Sinopsis
Quinientas cosas, una por capítulo, agrupadas por ámbitos: la comida, la casa, la salud, los materiales, la energía, el transporte, la medida, la escritura, la comunicación, el cálculo, la guerra, el ocio y el dinero. Catorce puertas para entrar por donde apetezca.
Están los inventos que todo el mundo espera, la rueda, la imprenta, la penicilina, la bombilla, el motor, internet. Y están los que sostienen la vida diaria sin que nadie los mire: el sifón en S que hizo posible meter el retrete dentro de casa, la nixtamalización del maíz sin la cual la pelagra mataba, la collera que dejó de ahogar al caballo y alimentó a Europa, el tubo de pintura metálico sin el que no habría impresionismo, el contenedor de acero que abarató el transporte un noventa y cinco por ciento y globalizó la fábrica.
Cada capítulo cuenta cuatro cosas: qué problema resolvía, cómo funcionaba, a quién desplazó y en qué acabó. Con las disputas de paternidad contadas como lo que son, porque casi ningún invento tiene un padre: tiene tres y un pleito. Y con los anónimos sin inventarles un autor para dar caché al capítulo.
Un volumen para tener a mano, regalar y volver a él. La cultura general que de verdad se recuerda: la que explica por qué las cosas son como son.
Las primeras páginas
Nota al lector
Este es un libro de quinientas cosas. No de personas y no de fechas: de cosas. Objetos que se pueden coger con la mano, como la aguja o el clip; materiales que hubo que inventar antes de poder usarlos, como el bronce o el plástico; procedimientos que no se ven pero funcionan, como la pasteurización o la partida doble; y sistemas enteros, como el correo, el contenedor o la red que trae estas palabras hasta aquí.
El criterio para entrar es doble. Primero, que alguien tuviera que hacerlo por primera vez: no entran los descubrimientos, las cosas que estaban ahí esperando a que las encontráramos. América no es un invento, ni la gravedad, ni un planeta. El telescopio con el que se vio el planeta, sí. Segundo, que después lo usara todo el mundo, o casi. Hay maravillas que no llegaron a ninguna parte y no están aquí; hay cacharros vulgares que están porque cambiaron la vida de millones de personas sin que nadie les hiciera una estatua.
El libro no va ordenado por fechas, sino por ámbitos: la comida, la casa, la salud, los materiales, la energía, el transporte, la medida, la escritura, la comunicación, el cálculo, la guerra, el ocio y el dinero. Catorce puertas. Dentro de cada una se avanza en el tiempo, del principio a hoy, de manera que cada capítulo se puede leer suelto pero también seguido, como la genealogía de un oficio: en la cocina, el fuego lleva a la sal, la sal a la lata, la lata al frigorífico y el frigorífico al microondas.
Queda una advertencia, y es la más importante. Casi ningún invento tiene un padre. Tiene tres, cuatro, y un pleito. La frase «X inventó Y» es la mentira más extendida de la divulgación: casi siempre hubo un precursor al que nadie hizo caso, un rival que llegó unos meses después y un tercero que fue quien de verdad consiguió fabricarlo y venderlo. Cuando la disputa está documentada, aquí se cuenta la disputa, porque suele ser lo más interesante de la historia. Cuando la atribución es tradicional, se dice que es tradición. Y cuando el inventor sencillamente no se sabe, que es el caso de muchos de los mejores inventos de todos, no se le pone nombre a nadie para adornar el capítulo. El arado, la aguja, el botón y la sartén son anónimos, y esa es también su grandeza.
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El fuego domesticado (c. 800.000 a. C.)
Antes de cocinar, un ser humano dedicaba a masticar una parte considerable de su día. Los chimpancés todavía lo hacen: seis horas de mandíbula para sacar de la fruta y la hoja las calorías que necesitan. Cocinar es, en términos fríos, empezar la digestión fuera del cuerpo. El calor rompe las fibras y desnaturaliza las proteínas, y lo que entra por la boca ya viene medio deshecho.
