La duda razonableEl informe que volvióportada en preparación
La duda razonable · Thriller

El informe que volvió

La duda razonable 7. Un caso de la perito forense Raquel Benítez

Próximamente
Aún no publicado · próximamente en Amazon

Sinopsis

Años después de su primer caso, Candela Lerma (la niña de siete años de aquel peritaje de custodia, ahora una adolescente) aparece ligada a una muerte. No es ella la imputada: el muerto es un hombre que la rondaba, un adulto sin pasado claro que entró en su vida el último año y que ha terminado caído desde el espigón del puerto de El Puerto de Santa María, con todas las trazas de un accidente. La jueza Olmedo designa a la perito psicóloga forense Raquel Benítez para evaluar a la menor.

Raquel acepta porque es su caso: ella firmó, años atrás, el informe que sacó al padre de Candela del cuadro y le devolvió a su madre la hija. Y ahora, en la causa, vuelve a su mesa aquel informe que dio por cerrado, citado de nuevo, otra vez en circulación con un muerto encima. El hombre del espigón tiene el pasado intrazable de siempre. Y cuando Raquel baja al trastero a por la caja vieja de aquel primer caso, la ve al lado de las otras cinco que ha ido archivando sin orden, y de la más vieja de todas, la suya, la que nunca se atrevió a abrir.

Este no es un peritaje más. Es el peritaje de su propio archivo, el momento en que comprende que los casos que creía aislados son uno solo. Séptima entrega de La duda razonable, donde el patrón que Raquel persiguió sin nombrarlo pasa, por fin, a primer plano.

Las primeras páginas

Marea baja

El agua estaba retirada hasta dejar el espigón con los pies fuera, las piedras de abajo negras y mojadas, llenas de un verde que el sol de las once empezaba ya a secar. Raquel miraba el sitio desde el muelle, con la mano de visera, porque a esa hora de agosto la luz de El Puerto rebotaba en el agua quieta y daba en los ojos como si alguien la tirara a propósito. No había cuerpo. Lo habían retirado de madrugada, antes de que apretara el calor, y de él no quedaba más que una cinta de plástico atada a un noray y un guardia civil joven que sudaba dentro del uniforme y miraba el teléfono como si el teléfono fuera a decirle qué hacía allí.

Raquel no sabía todavía que era suyo. Había venido por otra cosa, por una ratificación en el juzgado de El Puerto que se le había caído a media mañana, y al salir, en vez de coger el coche, había bajado al puerto a estirar las piernas y a que le diera el aire, que el aire en agosto en Cádiz no refresca pero al menos se mueve. Y se había encontrado con la cinta y con el guardia, y se había quedado, porque a Raquel los sitios donde acaba de pasar algo la paraban sin que ella decidiera pararse.

Marea baja. Le gustaba la marea baja más que la alta, aunque oliera peor. La alta lo tapaba todo, ponía el agua hasta arriba y dejaba el muelle bonito para las fotos. La baja enseñaba lo de debajo: los hierros, las amarras viejas, lo que la gente había ido tirando durante años creyendo que el agua se lo tragaba. La baja no disimulaba.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó al guardia, más por decir que por saber.

El chico levantó la vista del teléfono. La miró, calculó si era alguien, decidió que sí o que daba igual.

—Un hombre. Esta noche, o de madrugada. Lo encontró un pescador a las seis. —Señaló con la barbilla las piedras de abajo—. Ahí, contra el escalón. Dicen que se cayó.

—¿Dicen?

El guardia se encogió de hombros con esa elegancia que tienen los que no quieren mojarse.

—Yo digo lo que me dicen. Que se cayó. De noche, con lo resbaladizo que está esto, no es raro. —Volvió al teléfono—. Vienen los del juzgado ahora.

Raquel asintió y no preguntó más. Se quedó un rato mirando el escalón de abajo, el sitio exacto donde el chico había señalado, una piedra como las otras, ni más negra ni menos. Pensó, sin querer pensarlo, que era un sitio raro para caerse. La gente que pasea de noche por el puerto pasea por arriba, por el muelle ancho, donde está el suelo bueno. Para caerse contra ese escalón de abajo había que estar abajo. Y abajo, de noche, no se baja a pasear.

