Sinopsis
Año 711. Junto al Guadalete, el reino de los godos se deshace en una sola tarde: el rey desaparece, media nobleza traiciona, y antes de diez años casi toda Hispania ha cambiado de manos. Teudila lo ve huyendo. Es cantero, no soldado, y se lleva al norte la única lección de su maestro muerto: los reinos caen en una tarde, pero la piedra bien puesta dura mil años, y le da igual de quién sea la corona.
En una peña sobre el Duero, en tierra de nadie, un puñado de fugitivos se planta y empieza lo que nadie intenta desde Roma: levantar una ciudadela sobre las ruinas de una vieja fortaleza. Los manda Adosinda, una noble sin más herencia que su nombre y un secreto cosido al cuerpo. Bajo los cimientos de la torre que Teudila sueña duerme una corona salvada del altar de Toledo la última noche, la prueba de que el reino no ha muerto del todo, y todo lo que esa gente llegará a ser depende de que nadie la encuentre antes de tiempo.
Durante treinta años levantan piedra mientras el mundo de fuera aprende que existen: un señor que urde desde el sur sin prisa ninguna, un jefe bereber al otro lado del río al que también le quitaron lo suyo, y, un día, un ejército al pie de los muros. No verán la obra terminada, porque una obra así no la acaba una vida. Pero de aquella primera piedra, en una peña todavía sin nombre, nacerá con los siglos una tierra entera de castillos.
Las primeras páginas
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### Primera parte · La caída
Guadalete, verano del año 711
Lo primero que vio Teudila aquella mañana no fue al enemigo, sino una grieta.
Cruzaba el puente con el resto de la mesnada, arrastrado por la corriente de hombres y mulas, y mientras todos miraban al frente, hacia el río pardo, hacia el polvo del otro lado donde aguardaban los moros, él miró hacia abajo, al pretil. La piedra era romana. Lo supo antes de tocarla, por la talla: sillares grandes, escuadrados a cincel con una paciencia que ya nadie tenía, encajados a hueso, sin una pizca de mortero, y aún así tan juntos que no habría entrado entre ellos la hoja de un cuchillo. Cuatrocientos años, quizá más, soportando carros, riadas, ejércitos como aquel. Y en el tercer tajamar, una grieta fina como un cabello que subía en diagonal y se perdía bajo el musgo.
—Va a aguantar —dijo a su lado el viejo Materno, que le había visto mirar—. Esa grieta tiene más años que tu abuelo. Los romanos no construían para una guerra. Construían para todas.
Teudila no respondió. Tenía veintitrés años, las manos llenas de cicatrices blancas de la cantera y un yelmo prestado que le venía grande y le resbalaba sobre las cejas. No era soldado. Era cantero, como Materno, como el padre de Materno; pero el rey había llamado a la hueste y un señor no distingue, cuando llama, entre el que sabe matar y el que sabe levantar un muro. A los que sabían levantar muros los ponían a abrir fosos, a apuntalar empalizadas, a cargar piedra. Los ponían, llegado el día, en la última fila, con una lanza que no sabían usar.
Aquella mañana, sin embargo, nadie pensaba en filas ni en oficios. Toda la hueste empujaba a la vez hacia el puente, deseosa de cruzar de una vez y acabar con dieciocho días de marcha y de miedo, y se apretaba en la garganta de piedra como se aprieta el agua en un embudo. Olía a estiércol de mula, a sudor de miles de hombres juntos, a metal caliente bajo el sol de julio. Y al otro lado del río, lejano pero ya audible por encima del rumor de la propia hueste, llegaba un sonido que Teudila no había oído en su vida: un golpeteo seco de tambores y un murmullo de voces en una lengua extranjera, los moros ordenándose sin prisa, esperándolos. Teudila no había visto un moro nunca. Iba a verlos aquella tarde más de cerca de lo que ningún hombre quiere ver a su enemigo. Apretó la lanza prestada que no sabía usar, miró aquel polvo del otro lado, y sintió en el estómago, por encima del miedo que ya traía de días, algo peor y más nuevo: el presentimiento de que aquella mañana tan hermosa, tan llena de pendones y de sol, iba a terminar de una manera que ninguno de los que cruzaban, tan seguros, tan numerosos, se atrevía siquiera a imaginar.
