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Grandes Personajes de la Historia

500 vidas que torcieron el rumbo del mundo, de la Antigüedad al siglo de la IA

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Sinopsis

Quinientas vidas, una por capítulo, contadas en dos páginas cada una. De Enheduanna, la primera persona de la historia que firmó una obra con su nombre, a Tim Berners-Lee regalando la web al mundo sin cobrar un céntimo. De Hipatia de Alejandría a Marie Curie, de Gengis Kan a Gandhi, de Bach a Picasso.

No es un diccionario ni un manual escolar. Cada semblanza cuenta quién fue la persona, en qué época le tocó vivir y por qué seguimos hablando de ella, con un punto de vista propio y sin adornos: la propaganda de Ramsés II, el pragmatismo frío de Lenin, el genio incómodo de Caravaggio. Hechos reales, fechas que cuadran y, de vez en cuando, la anécdota que retrata a alguien mejor que diez batallas.

Las quinientas semblanzas siguen una sola línea del tiempo, ordenadas por año de nacimiento, de la Antigüedad al siglo XXI: legisladores y conquistadores, sabios y científicos, artistas, exploradores y reformadores se van cruzando según les tocó nacer. Se puede leer de principio a fin como un recorrido por la historia humana, o abrir por cualquier nombre y caer dentro de una vida.

Un volumen para tener a mano, regalar y volver a él. La cultura general que siempre se quiere tener y nunca se sabe por dónde empezar.

Las primeras páginas

Sargón de Acad (c. 2334-2279 a. C.)

De su nacimiento apenas sabemos nada cierto, y lo poco que se cuenta tiene aire de leyenda. Reinó en Mesopotamia hacia el 2334-2279 a.C., aunque las fechas son aproximadas y se discuten, porque la cronología de aquella época remota se reconstruye con grandes márgenes de error. Fue, según el consenso de los historiadores, el fundador del primer imperio multinacional documentado de la historia: el imperio acadio. Y lo logró partiendo, si hemos de creer al relato que sobre él circuló durante siglos, desde lo más bajo.

Una célebre leyenda, conservada en tablillas muy posteriores a su época, cuenta que Sargón fue hijo de una sacerdotisa que lo dio a luz en secreto, lo metió en una cesta de juncos sellada con betún y lo abandonó a las aguas del Éufrates. Un jardinero llamado Akki lo encontró, lo crió y lo hizo hortelano. El paralelismo con el relato bíblico de Moisés es evidente, y probablemente esa historia de origen humilde se forjó para realzar lo extraordinario de su carrera. Lo que parece histórico es que sirvió como copero o funcionario del rey Ur-Zababa de Kish, una de las ciudades sumerias, y que desde ese puesto subalterno acabó derrocando a su señor y haciéndose con el poder.

Para entender su hazaña hay que imaginar la Mesopotamia de entonces. Era un mosaico de ciudades-estado sumerias, cada una con su rey, su dios tutelar y su muralla, en guerra perpetua entre sí por el agua y la tierra: Uruk, Ur, Lagash, Umma, Kish. Nadie había logrado someterlas a una autoridad única y estable. Sargón lo hizo. Derrotó a Lugalzagesi de Uruk, que había unificado parte del sur, y fue conquistando una a una las ciudades sumerias. Luego extendió su dominio mucho más allá: hacia el norte por el valle del Tigris, hacia el este por Elam (el actual Irán occidental), y hacia el oeste, según sus propias inscripciones, hasta el «Mar Superior», es decir, el Mediterráneo. Por primera vez, un solo soberano gobernaba desde el golfo Pérsico hasta Siria.

Fundó una capital nueva, Acad o Agadé, cuyo emplazamiento exacto sigue sin localizarse pese a las búsquedas arqueológicas, lo que tiene algo de paradójico tratándose de la sede del primer imperio. Desde allí gobernó un territorio que no se limitó a saquear, sino que intentó administrar. Impuso el acadio, una lengua semítica, como idioma de gobierno junto al sumerio, nombró gobernadores leales en las ciudades sometidas y se preocupó por las rutas comerciales, presumiendo de que barcos de tierras lejanas como Magán, Meluhha y Dilmun atracaban en el muelle de su capital. Mantuvo un ejército permanente, costumbre novedosa, del que sus textos dicen que «cinco mil cuatrocientos hombres comían cada día en su presencia», cifra que conviene tomar con la prudencia que merecen las inscripciones propagandísticas pero que sugiere una corte y una fuerza militar de tamaño inédito.

