Sinopsis
Quinientas vidas, una por capítulo, ordenadas por año de nacimiento desde la Antigüedad hasta hoy. Se puede leer del tirón, como un recorrido de cinco mil años, o abrir por cualquier nombre y caer dentro de una historia.
No es un salón de la fama ni un escalafón. Aquí conviven las que todo el mundo espera, Cleopatra, Marie Curie, Frida Kahlo, y muchas más que la historia archivó sin mirarlas dos veces: Enheduanna, que firmó sus poemas mil quinientos años antes que Homero; Fu Hao, que mandó ejércitos en la China del Bronce; Trótula, que enseñaba medicina en el siglo XI; Wang Zhenyi, que a los veinticuatro años explicaba los eclipses. Reinas y científicas, poetas y guerreras, exploradoras, matemáticas, activistas, de todos los continentes.
Cada semblanza cuenta quién fue, en qué época le tocó vivir y por qué seguimos hablando de ella, con un punto de vista propio y sin adornos. Y con una regla de oro: cuando algo es leyenda, se dice; no se cuela el mito con cara de dato. La historia de las mujeres, contada como merece: entera.
Las primeras páginas
Nota al lector
Este es un libro de quinientas vidas, una por capítulo, ordenadas por año de nacimiento desde la Antigüedad hasta hoy. Se puede leer de principio a fin, como un recorrido de cinco mil años, o abrir por cualquier nombre y caer dentro de una historia.
No es un escalafón ni un salón de la fama. Aquí conviven dos clases de mujeres. Están las que todo el mundo espera encontrar y cuya ausencia se notaría, Cleopatra, Marie Curie, Frida Kahlo; y están, muchas más, las que la historia archivó sin mirarlas dos veces y que son la razón de ser de este libro: Enheduanna, que firmó sus poemas mil quinientos años antes que Homero; Trótula, que enseñaba medicina en la Salerno del siglo XI; Wang Zhenyi, que a los veinticuatro años explicaba los eclipses en la China de los Qing. El criterio para entrar es uno solo: haber cambiado algo, una ciencia, un país, un arte, una idea, o la simple posibilidad de que otras vinieran detrás.
Muchas de estas vidas están mal documentadas, o envueltas en leyenda. Cuando un dato es tradición y no hecho probado, el libro lo dice, en lugar de colarlo con cara de certeza. Se prefiere quitarle brillo a una buena historia antes que dar por cierto lo que solo se transmite de boca en boca. De algunas apenas se conserva un nombre en un sello o una tumba sin saquear; de otras, bibliotecas enteras. Se cuenta lo que se sabe, y se avisa de lo que no.
Algunas de ellas aparecen también en Grandes Personajes de la Historia, el primer volumen de esta colección. Aquí se cuentan de nuevo, desde el principio y mirándolas a ellas.
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Merneith (c. 2939 a. C.)
De las primeras mujeres que gobernaron Egipto no se conserva un retrato, sino una lista. En un sello de arcilla hallado en Abidos, alguien grabó los nombres de los reyes de la primera dinastía, uno detrás de otro, en el orden en que reinaron. Entre Dyet y Den, su hijo, aparece un nombre que no es de rey: Merneith. Es la única mujer de la lista, colocada donde iría un faraón.
Vivió hacia el 2939 antes de Cristo, en los siglos en que Egipto acababa de unificarse y ni siquiera había levantado todavía una pirámide. Fue esposa de un rey y madre de otro, y todo apunta a que gobernó ella misma durante la minoría de edad de Den. No lo hizo en la sombra. Su tumba en Abidos tiene el tamaño y la disposición de la de un monarca, con una barca solar para el viaje al más allá y decenas de sirvientes enterrados alrededor para acompañarla, un privilegio funerario reservado a la realeza.
Durante siglos los egiptólogos la tomaron por un rey más, hasta que leyeron bien el nombre. El caso resume un problema que recorre este libro entero: no es que no hubiera mujeres con poder en el pasado remoto, es que quien excavaba no las buscaba, y al encontrarlas las daba por hombres. Merneith llevaba casi cinco mil años reinando en su tumba antes de que alguien se diera cuenta de quién era.