Delante de ellos, en la riada de hombres que cruzaba el puente, iban otros dos de la misma leva, y Teudila los conocía ya de las semanas de marcha como se conoce a la gente con la que se ha pasado miedo y hambre. Uno era Gello, un pastor de la sierra, un mozo de su edad, ancho de espaldas, con cara de no terminar de entender por qué lo habían sacado de sus cabras para ponerlo en aquello; rezaba en voz baja, sin parar, un padrenuestro tras otro desde el amanecer, como quien acarrea agua con un cubo agujereado y no se rinde. El otro era Frumario, un labrador ya entrado en años, viudo, que había dejado a tres hijos al cuidado de una hermana y que llevaba toda la marcha hablando del centeno, de la cosecha que se iba a perder, del grano que estaría granando en su era sin nadie que lo segara, como si nombrando la siega pudiera conjurar la batalla y devolverse a sí mismo a su tierra.
—Yo no sé ni cogerla —dijo Frumario de pronto, mirando su propia lanza como se mira una culebra que se ha metido en casa—. ¿Tú sabes, cantero? Dime la verdad.
—No —dijo Teudila.
—El viejo sabrá.
—El viejo tampoco —dijo Materno sin volverse, abriéndose paso—. El viejo sabe lo único que hay que saber hoy, que es dónde está este puente y de qué lado se corre cuando esto se tuerza. Lo demás, rezad, que para eso sí servís. Y vosotros dos, oídme bien: no os separéis de mí. —Lo dijo sin dramatismo, en el mismo tono con que habría dicho dónde dejar las herramientas al acabar la jornada, y por eso mismo se le creyó más que a cualquier capitán.
Gello dejó un momento sus padrenuestros.
—¿Y por qué se va a torcer, abuelo? Somos más. Lo dice todo el mundo.
Materno no contestó enseguida. Habían llegado al centro del puente, donde el río corría más hondo y más oscuro bajo los arcos, y el viejo se detuvo un instante, contra la corriente de la gente que empujaba por detrás, con la palma abierta sobre el pretil romano, sobre los sillares que cuatro siglos antes había escuadrado y asentado otro hombre de su mismo oficio, un hombre sin nombre, muerto hacía tanto que ni el polvo de sus huesos quedaba, y que sin embargo seguía allí, en cierto modo, sosteniendo a aquel reino que cruzaba sobre su trabajo sin saberlo. Teudila vio que el viejo cerraba los ojos un momento, como si la piedra le hablara, y no supo si rezaba a su manera o solo descansaba la mano sobre algo firme en una mañana en que todo lo demás temblaba.
—Porque todo el mundo dice lo mismo —contestó Materno al fin, reanudando el paso—. Esa es la razón, muchacho. Cuando en una hueste entera todos dicen lo mismo, es que ya nadie está mirando. Y el que no mira, cae. En la cantera y en la guerra es igual.
Al otro lado del puente, la llanura se abría hacia el sur, temblando de calor. El reino entero parecía estar allí. Pendones, mulas, el brillo sucio de mil cotas de malla bajo el sol de julio. En el centro, sobre un caballo blanco que no necesitaba ver dos veces para reconocer, cabalgaba el rey Rodrigo, y los hombres se volvían a su paso como las espigas se vuelven al viento. Era hermoso de ver. Teudila lo recordaría toda su vida: lo hermoso que era aquel ejército la última mañana en que existió.
—No me gusta —murmuró Materno.
—Somos más.
Índice · 37 capítulos
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