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Historia para curiosos · Historia

500 Curiosidades de la Historia

Anécdotas asombrosas, mitos desmontados y episodios insólitos, de la Antigüedad a hoy

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Sinopsis

Quinientas historias para leer a saltos, abrir por cualquier página y salir sabiendo algo que ayer no se sabía. Que las pirámides se levantaron pagando en pan y cerveza. Que Cleopatra vivió más cerca del primer alunizaje que de la Gran Pirámide. Que Nerón no tocó la lira mientras Roma ardía, que el vomitorium no era lo que cuentan y que lo de sembrar sal en Cartago es un bulo del siglo XIX.

No es un almanaque de datos sueltos. Cada curiosidad se cuenta con gancho, con el hecho concreto detrás y con un punto de vista propio, y termina con una etiqueta de fiabilidad honesta: confirmada, probable, anécdota tradicional o pura leyenda. Porque en un buen libro de rarezas caben las dos cosas, lo documentado y lo que solo se transmite de boca en boca, siempre que se diga cuál es cuál.

De la Antigüedad al siglo XXI, entre reyes y tramposos, inventos por accidente y mitos que la historia repite sin parar. La cultura general que de verdad se recuerda: la que sorprende.

Las primeras páginas

Nota al lector

Este libro reúne quinientas historias de las que sobreviven a una sobremesa: rarezas, errores célebres, casualidades enormes y episodios que parecen inventados y no lo están. O casi. Está pensado para leerse a saltos, abrir por cualquier página y salir de ella sabiendo algo que ayer no se sabía.

Va por delante un aviso, porque importa. No todo lo que aquí se cuenta tiene el mismo respaldo. Hay hechos documentados hasta el aburrimiento y hay anécdotas que llevan siglos rodando de boca en boca, tan redondas que a nadie le ha interesado nunca comprobarlas. Las dos cosas caben en un libro de curiosidades, pero mezclarlas sin avisar sería hacer trampa. Por eso cada entrada termina con una etiqueta de fiabilidad:

- Confirmada: el hecho está bien documentado por fuentes solventes, aunque a veces se discutan los detalles. - Probable: hay buena base para creerlo, pero queda margen de duda. - Anécdota tradicional: la historia se transmite desde antiguo, sin prueba firme; se cuenta porque forma parte de la cultura, no porque conste en un archivo. - No verificable o legendaria: casi con seguridad es adorno, leyenda o error repetido mil veces; se recoge por lo que dice de nosotros, no por lo que de verdad ocurrió.

Y cuando algo es un mito que conviene desmontar, se desmonta. Preferimos quitarle a una buena historia el brillo de lo seguro antes que colar una mentira con cara de dato. La historia real ya es bastante asombrosa sin necesidad de inflarla; casi siempre, el problema es el contrario: no nos la contaron entera.

Antigüedad

Empezamos donde empieza casi todo: entre el limo del Nilo y los dos ríos de Mesopotamia, donde alguien tuvo por primera vez la idea de anotar cuánta cebada le debía el vecino y, sin pretenderlo, inventó la escritura y de paso la burocracia. De ahí saltamos a Grecia, que discutía en la plaza mientras desterraba a sus mejores hombres por votación, y a Roma, que conquistó el mundo conocido y aun así encontró tiempo para cobrar impuestos por la orina.

Son cuatro o cinco mil años contados por sus grietas: qué comían los obreros de las pirámides, por qué un boxeador tramposo acabó pagando estatuas, cómo se coló en los manuales que Nerón tocaba la lira mientras Roma ardía. La Antigüedad nos llega tan envuelta en leyenda que cuesta separar el dato del adorno, y aquí lo intentaremos sin remilgos: hay cosas que sabemos de sobra y otras que solo creemos saber. Las dos merecen contarse, siempre que se diga cuál es cuál.

1. Las pirámides se levantaron con pan y cerveza

Al obrero que arrastraba piedras en Guiza no lo movía el látigo, sino la ración. Los archivos de sueldos hallados en poblados de trabajadores, sobre todo en Deir el-Medina, muestran que se pagaba en especie, y que el grueso del jornal eran pan y cerveza. La cerveza egipcia era espesa, nutritiva, casi una sopa fermentada, y funcionaba a la vez como alimento, moneda y agua potable segura.