Lo apartó. No era suyo. No tenía por qué darle vueltas a la caída de un hombre que ni conocía, en un puerto que solo le quedaba de paso. Pero había una cosa que se le había quedado de la conversación de los guardias mayores con el del teléfono, una cosa que había oído al pasar, un nombre que uno de ellos había leído en voz alta de un papel y que a Raquel le había sonado, no sabía de qué, con ese sonido sordo de las palabras que conoces sin reconocer.

El Puerto. Ella conocía aquel puerto de otra cosa. De hacía años. De un hombre que se había ido por allí, por aquella misma boca de agua entre los dos espigones, y que no había vuelto, ni vivo ni muerto ni de ninguna manera, un hombre que para colmo de raro ni siquiera existía hacia atrás, que tenía la vida cortada por una pared el año 2006 y nada antes. Se había ido por el puerto como se va el agua en la bajamar: dejando el sitio seco y sin él.

Raquel se subió las gafas de sol, que se le habían bajado con el sudor, y se dio la vuelta para irse. El levante, que en agosto no es el levante de cuchillo de los meses malos sino uno más perezoso y caliente, le empujó el pelo contra la cara. A su espalda, el agua seguía retirada, enseñando lo de debajo. Tardaría unas horas en volver a subir y taparlo todo otra vez.

No volvió a pensar en el nombre hasta el día siguiente, cuando lo vio escrito en un oficio con su propio apellido al lado.

La designación que reconoce

La llamada de Olmedo no fue una llamada. Fue un oficio, como mandan los cánones, llegado por el correo del juzgado con el membrete de instrucción y el sello, y Raquel lo abrió en su despacho de la calle Sopranis con el café de la mañana al lado, sin más expectativa que la de siempre: a ver qué le caía esta vez y para cuándo lo querían.

Lo de siempre, salvo que no era de Pacheco, de familia, sino de Olmedo, de lo penal. Eso ya quería decir muerto. Pacheco le mandaba custodias y capacidades, gente viva que se peleaba por niños o por casas. Olmedo le mandaba lo otro: imputados, testigos de algo grave, credibilidades que decidían si alguien entraba o no entraba. Olmedo no la llamaba por gusto. Cuando la llamaba Olmedo, había un cadáver de por medio.

Leyó el oficio despacio, como leía las cosas que venían de Olmedo. Diligencias previas. Una muerte por precipitación en el puerto de El Puerto de Santa María, un varón, la madrugada del catorce. Se requería evaluación pericial psicológica de una menor que figuraba en las actuaciones como testigo de referencia y como persona del entorno del fallecido: valorar su estado, el alcance de lo que pudiera haber percibido, su credibilidad como testigo en el marco de la instrucción.

Hasta ahí, un caso de los suyos. Una cría que había visto u oído algo cerca de un muerto, y un juzgado que necesitaba saber si lo que la cría contaba valía o no valía, antes de construir nada encima. Lo hacía con los ojos cerrados.

Pasó a la hoja de los datos. El nombre del fallecido lo leyó por encima y no le dijo nada, un nombre cualquiera, apellido plano. El de la menor lo leyó y se quedó quieta.

Candela Lerma Reyes.

Dejó el oficio en la mesa. Lo volvió a coger. Lo leyó otra vez, como si la primera hubiera podido equivocarse, como si en una segunda lectura las letras fueran a ordenarse de otra manera y a salir otro apellido. Pero no. Lerma Reyes. La niña de la diadema, la de la foca, la de las tostadas en cuatro trozos. La hija de Gonzalo. La hija de Lola.

El libro completo, próximamente en Amazon
Índice · 31 capítulos
  1. Marea baja
  2. La designación que reconoce
  3. La niña que ya no es niña
  4. Antes de 2006 no había nada
  5. El reencuentro
  6. El expediente que pidieron
  7. El hombre sin costuras
  8. El centro joven
  9. El trastero
  10. Tú dirás qué viste
  11. Maquillada de accidente
  12. El mismo dibujo
  13. Coll, otra vez
  14. La caja de Frutos
  15. No es paranoia si está archivado
  16. El que me enseñó a quererlo
  17. Bajar a por las otras
  18. Lo que olía a otra parte
  19. La noche
  20. El dossier
  21. La que no abre
  22. Me esperaba
  23. Estás peritándote a ti misma
  24. Lo que cabe en un sumario
  25. Para quién
  26. El relevo
  27. La comparecencia
  28. Otra vez no
  29. Despacio, se sale
  30. Lo que se prueba
  31. Una sola caja

Más de La duda razonable