Sinopsis
Un juzgado de familia de Cádiz designa a la perito psicóloga forense Raquel Benítez para un caso que todos dan por resuelto antes de empezar. El padre, Gonzalo Lerma, es el retrato del buen padre: tranquilo, solvente, un chalé con vistas a la bahía y un cariño impecable por su hija de siete años. La madre, Lola Reyes, es lo contrario: nerviosa, contradictoria, con un ingreso psiquiátrico antiguo a la espalda y la manía de repetir que su exmarido «no es quien dice ser». Cualquiera firmaría la custodia al padre con una mano mientras se toma el café con la otra.
Raquel también lo haría, si no fuera por dos cosas que no la dejan dormir. El cariño de la niña por su padre suena ensayado, como una lección bien aprendida, sin una sola grieta, y los niños no quieren así. Y la vida entera de Gonzalo, cuando Raquel la mira de cerca, no tiene una sola costura: antes de cierta fecha, no hay nada. Nada humano carece de costuras.
Para saber a quién entrega a una niña, Raquel tendrá que decidir si cree a la mujer a la que nadie cree, sostener su informe contra todo el mundo y aprender hasta dónde llega lo que un perito puede probar, y dónde empieza lo que solo puede sospechar.
Primera entrega de La duda razonable, una serie de thriller psicológico ambientada en Cádiz, protagonizada por una perito forense que sabe leer cuándo una conducta está fabricada.
Las primeras páginas
Levante
El levante llevaba tres días soplando y a Raquel ya le dolía la cabeza de un sitio que no sabía señalar. No era dolor de los de tomarse algo. Era ese cansancio fino que el viento de Cádiz le mete a la gente por detrás de los ojos cuando lleva demasiadas horas empujando, levantando arena de las plazas, golpeando los toldos, metiéndose por las rendijas de las ventanas viejas del casco con un silbido que no para ni de noche. Decían en la ciudad que el levante volvía loca a la gente. Raquel no sabía si lo volvía loco a uno o sólo le quitaba la paciencia para aguantar lo que ya traía dentro, que venía a ser parecido pero no era lo mismo.
Subió las escaleras del juzgado de familia con el viento empujándola por la espalda, como si tuviera prisa por que entrara. Dentro olía a lo de siempre: a café de máquina, a papel guardado, a esa humedad que tienen los edificios oficiales gaditanos por mucho aire acondicionado que les pongan, porque el mar está ahí al lado y el mar no entiende de presupuestos. En el mostrador, una funcionaria a la que conocía de otras veces le tenía el expediente preparado, gordo, atado con una goma elástica de las anchas, esas que dejan marca.
—El de la custodia —dijo la mujer, y lo empujó por el mostrador con dos dedos, como quien aparta algo que pesa más de lo que parece—. La magistrada Pacheco la designó ayer. Tiene los plazos ahí dentro, en la primera hoja. Apretados, la aviso.
—Siempre están apretados.
—Estos más. —La funcionaria bajó un poco la voz, aunque no había nadie cerca—. Este parece de los fáciles, eso sí. Para que se anime.
Raquel cogió el expediente, le dio las gracias y no preguntó qué quería decir con fácil, porque ya lo sabía: quería decir que todo el mundo ya sabía cómo terminaba. Eso, en su oficio, no era que un caso fuera fácil. Era que un caso venía con el final escrito antes de que ella leyera la primera página, y a Raquel los finales escritos por otros le habían enseñado a desconfiar hace mucho.
Bajó a la cafetería de enfrente, la del señor que ponía las tostadas con manteca colorá aunque tú pidieras aceite, porque era de los que pensaban que sabía mejor lo que querías tú que tú mismo. Se sentó al fondo, de espaldas a la cristalera, para que el levante no le diera el reflejo en los papeles, y soltó la goma elástica. El expediente respiró, se abrió un dedo, como un acordeón que llevara mucho cerrado.
Empezó por donde empezaba siempre. No por el padre ni por la madre. Por la niña.
Candela Lerma Reyes. Siete años. Una foto escolar grapada a la ficha, de esas con fondo azul de estudio, la niña con una diadema y una sonrisa puesta para la cámara, los dos dientes de delante a medio salir. Raquel se quedó un rato en la foto. No buscaba nada todavía. Sólo le gustaba mirarles la cara antes de que fueran un caso, mientras todavía eran sólo una cría con una diadema que alguien le había puesto esa mañana para la foto del colegio.