Un capataz podía cobrar varias jarras diarias. Lo interesante es lo que revela: los constructores de las pirámides no eran esclavos encadenados del imaginario de Hollywood, sino cuadrillas de trabajadores organizados, alojados, alimentados y, cuando enfermaban, atendidos.

Sabemos incluso que hacían huelga. La primera protesta laboral documentada de la historia estalló hacia 1157 a. C., cuando a los obreros de la tumba real se les retrasó el reparto de grano y se sentaron a no trabajar. Fiabilidad: confirmada.

2. En Egipto, matar a un gato podía costarte la vida

Los egipcios no adoraban exactamente a los gatos, pero los asociaban a la diosa Bastet y los tenían por sagrados hasta un extremo que a un romano le parecía locura. Matar a uno, aunque fuera sin querer, se castigaba con penas durísimas, la muerte incluida. El historiador griego Diodoro Sículo cuenta que presenció en Egipto cómo una multitud linchó a un romano por haber atropellado a un gato, y que ni la intervención de las autoridades, temerosas de Roma, logró salvarlo.

Heródoto, un siglo antes, había escrito que cuando ardía una casa los egipcios se ocupaban antes de rescatar a los gatos que de apagar el fuego, y que a la muerte de uno la familia se afeitaba las cejas en señal de duelo. Del cariño no cabe duda; algunos de esos detalles, contados por viajeros asombrados, conviene tomarlos con una pizca de sal. Fiabilidad: confirmada en lo esencial (el estatus sagrado y las penas); algunos detalles proceden de cronistas griegos.

3. La batalla que se ganó con gatos por delante

Cuenta la tradición que en el 525 a. C., en la batalla de Pelusio, el rey persa Cambises II derrotó al faraón egipcio con una idea tan cruel como astuta: mandó pintar la imagen de la diosa Bastet en los escudos y colocar animales sagrados, gatos entre ellos, delante de sus tropas. Los egipcios, incapaces de disparar contra sus propias divinidades por miedo al sacrilegio, no se atrevieron a resistir y fueron aplastados. Es una historia magnífica y encaja demasiado bien con la fama de los egipcios como amantes de los gatos.

El problema es la fuente: la recoge Polieno, un autor macedonio que escribió más de seiscientos años después de los hechos, sin respaldo en cronistas más cercanos. La batalla existió y Cambises conquistó Egipto; lo de los gatos en los escudos tiene todo el aire de una leyenda añadida más tarde. Fiabilidad: no verificable; anécdota transmitida por una fuente muy tardía.

4. La reclamación de cliente más antigua es una queja por unos lingotes

Hacia 1750 a. C., en la ciudad mesopotámica de Ur, un hombre llamado Nanni cogió una tablilla de arcilla y dictó su enfado a un comerciante de cobre, un tal Ea-nasir. El mercader le había prometido lingotes de buena calidad, había cobrado por adelantado y luego le entregó un cobre malo, además de tratar con desprecio a su mensajero. La tablilla, hoy en el Museo Británico, es una bronca en toda regla: Nanni le echa en cara el desdén, le recuerda el dinero pagado y le anuncia que en adelante escogerá él mismo los lingotes, uno por uno.

Lo asombroso es que no es un caso aislado: en la casa de Ea-nasir los arqueólogos encontraron varias quejas parecidas de distintos clientes. Casi cuatro mil años después, el primer vendedor cuyo nombre conservamos por escrito lo recordamos por estafador. Fiabilidad: confirmada (la tablilla se conserva y está traducida).

5. Hammurabi mandaba ahogar a los taberneros que estafaban

El código de Hammurabi, grabado en Babilonia hacia 1750 a. C., es célebre por el «ojo por ojo», pero sus casi trescientas leyes esconden rincones sorprendentes. Uno regula las tabernas.

Si una tabernera cobraba de más o hacía trampas con el precio de la bebida, la ley preveía arrojarla al agua. Otro artículo castigaba con la muerte a la posadera que no denunciara a los criminales que conspiraran en su local.

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