Portada de Hijos del Guadalquivir
El hacha y el arado · Novela histórica

Hijos del Guadalquivir

Una flota del norte ante las puertas de al-Ándalus

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Sinopsis

Año 844. Una flota vikinga curtida en años de saqueo remonta el Guadalquivir buscando la ciudad rica de la que hablan los cautivos: Išbīliya, la Sevilla del emir de Córdoba. La toman sin esfuerzo, porque no tiene murallas, y la saquean durante una semana de fuego. Pero su jarl, Hrafn Sigurdsson, ha empezado a ver en esta tierra de olivares y norias algo que no esperaba: no un botín, sino un sitio donde un hombre cansado de la guerra podría, por fin, echar raíces.

Frente a él, su hermano de juramento Bjorn el Rojo no concibe otra vida que la del hacha. Y cuando el ejército de Abd al-Rahman II cae sobre los hombres del norte en la llanura de Tablada, con caballería y fuego, la hueste rota tendrá que elegir entre tres caminos: volver al norte, seguir saqueando hasta que el mar los trague, o rendir las armas y quedarse a labrar la tierra que vinieron a quemar.

Inspirada en el asalto normando real al Guadalquivir y en los vikingos que, según las crónicas árabes, se convirtieron y se quedaron a vivir en las marismas, una novela sobre la identidad, el precio de la violencia y la pregunta que cambia una vida: ¿eres lo que has sido o lo que eliges ser?

Las primeras páginas

Humo a popa

El humo se quedaba atrás como una promesa cumplida, y Hrafn Sigurdsson no sentía nada.

Estaba de pie junto al mástil, una mano en la driza áspera de cuero de morsa, mirando la costa franca que se hundía despacio bajo la línea del mar. De allí salía aún una columna negra, ancha en la base, deshilachada arriba. El viento la cogía y la repartía sobre el agua gris. Era una aldea. Había tenido un nombre que ninguno de ellos sabría pronunciar nunca, un campanario, un puñado de casas de adobe y madera junto a un vado. Ahora era solo aquello: una mancha que ensuciaba el cielo del amanecer. Sus hombres la habían tomado en menos tiempo del que tardaba en hervir un caldero.

A su alrededor, en la cubierta abierta del Cuervo del Mar, los guerreros celebraban. Eystein había sacado un cuerno de aguamiel salvado del saqueo, dulce y caliente, y se lo pasaban de mano en mano entre risas. Kalf se había colgado del cuello una cruz de plata más grande que su puño, arrancada de algún altar, y bailaba con ella balanceándose como una mujer enjoyada. Los demás aullaban. Había rollos de paño teñido, un cofre de monedas que aún no habían contado, sacos de grano, tres cautivos jóvenes atados a la borda con la cabeza baja. Buen botín para una sola mañana. Los hombres estaban contentos, y tenían razón para estarlo. Hrafn los miraba como se mira a unos niños desde una orilla a la que ellos todavía no han llegado.

Había hecho esto durante veinte años. Había prendido fuego a más techos de los que podía recordar. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el olor de la madera quemada le encendía algo en el pecho, una especie de hambre satisfecha. Ahora solo olía a humo. El humo le picaba en la garganta y le recordaba que tenía sed, y eso era todo.

—Treinta y dos monedas de oro, jarl, y eso sin pesar la plata.

Gorm se había acercado por la espalda con el sigilo de los viejos timoneles, que aprenden a moverse por una cubierta sin hacerla cabecear. Tenía la barba blanca pegada a la cara por la espuma y los ojos pequeños, hundidos, siempre entornados como si leyera algo escrito en el horizonte.

—Bien —dijo Hrafn.

—Bien, dice. —Gorm escupió por la borda—. Los hombres llevan tres lunas remando por una costa que llueve sal y obispos pobres. Esto es lo primero que brilla de verdad. Podrías sonreír un poco. Les sienta bien ver sonreír al que manda.

Hrafn no apartó la vista del humo.

—¿Para dónde nos lleva el viento, Gorm?

—Al sur, si lo dejas. Lleva al sur desde hace una semana, como si quisiera algo.

—Entonces vamos al sur.

El viejo lo miró de lado, un instante demasiado largo, y luego volvió a su puesto en la popa sin decir nada más. Gorm sabía cuándo callar. Era una de las pocas virtudes que Hrafn valoraba ya sin reservas en un hombre.

Hacia el sur. La palabra le rodaba en la boca como un guijarro. En el norte, de donde venían, el mundo era una cosa que se entendía: roca y hielo y un mar que mataba, fiordos estrechos donde la tierra buena cabía en el hueco de una mano. Había que pelear por ella con el vecino, con el hermano, con el hambre del invierno. Allí un hombre era lo que su brazo arrancaba. No había otra ley, ni hacía falta. Hrafn había crecido en esa ley, la había servido, la había impuesto a otros con el hierro, y durante mucho tiempo le pareció la única que el mundo conocía.

Después había muerto Gunnhild.

