón. La física es la misma. Cae igual el que resbala que el que empujan. La roca no sabe la diferencia, y yo, desde la roca, tampoco.
Raquel miraba el cuerpo y miraba el sitio. No era su escena, no era su trabajo, no tenía nada que apuntar y no había sacado el cuaderno. Pero había algo que se le había puesto delante de los ojos y que no sabía nombrar, una de esas cosas que ella veía antes de entender que las veía. Tardó un momento en saber qué era.
Era que estaba todo demasiado a la vista.
El hombre boca arriba, abierto, en el sitio exacto donde un cuerpo cuenta su caída de la manera más clara. La cabeza vuelta justo hacia la mancha. Los zapatos puestos los dos, las gafas a un palmo de la mano, sin romper, posadas casi, no estrelladas. Una caída de noche, en la oscuridad, contra unas rocas, suele dejar las cosas revueltas, descolocadas, como una baraja que se ha caído de la mesa. Aquello no estaba revuelto. Aquello estaba leído. Aquello tenía el orden de las cosas que se cuentan bien, no el desorden de las cosas que pasan.
No lo dijo. No tenía sentido decirlo, porque no era nada, porque era una impresión, y porque ella sabía mejor que nadie lo peligrosas que eran sus impresiones cuando no tenían un dato debajo. Se obligó a apartar el pensamiento, igual que se apartaba siempre las primeras impresiones, para volver a ellas después, ya frías, ya con papeles.
—¿La mujer? —preguntó.
—Se la han llevado arriba. Está en el coche, con una guardia. —Bernal la miró de reojo—. ¿Por qué? Tú no pintas nada aquí todavía.
—Por nada.
—Raquel.
—Por verla.
Subieron juntos por el camino de piedra suelta, ella delante. Arriba, en el paseo, el poniente pegaba más, sin las rocas que lo frenaran, y el mar de fondo se había vuelto una lámina gris con la ciudad blanca al otro lado de la bahía, lejos, ajena, como si lo de las rocas no fuera con ella. Junto a uno de los coches, en el asiento de atrás con la puerta abierta y una pierna fuera, había una mujer.
Índice · 29 capítulos
- Marea baja
- Esa noche, primera vez
- El juzgado de instrucción
- La primera sesión
- El cuadro cómodo
- El marido gris
- Lo que dicen de ella
- El amigo que nadie vio
- Esa noche, otra vez
- Dos memorias
- A Esteban no lo conocía
- El sitio exacto
- El que firma lo cómodo
- El dinero que no cuadra
- Severino otra vez
- La duda
- El pueblo que no se acuerda
- La mujer de debajo
- Con muy buenas formas
- Lo que se puede escribir
- La víspera
- El tablero
- El careo
- La duda razonable
- Lo que no se borra
- Lo que le queda
- Por donde se sale
- Lo que se prueba
- La caja