Sinopsis
Año 859. Quince años después de que una hueste del norte saqueara Sevilla, una nueva generación de vikingos arma la flota más grande que se ha botado jamás: sesenta y dos naves, dos mil hombres, al mando de Hastein y de Björn Costado de Hierro. Bajan a repetir el saqueo, ciegos a que el sur, precisamente por aquel saqueo, ya no es la tierra abierta de las viejas canciones, sino una costa erizada de murallas nuevas, naves de guerra y un fuego que arde sobre el agua y no se apaga.
Entre los dos mil rema Geir, un muchacho que lleva dentro, desde niño, un cuento que nadie más recuerda: el de un jarl que una vez cruzó este mismo mar a coger y se quedó a plantar un olivo, y fue feliz. Mientras la flota recorre Iberia a sangre y fuego (el Guadalquivir cerrado, Algeciras ardiendo, las Columnas de Hércules, el rey de Pamplona vendido por su peso en oro) y se acerca, cargada y soberbia, a la trampa del Estrecho, Geir tendrá que decidir lo más difícil que se le puede pedir a un hombre del norte: bajarse del barco a tiempo.
Anclada en la expedición vikinga real de 859-861 que las crónicas árabes (Ibn Hayyan) recogieron, una novela sobre la ceguera de la fuerza, el precio de no saber parar, y la única victoria que el mar no se lleva: la de quedarse.
Las primeras páginas
El espigón del Loira
Geir había contado las naves tres veces, y las tres le había salido un número distinto, porque eran demasiadas para contarlas y porque las manos le temblaban de algo que no era miedo.
Estaba en el espigón de piedra que los hombres del Loira habían ido levantando a lo largo de los años en su isla del río, una lengua de tierra baja y mojada que no era del norte ni del sur, que no era de nadie más que de ellos, los que habían dejado de pertenecer a un sitio para pertenecer al agua. Llevaban allí dos generaciones, los del Loira, desde que un puñado de barcos del norte subió el río franco una vez y, en vez de volverse, se quedó. Y de aquel puñado había salido aquello: una comunidad de gente de mar en mitad de un río ajeno, ni del todo del norte ni del todo de Francia, que vivía de lo que el río y la costa le daban y, sobre todo, de lo que iba a coger lejos. No araban. No casi. Eran lobos con base, una manada con guarida fija. Y la guarida estaba aquella mañana más llena que en toda la vida de Geir, porque de todo el norte habían bajado barcos a juntarse a ella, atraídos por un nombre y por un cuento.
Desde el espigón se veía la flota entera fondeada en la corriente lenta del estuario, mástiles desnudos como un bosque quemado, cascos negros de brea meciéndose en la marea baja, y en cada proa, mirando río abajo hacia el mar abierto, la cabeza de un animal: dragones, sierpes, lobos, una cabra de cuernos retorcidos, un cuervo de pico abierto, un caballo de crines talladas. Sesenta y dos quillas, decían los que sabían contar mejor que él. Más de las que ningún hombre vivo recordaba haber visto juntas. Dos mil remos. Dos mil hachas. Y entre todas aquellas hachas, una era la suya, una sola, perdida entre las dos mil. Por eso, mirándolas, a Geir le temblaban las manos: porque era a la vez la cosa más grande de la que había formado parte y la prueba de lo pequeño que era él dentro de ella.
Tenía veinte inviernos y no había matado todavía a nadie que le importara recordar. Había remado en correrías cortas por la costa franca, había prendido fuego a un par de aldeas de las que no le quedaba en la memoria más que el olor y el ruido, había cargado sacos de grano ajeno y, una vez, un cáliz de plata que se cambió en el mercado del Loira por una vaca y dos cabras. Eso era todo lo que Geir sabía de la guerra: lo justo para creerse un hombre y lo bastante poco para creer aún que la guerra era una buena manera de serlo. Lo que tenía delante, en cambio, no era una correría de las suyas. Era otra cosa. Era la flota más grande que el norte había botado nunca, y bajaba al sur, a una tierra de la que los viejos hablaban como se habla de un sueño: una tierra de ciudades de plata y de ríos calientes y de un oro tan fácil de coger que casi daba vergüenza agacharse a recogerlo.