Las fechas se discuten con dureza. Hay indicios de fuego controlado en Wonderwerk, en Sudáfrica, de hace un millón de años, y en Gesher Benot Ya'aqov, en Israel, de hace unos 780.000, pero un fuego aislado no prueba una costumbre. El consenso más prudente sitúa el uso habitual y cotidiano hace unos 400.000 años, cuando aparecen hogares repetidos en el mismo sitio, con ceniza acumulada y huesos quemados alrededor.
Las consecuencias fueron anatómicas. Nuestra mandíbula encogió, los dientes se hicieron más pequeños y el intestino se acortó, porque ya no hacía falta tanto tubo para procesar comida cruda. Ese ahorro de energía tiene un destinatario probable: el cerebro, que es un órgano carísimo de mantener. La hipótesis de que cocinar nos hizo inteligentes no está cerrada, pero encaja demasiado bien con las fechas como para descartarla.
Hubo un efecto añadido y menos evidente. El fuego alarga el día por el extremo que la naturaleza había cerrado. Alrededor de una hoguera se puede hablar cuando ya no se puede trabajar, y ahí, probablemente, empieza todo lo demás: la historia contada, la norma repetida, el plan para mañana. Ningún invento posterior parte de tan abajo.
El anzuelo (c. 40.000 a. C.)
El mar y el río son despensas a las que el cuerpo humano no tiene acceso. No podemos respirar dentro, no nadamos deprisa y no vemos bien bajo el agua. El anzuelo resuelve el problema de la única manera posible: pone la mano del hombre a treinta metros de distancia, atada a un hilo.
Los más antiguos que se conservan son de concha y proceden de la cueva de Jerimalai, en Timor Oriental, con unos 42.000 años, junto a espinas de atún y otros peces de mar abierto, lo que implica además embarcación. En Okinawa se han hallado piezas de edad parecida. Están tallados en curva, con la punta vuelta hacia dentro, que es exactamente la forma que hoy sigue teniendo el que se compra en cualquier tienda de pesca.
El diseño es más sutil de lo que parece. Un gancho recto no sirve: el pez se libera al primer tirón. La curva hace que la tracción del sedal clave la punta en el cartílago de la boca en lugar de sacarla, y la lengüeta posterior, que aparece más tarde, impide el retroceso. Es un mecanismo de retención pasivo, sin partes móviles, que funciona solo porque el animal tira en la dirección equivocada.
Alrededor del anzuelo creció todo un equipo: el sedal trenzado, la plomada, el flotador, la caña, el arpón y la red. La pesca permitió a poblaciones enteras vivir de un recurso que se renueva sin necesidad de moverse, y explica por qué muchos de los primeros asentamientos permanentes están junto al agua y no junto a los mejores pastos. Se dice que la agricultura nos sentó; conviene recordar que el pescado nos había sentado antes en algunos sitios.
La molienda del grano (c. 23.000 a. C.)
Un grano de cereal entero es casi indigerible. Tiene la energía dentro de una cáscara dura que el estómago humano no abre, y su interior está lleno de almidón que el cuerpo aprovecha mal si no se ha roto antes. Moler es, literalmente, abrir la comida.
En el yacimiento de Ohalo II, a orillas del mar de Galilea, apareció una losa de basalto con restos de almidón de cebada y trigo silvestre de hace unos 23.000 años. La cifra merece un momento de atención: son más de diez mil años antes de que nadie sembrara nada. Se molía harina mucho antes de la agricultura, con grano recogido de plantas salvajes, lo que desmonta la idea ordenada de que primero se cultivó y luego se aprendió a procesar.
El aparato es de una simplicidad brutal: una piedra fija, cóncava, y otra que se mueve encima con las dos manos. Se llama molino de vaivén y su rendimiento es penoso. Una mujer, porque fue en abrumadora mayoría trabajo de mujeres, necesitaba varias horas de rodillas para obtener la harina de un día para una familia. Los esqueletos lo delatan: las molenderas neolíticas presentan artrosis en rodillas, muñecas y vértebras lumbares, y dedos deformados por la presión repetida.