Sinopsis
Una generación después de la caída del reino godo, los fundadores han muerto y la peña sobre el Duero es una isla cristiana en una tierra que dos mundos quieren desierta: el rey del norte vacía la frontera a propósito, para que el enemigo no la aproveche, y el emirato recién nacido la bate con aceifas desde el sur. Resistir, sin que nadie de fuera repare en que existes, es el único oficio que de verdad importa.
Froila heredó de su padre la doble carga: terminar la muralla y guardar la corona salvada de Toledo, que ya no es un secreto que nadie sospecha sino una leyenda que corre de boca en boca por la frontera y atrae cazadores. Gundemaro es el señor, y no sabe que su propia sangre es la del enemigo bereber que un día asedió la peña: la legitimidad sobre la que se sostiene todo es, en su raíz, mestiza, y hay quien quiere usar esa verdad para descabezar la casa.
Mientras la hermandad jurada despierta de promesa a orden operativa y choca con la facción de los que pactaron, Velagra aguanta el siglo del desierto como semilla escondida. Porque la tierra que un rey mandó vaciar, algún día, otro querrá volver a llenarla; y entonces la peña ya estará en pie, esperando.
Las primeras páginas
1
Lo primero que aprendió Froila al hacerse maestro fue que la piedra no perdona la prisa, y que un hombre que manda en una obra manda, sobre todo, en su propia impaciencia.
Estaba aquella mañana en lo alto del andamio del lienzo norte, donde la muralla nueva todavía no llegaba a la altura de un hombre montado, recorriendo con la palma abierta la última hilada sentada el día anterior, sintiendo por el tacto lo que el ojo no siempre dice. Hacía frío todavía, un frío de marzo que se metía en las manos, y la luz rasante del amanecer alargaba las sombras de los sillares y engañaba al que mirase; por eso Froila no miraba: tocaba. Iba palmo a palmo, despacio, notando la junta, el canto, el asiento, hasta que la mano se le paró sola sobre uno de los bloques, sin que él supiera todavía por qué, igual que se para el pie en un peldaño que va a ceder antes de que la cabeza lo entienda. Se agachó. Golpeó el sillar con los nudillos, una vez, dos, y oyó lo que temía: un sonido sordo, un punto más hueco que el de los de al lado, el sonido de la piedra que no ha asentado y que tiene, debajo, una cama mal hecha, un espacio de aire donde tendría que haber mortero.
—Esta hay que sacarla —dijo, sin volverse.
A su espalda, en el tablado, el oficial que había dirigido la cuadrilla del día anterior, un hombre ya hecho que se llamaba Teudisclo, soltó por lo bajo un reniego de los suyos.
—Maestro, esa la asentamos ayer tres hombres y a mano. Pesa lo que un buey. Sacarla es perder el día.
—Perder el día es asentarla mal —contestó Froila, y lo dijo sin dureza, porque sabía que el otro tenía razón en lo del buey y ninguna en lo demás—. Un sillar que suena hueco hoy es una grieta dentro de diez años y un boquete dentro de cien, y el que la pague no habrá nacido todavía, y nos maldecirá a los dos sin saber nuestros nombres. Sácala. Y rehaz la cama entera, que no se diga que en este muro hubo prisa. —Se incorporó, le puso al oficial una mano en el hombro para quitarle el reproche de encima—. Lo de ayer no fue culpa de nadie. La piedra engaña. Por eso se toca al día siguiente, con la mano fría. Anda.
Tenía treinta y dos años Froila aquella mañana, y las manos de un cantero de cuarenta, agrietadas en los nudillos, con esa dureza córnea en las yemas que ya no notaba el frío de la piedra al amanecer. Lo del tocar antes de mirar lo había heredado de Teudila, muerto hacía siete inviernos, junto con todo lo demás que era suyo. «El ojo se engaña con la luz», le había dicho el viejo mil veces, de niño, dándole con el mango del puntero en los dedos cuando se fiaba de lo que veía, «la mano no.» Lo había enterrado él mismo, a Teudila, con sus dos maestros y con Ardón, en la falda de la peña, y había grabado en una esquina de la lápida, donde casi no se veía, la seña de la cadena, la marca que decía «uno de los nuestros» para quien supiera leerla dentro de mil años. No había día desde entonces en que no oyera la voz del viejo dentro de alguna decisión, y aquella mañana, viendo a tres hombres ponerse a desmontar a regañadientes una piedra de un buey por un palmo de aire mal relleno, la oyó otra vez, conforme, y le pareció que el muerto sonreía dentro de él con aquella sonrisa avara que tenía para las pocas cosas bien hechas.
Mientras los hombres se afanaban con la piedra mala, Froila se enderezó, se sopló las manos y miró, como hacía cada mañana antes de dar la primera orden del día, la peña entera bajo sus pies; y la peña, desde lo alto, era otra de la que él había conocido de niño. Donde de crío corría entre montones de ripio y ocas espantadas, ahora se alzaba la torre del homenaje, acabada hasta su último cuerpo, la obra de la vida de Teudila, cuadrada y oscura contra el cielo de marzo, con sus sillares trabados como dientes apretados.
Bajo la torre se apretaba el caserío, los tejados pardos unos contra otros como ovejas en el frío, el humo de las primeras lumbres subiendo recto en el aire quieto. La peña despertaba como despierta un pueblo que vive de su trabajo: se oía, llegando hasta el andamio amortiguada por la altura, la campana corta del monasterio llamando a prima, y por debajo, más cerca de la tierra, el repicar de Endura y su hermano en la fragua, que era el reloj de verdad de Velagra, el sonido al que se levantaba y se acostaba la peña desde hacía veinte años. Una recua de mujeres subía agua del manantial de arriba con los cántaros a la cadera; un zagal sacaba un hatajo de cabras hacia los pastos de la falda, dándoles voces; en la era, dos hombres trillaban a destiempo lo poco que había dado el último año. Más abajo, hacia el agua, en la curva que el río hacía abrazando la peña, verdeaban los huertos y la vega, los bancales que Munio el viejo había peleado palmo a palmo al monte y que ahora trabajaban sus hijos, y que daban de comer, con apuros, a cerca de seiscientas almas. Seiscientas. Cuando Froila nació no llegaban a cien.
Habían levantado un mundo. Lo más raro, lo que a Froila le costaba más entender de todo lo que Velagra había hecho, era que lo hubieran levantado sin que el mundo se enterara: que existiera una ciudadela como aquella, la mayor obra de piedra de la frontera desde que los romanos se fueron, y que en Toledo, en Córdoba, en las cortes lejanas donde unos hombres que nunca pisarían la peña decidían los destinos de todos, nadie supiera que estaba ahí. Vivían de eso. Vivían de no figurar en el cálculo de nadie, de ser una mancha que ningún rey ni ningún valí se molestaba en mirar, porque tomarla costaba más de lo que rendía y conquistar una pobreza no da gloria. Era una riqueza extraña, la de no tener nada que se viera; y Froila, que de oficio sabía lo que cuesta levantar y lo fácil que es derribar, había aprendido sin que nadie se lo dijera con palabras que aquella ignorancia ajena era un tesoro tan frágil como la corona que dormía bajo la torre, y que se gastaba, como ella, con solo nombrarlo.
Índice · 38 capítulos
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
- 6
- 7
- 8
- 9
- 10
- 11
- 12
- 13
- 14
- 15
- 16
- 17
- 18
- 19
- 20
- 21
- 22
- 23
- 24
- 25
- 26
- 27
- 28
- 29
- 30
- 31
- 32
- 33
- 34
- 35
- 36
- 37
- 38