No en la guerra. Eso habría tenido sentido, lo que tienen de sentido las cosas del norte: una incursión, una flecha, el fuego, una muerte de pie. Gunnhild había muerto en la cama, ardiendo de fiebre, con el pequeño Eirík ardiendo a su lado. Los dos en tres días, mientras él estaba en el mar robándole a otra gente cosas que después no le sirvieron de nada. Volvió a una casa que olía a enfermedad y a cal apagada. Enterró a su mujer y a su hijo bajo el mismo túmulo de piedras. Desde entonces había en él un sitio frío que ninguna hoguera calentaba. Tenía treinta y ocho inviernos. Le quedaban, si los dioses eran generosos, otros diez o doce de remo y de hacha, y luego sería un viejo junto a un fuego ajeno, contando a unos niños que no eran suyos las cosas que había quemado. Esa era la herencia de un hombre del norte que no muere joven. Esa, y un túmulo.

—Otra vez mirando el humo. —La voz era de Bjorn.

Su hermano de juramento subió la cubierta a grandes zancadas, descalzo sobre las tablas mojadas, la melena roja todavía oscurecida de sangre seca en una punta, y se plantó a su lado con esa manera suya de ocupar el espacio que tenía desde niños. Bjorn no estaba simplemente en un sitio: lo tomaba. De crío era igual. Se metían los dos en el agua helada del fiordo a ver quién aguantaba más. Hrafn aguantaba siempre un poco más, pero era Bjorn el que salía riendo y el que todos recordaban.

—Miro la costa —dijo Hrafn.

—Miras lo que dejamos. Yo miro lo que viene. —Bjorn le dio una palmada en el hombro, fuerte, cariñosa, una palmada que en otro habría sido un golpe—. Y lo que viene es mejor, hermano. Lo huelo. Esto de aquí —señaló la columna de humo con la barbilla, despectivo—, esto son obispos flacos y campesinos que rezan a un dios clavado. Calderilla. Hay tierras más abajo donde las ciudades son de plata y los reyes se untan las barbas de aceite. Lo dicen todos los que han ido.

—Lo dicen los que vuelven —dijo Hrafn—. De los que no vuelven no sabemos qué dicen.

Bjorn se rió, una carcajada abierta que hizo que dos de los hombres levantaran la cabeza y sonrieran sin saber de qué. Esa era otra cosa que tenía: la risa se le contagiaba a la hueste como la fiebre, pero al revés, una fiebre que daba fuerzas.

—Siempre tan alegre, tú —dijo Bjorn—. Ese es tu don, hermano. Yo enciendo a los hombres y tú los enfrías para que no se quemen solos. Por eso ninguno de los dos manda bien sin el otro.

Era verdad, y los dos lo sabían, y por eso lo decían en voz alta sin que costara. Veinte años de remo en el mismo casco. Bjorn le había sacado a Hrafn una lanza del muslo con los dientes en una playa de Frisia mientras los sajones cargaban. Hrafn le había roto a un hombre la espalda con un remo por encima de la cabeza de Bjorn caído. Se debían la vida tantas veces que ya no llevaban la cuenta. La hermandad de juramento era más vieja que cualquier otra cosa que Hrafn tuviera. Más vieja que su matrimonio, más vieja que su nombre de jarl. Pensaba a veces que era lo único que el túmulo del norte no le había quitado.

Índice · 61 capítulos
  1. Humo a popa
  2. La lengua de los cautivos
  3. Trece días frente a Lisboa
  4. Sal y olivares
  5. La barra
  6. Yusuf de Išbīliya
  7. La isla de fango
  8. Emisarios
  9. El intérprete
  10. Coria
  11. Lo que se ve desde el agua
  12. El día sin murallas
  13. Carmona
  14. Botín
  15. La casa del escribano
  16. Siete días de fuego
  17. Sven y Sancha
  18. El dios ajeno
  19. Rehén
  20. El reparto
  21. Lo que cuesta una ciudad
  22. Polvo en el horizonte
  23. Río arriba
  24. La víspera del Rojo
  25. Fuego del cielo
  26. Lo que Leifa vio
  27. Las palmeras
  28. El recuento
  29. El cerco se cierra
  30. La fiebre de las marismas
  31. La voz por fin
  32. Bandera blanca
  33. La gacela
  34. Los tres caminos
  35. Hermanos
  36. La separación de las naves
  37. El mar de Bjorn
  38. Rendir el hierro
  39. El barro y la semilla
  40. El que no perdona
  41. Yusuf elige
  42. La crecida
  43. La boda y el hambre
  44. El primer mercado
  45. El olivo de Bjorn
  46. La noche más larga
  47. La gacela vuelve
  48. Las murallas nuevas
  49. La tumba primera
  50. Hakam vuelve
  51. Leifa
  52. Velas en la barra
  53. El queso de los del norte
  54. El que lo guardó
  55. La gacela regresa
  56. El último invierno
  57. El entierro del cuervo
  58. La última de los lobos
  59. La piedra y el anillo
  60. La huella en el agua
  61. Hijos del Guadalquivir

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