Puabi (c. 2600 a. C.)
La conocemos por sus joyas y por los que murieron para servirla. Cuando el arqueólogo Leonard Woolley abrió en los años veinte el Cementerio Real de Ur, en el sur del actual Irak, encontró una tumba intacta con una mujer cubierta de oro: una diadema de hojas de sauce, pendientes en forma de media luna, un tocado que pesaba lo suyo. A su lado, un arpa con cabeza de toro. Y alrededor, decenas de cuerpos, guardias, músicos, sirvientas, sacrificados para seguirla al otro mundo.
Un sello de lapislázuli la nombra: Puabi. El título que lo acompaña no es «esposa de», sino nin o eresh, señora, reina por derecho propio. Vivió hacia el 2600 antes de Cristo, en una de las primeras ciudades del mundo, cuando Sumeria ya escribía y organizaba imperios comerciales. No sabemos qué hizo en vida, ni cómo gobernó, ni si lo hizo. Sabemos que cuando murió, una comunidad entera consideró que su muerte exigía una comitiva de acompañantes hacia la eternidad.
Es una figura incómoda y fascinante a la vez: una de las mujeres más poderosas de la Edad del Bronce, de la que no ha quedado un solo acto, solo el modo espectacular y terrible en que la despidieron. Puabi es un recordatorio de hasta qué punto la historia antigua de las mujeres se lee al revés, desde la muerte hacia la vida, reconstruyendo a la persona a partir de lo que se llevó a la tumba.
Peseshet (c. 2400 a. C.)
En una estela funeraria del Imperio Antiguo egipcio, junto a la pirámide de Guiza, figura un título que no se repite en ningún otro sitio: imy-r swnwt, «supervisora de las médicas». Lo llevaba Peseshet, que vivió hacia el 2400 antes de Cristo, y por esa línea grabada se la suele citar como la primera doctora cuyo nombre conocemos, o al menos como la primera mujer que dirigió a otras en el ejercicio de la medicina.
Conviene la prudencia. El egipcio de esa época es escueto, y los especialistas discuten si Peseshet ejercía ella misma o administraba a un cuerpo de sanadoras, si era médica, comadrona o ambas cosas. Pero el título en sí ya dice algo enorme: en el Egipto de las pirámides había mujeres que curaban en número suficiente como para necesitar una supervisora, y ese cargo tenía nombre propio y merecía grabarse en piedra para la eternidad.
Su figura importa menos por lo que hizo en concreto, que apenas se sabe, que por lo que prueba. La medicina no nació como oficio de hombres al que las mujeres se asomaron tarde. Estuvieron dentro desde el principio, cuatro mil años antes de que a Elizabeth Blackwell le costara un mundo que una facultad la admitiera. Peseshet abre este libro por la puerta de la ciencia, y lo hace en el milenio equivocado para casi todos los prejuicios.
Enheduanna (c. 2285 a. C.)
Antes que Homero, antes que la Biblia, antes de que existiera siquiera la idea de un autor, una mujer puso su nombre en lo que escribía. Enheduanna era hija de Sargón de Acad, el primer rey que unificó Mesopotamia, y él la nombró suma sacerdotisa del dios luna Nanna en la ciudad de Ur. Desde allí, hacia el 2285 antes de Cristo, compuso una serie de himnos a los templos y, sobre todo, un poema extraordinario a la diosa Inanna.
Lo extraordinario no es solo que escribiera. Es que escribió en primera persona. En La exaltación de Inanna cuenta cómo un usurpador la expulsó de su cargo, cómo rezó a la diosa desde el destierro y cómo fue restituida. Dice «yo, Enheduanna», y con esas dos palabras inaugura algo que tardaría milenios en volverse costumbre: firmar. Un disco de alabastro hallado en Ur la muestra oficiando, con su nombre inscrito al dorso.