Portada de Tierra de castillos
La Piedra y la Corona · Novela histórica

Tierra de castillos

Un secreto de cien años sale a la luz; una tierra estrena nombre

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Sinopsis

Han pasado cien años desde que un reino cayó en una tarde. La peña sobre el Duero que un puñado de fugitivos empezó a levantar es ya una ciudadela casi terminada, y la tierra que un rey mandó vaciar vuelve a llenarse: bajan colonos del norte, y tras ellos un conde con orden de poblar la frontera en nombre de su rey. Esperaba tierra muerta. Encuentra una plaza fuerte en pie, gobernada por gente que lleva un siglo sin figurar en el cálculo de nadie.

Vímara guarda el oficio; Gélmiro, señor de sangre mezclada, guarda lo que duerme emparedado en el torreón: la corona votiva salvada del altar de Toledo, jurada cien años atrás «hasta que vuelva a haber un reino donde ponerla». Ahora el conde la quiere, un viejo enemigo de la casa ha vuelto para venderla, y la obra que falta por rematar amenaza con sacarla a la luz antes de tiempo.

Cuando todo se hunde, será una muchacha de las dos orillas del río quien decida el destino de la corona, no para esconderla ni venderla, sino para fundar. De la primera piedra a una tierra de castillos, este es el cierre de la saga: el siglo en que una fortaleza sin nombre, y la tierra entera a su alrededor, por fin estrenan uno.

Las primeras páginas

1

Lo primero que vio Vímara al subir aquella mañana al adarve del lienzo de poniente no fue la obra, que ya la sabía de memoria, sino el humo; y supo, por la forma de aquel humo, que la frontera había dejado de estar sola.

Eran tres hilos finos de lumbre en la vega del río, en el rincón de la curva donde de siempre no había habido más que el cañaveral y las gangas, tres lumbres mañaneras subiendo rectas en el aire helado de noviembre, marcando tres casas donde el otoño anterior no había ninguna. Vímara se paró con la palma todavía puesta en el coronamiento del muro, donde había subido a tocar la última hilada de la noche, y se quedó mirando aquellos humos como un cantero mira una grieta nueva en una bóveda que creía sana: sin alarma todavía, pero con la atención entera, porque lo que cambia en una cosa que uno conoce de memoria siempre quiere decir algo, y casi nunca lo que parece. Tenía veinte años de mando y cuarenta de vida, y había aprendido de su padre, y su padre del suyo, que en la frontera lo nuevo era siempre, de entrada, un peligro, y que solo después, con tiempo, algunas pocas veces, resultaba ser otra cosa.

—Colonos —dijo a su espalda Ansur, que había subido detrás de él con la pala de mezcla todavía al hombro—. Tres casas ya. La semana pasada eran dos.

—Tres casas son nueve bocas, o doce —dijo Vímara, sin volverse—. Y nueve bocas en la vega no se ponen ahí por gusto de las vistas. Alguien les ha dicho que se queden. Y alguien que dice a la gente dónde quedarse es alguien que cree que la tierra vuelve a ser suya.

Bajó la mano del muro y se la sopló, despacio, que el frío de la piedra al amanecer ya se le metía hasta el hueso de un modo que de joven no conocía, y miró, como hacía cada mañana antes de dar la primera orden, la peña entera bajo sus pies. Y la peña, desde lo alto, era ya casi la que su abuelo Teudila había soñado y no llegó a ver. La torre del homenaje, negra y cuadrada contra el cielo blanco, acabada hasta el último cuerpo desde los tiempos de Froila. La doble muralla cerrada por fin, el lienzo de poniente trabado con el de mediodía en aquel ángulo del torreón viejo que era, ahora, lo único que de verdad quedaba por rematar de toda la cerca. Los dos aljibes tallados en la roca viva, capaces de dar de beber a la peña un año entero con las puertas cerradas. Y abajo, apretado contra la falda, el caserío, los tejados pardos unos contra otros como ovejas en el frío, el humo de las lumbres, la campana corta del monasterio llamando a prima, y, por debajo de todo, marcando la hora de verdad de Velagra como la había marcado siempre, el repicar terco de la fragua. Cerca de ochocientas almas vivían ya bajo aquella piedra. Cuando Vímara nació no llegaban a seiscientas.