Su dinastía produjo otra figura célebre: su hija Enheduanna, sacerdotisa del dios luna en Ur, autora de himnos religiosos firmados con su nombre. Suele considerársela la primera autora de la historia cuyo nombre conocemos, lo que convierte a la familia de Sargón en pionera por partida doble, en la política y en la literatura. Su nieto Naram-Sin llevó el imperio a su máxima extensión y llegó a divinizarse en vida.

El imperio acadio no duró mucho, apenas siglo y medio, y se desintegró entre revueltas internas y la presión de pueblos de las montañas, los gutis, además de, según hipótesis recientes basadas en estudios climáticos, una posible sequía prolongada que habría golpeado la región. Pero el modelo que Sargón inauguró no murió con él. La idea de que un solo rey podía y debía reunir bajo su mando muchos pueblos y ciudades, hablando distintas lenguas y adorando distintos dioses, quedó instalada en el imaginario político de Oriente Próximo. Babilonios y asirios lo tomaron como referente: durante más de mil años, los reyes mesopotámicos invocaron su nombre y copiaron sus gestas.

Ahí radica su importancia, y es una importancia de fundador. Sargón no inventó la ciudad ni la escritura ni la guerra, que ya existían. Inventó algo más abstracto y más duradero: el imperio como forma de organizar el poder a gran escala, por encima de la frontera estrecha de la ciudad-estado. Todo lo que vino después, de Persia a Roma, de los califatos a los imperios modernos, opera con una idea cuya primera realización documentada lleva su firma. Que un antiguo copero de origen incierto, escupido por las aguas de un río según la leyenda, fundara esa tradición tiene una ironía que la historia parece haber disfrutado. Pocas figuras tan remotas siguen proyectando una sombra tan larga.

Enheduanna (c. 2285-2250 a. C.)

Si la historia se escribe con nombres, Enheduanna ocupa el primero de la lista. Es la autora identificada más antigua de la literatura mundial, una mujer que firmó sus textos hace más de cuatro mil trescientos años, mucho antes de Homero, de la Biblia y de cualquier nombre que solemos asociar al origen de la escritura literaria. Vivió en Mesopotamia, en la región entre el Tigris y el Éufrates que hoy es Irak, durante el reinado del primer gran imperio de la historia, el acadio, fundado por su padre, Sargón de Acad, hacia el 2334 a.C. Sargón unificó por la fuerza las ciudades sumerias y semitas de la llanura, y como parte de su política colocó a su hija al frente del templo más importante del país.

Enheduanna fue suma sacerdotisa del dios luna Nanna en Ur, la gran ciudad del sur. El cargo era político además de religioso: poner a una hija del rey acadio al servicio del culto sumerio sellaba la fusión de dos pueblos y dos lenguas. Y aquí está la clave de su grandeza. Enheduanna no se limitó a oficiar. Compuso. Escribió himnos en sumerio que se conservan en copias posteriores, sobre todo de la época babilónica, lo que demuestra que sus textos se siguieron copiando, estudiando y cantando durante siglos después de su muerte. Esa supervivencia es la prueba de su prestigio: no firmó por vanidad, firmó porque su autoría importaba a quienes la leyeron.

Su obra más célebre es un poema largo conocido como «La exaltación de Inanna», dedicado a la diosa del amor y la guerra, contrapartida femenina y formidable del panteón. En él ocurre algo asombroso para un texto tan antiguo: aparece la voz personal. Enheduanna se nombra a sí misma, cuenta que un usurpador, un tal Lugalanne, la ha expulsado del templo y la ha enviado al exilio, y suplica a Inanna que la restituya. El poema mezcla la alabanza a la diosa con la angustia concreta de su autora, que se queja de haber perdido su lugar, de que su voz ya no es escuchada, de la humillación. No es un texto frío de liturgia. Es una persona que habla de su caída y de su esperanza de regreso. Que un yo así emerja en la primera literatura firmada de la historia resulta casi increíble.

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