Llovía un poco, una llovizna fina de río del norte, y el agua le corría a Geir por el pelo y por el cuello, y él ni la sentía, de tan absorto como estaba mirando las velas. A su alrededor, en el espigón y en la orilla, hervía la vida de la víspera de una gran partida: hombres cargando barriles de agua y de cerveza, sacos de grano salado, pescado seco, haces de flechas, lanzas de repuesto; mujeres despidiéndose de los suyos con esa entereza dura de las mujeres del norte, que no lloran delante de un hombre que se va a coger porque llorar trae mala suerte; críos corriendo entre las piernas de todos, jugando ya a la guerra que sus padres iban a hacer de verdad; perros ladrando; el martilleo de los últimos arreglos en los cascos; el olor a brea caliente, a salazón, a humo, a cuerda mojada. Geir lo respiraba todo, y lo miraba todo, con la avidez del que sabe que está viviendo un día que va a recordar el resto de su vida, sea esa vida larga o corta.
—¿Las cuentas? —dijo Steinar a su lado, sin mirarlo, masticando una tira de pescado seco con los pocos dientes que le quedaban buenos.
—Sesenta y tantas —dijo Geir—. Me pierdo.
—Sesenta y dos. —Steinar escupió una espina al agua parda—. Y cada una con su jarl, su orgullo y su ración de imbéciles. La mitad se ahogará antes de ver una moneda. La otra mitad volverá rica. Reza por estar en la mitad buena, chico, que de eso no decides tú.
Steinar tenía el doble de años que Geir y la mitad de palabras. Era un hombre ancho de espaldas y corto de cuello, con una barba gris cortada a cuchillo cada pocas semanas, sin cuidado, y una cicatriz vieja que le partía la ceja izquierda y le bajaba hasta el pómulo, dejándole aquel ojo siempre medio cerrado, como si estuviera calculando algo. Lo calculaba todo. Calculaba el viento, la marea, el peso de un fardo, la fuerza de un hombre, el precio de un cautivo, lo que iba a durar una pelea antes de que empezara. Había recogido a Geir de niño, cuando el padre del muchacho se quedó en el fondo de un río franco con una flecha en la garganta, en una de aquellas correrías que salían mal, y lo había criado a su manera, que no era ninguna: le había puesto un remo en las manos a los siete años y le había dicho que tirara. Y de tirar había aprendido Geir todo lo que sabía del mundo. No era su padre. No era su tío. No le había dado nunca una palabra blanda ni una caricia, ni se la habría dado aunque le fuera la vida en ello, porque Steinar no sabía. Era el hombre que lo había hecho fuerte sin tomarse el trabajo de quererlo, o queriéndolo de una manera tan tosca y tan callada que costaba distinguirla de la indiferencia, y que solo se le notaba en las cosas pequeñas: en que siempre le guardaba a Geir el mejor sitio en el banco de remo, el del centro, donde menos rompía el agua; en que le había enseñado, sin decir que se lo enseñaba, a leer el mar y a no tener miedo y a callar cuando había que callar. Geir lo seguía como se sigue a lo único que se tiene. Y lo quería, también de una manera tosca y callada, como se quiere a una montaña: sin esperar que la montaña te quiera de vuelta.
Índice · 42 capítulos
- El espigón del Loira
- El cuento del manco
- Los hombres de la Sierpe
- Hastein y el de Hierro
- Mar abierto
- La costa de los reyes pequeños
- El primer cautivo
- Lo que sabe Servando
- La boca del Tajo
- El río grande
- La ciudad que aprendió
- La isla de los conversos
- Las Columnas
- Algeciras
- El otro mar
- Halvar
- Los hombres negros
- La isla del monasterio
- La treta de Hastein
- El río de los vascones
- Los rehenes
- La tormenta
- Lastre
- Lo que quedó
- El que se baja del barco
- Tierra adentro
- El extraño
- El camino del norte
- El humo en el Estrecho
- Los de la Sierpe
- Columba
- El olivo
- Hijos del sur
- El año del hambre
- Recaredo
- La sangre que tira
- La boda de Eulalia
- El escribano sin patria
- El escribano vuelve
- El que volvió
- Valió la pena
- El que se bajó del barco