Habían terminado, o casi, lo que dos generaciones de muertos empezaron sin esperanza de verlo en pie. Y lo más raro, lo que a Vímara le costaba más entender de todo lo que Velagra había hecho, seguía siendo lo mismo que le costaba entender a su padre: que existiera una ciudadela como aquella, la mayor obra de piedra de la frontera desde que los romanos se fueron, y que durante un siglo nadie de los que decidían los destinos del mundo se hubiera molestado en mirarla. Habían vivido de eso. De no figurar en el cálculo de nadie. De ser una mancha que ningún rey ni ningún valí miraba dos veces, porque tomarla costaba más de lo que rendía. Su padre lo llamaba «el tesoro de no tener nada que se viera», y se lo había repetido a Vímara de niño tantas veces que el hijo lo recitaba ya sin pensarlo, como una oración. Y aquella mañana, mirando los tres humos nuevos en la vega, Vímara entendió por primera vez, con el cuerpo y no solo con la cabeza, que aquel tesoro era el más frágil de todos, porque se gastaba sin gastarlo: bastaba con que alguien empezara a mirar.

—Maestro.

Era un rapaz de la atalaya del recodo, que había subido los escalones de la torre de tres en tres y llegaba sin resuello al adarve, con la cara colorada del frío y de la carrera.

—Los del recodo mandan recado —dijo—. Hay un hombre abajo, en la casa nueva de la vega, la del cañaveral. Un forastero. Lleva preguntando desde anoche.

—Preguntando qué.

—Por la peña, maestro. Cómo se llama. Quién la manda. Cuántos somos. —El rapaz tragó saliva—. Y dicen que ha dicho... que ha dicho que el conde baja.

Vímara no se movió. A su lado, Ansur dejó la pala despacio en el suelo del adarve, sin ruido, como se deja una cosa cuando se quiere tener las manos libres.

—¿Qué conde —dijo Vímara—. En el norte hay condes a docenas.

—No lo sé, maestro. El forastero no lo dijo. Solo dijo «el conde», como se dice «el rey» o «el invierno». Como si no hubiera más que uno.

Vímara se quedó callado un rato largo, mirando los tres humos. Sabía lo que aquello quería decir, lo sabía con la misma certeza con que su mano sabía, antes que su ojo, cuándo un sillar había asentado mal. Llevaba toda su vida oyendo a los viejos de la cadena hablar del día que el norte volvería a querer la tierra que un rey mandó vaciar; lo había oído de su padre Froila en su lecho de muerte, lo había leído el monje Vincencio en sus papeles, lo decían las crónicas que el viejo guardaba: que un reino que vacía una tierra para que el enemigo no la aproveche acaba siempre, al cabo de los años, queriéndola de vuelta para sí, porque la tierra desierta no defiende, solo la tierra poblada defiende, y un rey que aprende eso manda poblar lo que su abuelo mandó vaciar. Vincencio se lo había dicho, ya muy viejo, ya casi ciego: «No temas al que viene a saquear, Vímara. Al que viene a saquear se le aguanta tras un muro y se va. Teme al que viene a quedarse. Ese no se va, y para quedarse necesita que tú no estés.»

—Los colonos de la vega —dijo Vímara al fin, despacio—. No vienen huyendo. Vienen a sembrar. Plantan en noviembre, para coger en agosto. Quien planta así es que cuenta con seguir aquí en agosto. —Se volvió por fin, y miró a su hijo, y al rapaz, y a los tres humos, todo a la vez—. Y quien cuenta con eso es porque tiene a alguien detrás que se lo promete. Un señor. Un conde.

Índice · 42 capítulos
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