Luego, los padres.
El padre leía bien. Esa era la palabra que usaba Bernal y que a ella se le había pegado: un sujeto lee bien o lee mal, como una radiografía. Gonzalo Lerma leía de maravilla. Cuarenta y ocho años, un chalé en El Puerto de Santa María con vistas a la bahía, un trabajo de esos que se explican en una línea y suenan sólidos, las cuentas en orden, ni una denuncia, ni una multa de tráfico que le afeara el cuadro. El informe de los servicios sociales lo pintaba sereno, colaborador, con la casa preparada para la niña hasta el último detalle. Hasta había aportado, por su cuenta, un informe pericial de parte firmado por un tal Adrián Coll, que Raquel apartó para después con un gesto de la mano, como se aparta el postre para cuando llegue. A Coll lo conocía. Pero eso era para luego.
La madre leía mal.
Lola Reyes. Cuarenta años, gaditana de la Viña, un piso de alquiler en el casco, trabajos sueltos, una baja por ansiedad arrastrándose desde el divorcio. Y, sobre todo, lo que en estos papeles pesaba como una losa: un ingreso psiquiátrico antiguo, voluntario, de tres semanas, hacía ya años. Estaba ahí, en su carpetilla, con la frialdad de las cosas que constan. En un juzgado de familia, un ingreso psiquiátrico era una mancha que no se iba con nada, por viejo que fuera. Tú podías explicar las circunstancias, el contexto, que entonces estaba pasando esto y aquello. Daba igual. La palabra ingreso ya había hecho su trabajo en la cabeza de quien leía, y ese trabajo no se deshacía.
Todo encajaba. El padre bueno, estable, con la casa con vistas. La madre frágil, inestable, con el papel del psiquiátrico colgándole del cuello. Cualquiera que ojeara aquello firmaba la custodia al padre con una mano mientras con la otra se tomaba el café. Por eso la funcionaria había dicho fácil. Por eso Pacheco se lo había mandado a ella, que era barata y estaba libre, en vez de a uno de los caros: porque no esperaba sorpresas, sólo el sello que faltaba.
Raquel le dio un sorbo al café, que se había quedado tibio, y siguió pasando hojas. Las declaraciones, los escritos de los abogados. El de Gonzalo lo firmaba un tal Quirós, y se notaba lo caro que era hasta en el tipo de letra. El de Lola lo firmaba una tal Sara Galván, del turno de oficio, y se notaba también, en lo apretado de los márgenes, en que aprovechaba el papel.
Y entonces, casi al final, en la transcripción de una de las declaraciones de la madre, una frase.
No estaba subrayada. No la había marcado nadie. Estaba metida en mitad de un párrafo largo, de esos que la funcionaria de turno transcribe tal cual los suelta el declarante, con sus repeticiones y sus saltos, y que el que lee se salta porque parecen ruido. Lola Reyes, según constaba, había dicho, entre otras muchas cosas inconexas: que su exmarido no era quien decía ser, que mirasen, que preguntasen, que ella lo había buscado y que no había nada.
«Antes de 2006 no hay nada.»
Raquel paró el dedo en esa línea.
La leyó dos veces. La primera, como la habría leído cualquiera: como un disparate más de una mujer que está mal, que ve fantasmas donde no los hay, que necesita inventarse un villano para no aceptar que ha perdido. La segunda la leyó como leía ella las cosas cuando algo le rozaba por dentro sin que supiera por qué: despacio, separando las palabras.
Índice · 30 capítulos
- Levante
- El hombre razonable
- La casa de El Puerto
- La que ve cosas
- El piso de la Viña
- El informe de parte
- Siempre la misma cara
- La abogada del turno
- La caja de zapatos
- Sin aristas
- La otra casa
- Cómo se distingue
- Mi hija
- Nadie se acuerda
- El verano del 99
- La duda
- El avalista
- El mismo tacto
- La niña de debajo
- Con muy buenas formas
- Lo que se puede escribir
- La víspera
- El tablero
- La vista
- El auto
- La casa vacía
- La niña que vuelve
- Por donde se sale
- Lo que se prueba
- La forma