Novela independienteVentana de lanzamientoportada en preparación
Novela independiente · Ciencia ficción

Ventana de lanzamiento

Una novela sobre la hora exacta de decir no

Próximamente
Aún no publicado · próximamente en Amazon

Sinopsis

La cita es inamovible. Cada veintiséis meses, la mecánica del sistema solar abre durante tres semanas la única puerta por la que se puede salir hacia Marte; perderla significa esperar dos años más, y dos años más es lo que ninguna agencia, ningún gobierno y, sobre todo, ninguna empresa privada endeudada hasta el cuello puede permitirse. A nueve días del cierre de esa ventana, con la tripulación ya en órbita y la nave lista, una ingeniera descubre en los datos de un sensor una oscilación que casi todos prefieren llamar ruido.

Pero Inés Vidal mira el ruido en lugar de la curva, y lo que encuentra no es ruido: es un fallo que no se manifestará ahora, sino dentro de siete meses, en el único encendido del viaje que no admite una segunda oportunidad, con seis personas a bordo y un planeta entre ellas y cualquier rescate.

Lo que sigue son nueve días de guerra por una sola pregunta: ¿se lanza o no se lanza? La directora de vuelo Paula Ríos tiene la autoridad y la firma para detenerlo todo. El CEO Marcos Lieberman, cuya empresa muere si hay aplazamiento, empuja para no «sobre-reaccionar». Y arriba, el comandante Daniel Krauss, que daría la vida por pisar Marte, descubre que querer ir mucho no es lo mismo que aceptar cualquier riesgo.

Un drama técnico pegado a la realidad, contado a ritmo de control de misión, sobre el choque entre la prudencia científica y la prisa política, y sobre el valor —y el precio— de decir «no» cuando todo el sistema te empuja a decir «sí».

Las primeras páginas

Cuenta atrás simulada

El reloj de la pared marcaba menos cuatro minutos cuando Paula Ríos decidió que iba a parar la cuenta.

No lo dijo todavía. Lo decidió. Había una diferencia, y en aquella sala todo el mundo había aprendido a leerla en la quietud de sus hombros: cuando la directora de vuelo se erguía un grado y dejaba la taza de café sin tocar, alguien estaba a punto de pasar un mal rato.

—GUIDO, repíteme el último check de guiado.

La voz salió plana, sin subir de volumen. No le hacía falta. La sala de control de vuelo era un anfiteatro en penumbra de cuatro filas de consolas en Madrid, treinta personas con auriculares, y la acústica estaba diseñada para que la voz del director de vuelo llegara a cada puesto sin levantarse. Las pantallas grandes del frente derramaban columnas de telemetría sobre las caras: verde casi todo, ámbar lo justo para que nadie se durmiera. En el centro, sobre el muro, el reloj de cuenta atrás bajaba en rojo. T menos 00:03:51. 50. 49.

Era una simulación. Todos lo sabían. Hacía once días que lo sabían, porque llevaban once días ensayando aquella misma cuenta atrás una y otra vez con fallos inyectados por el equipo de entrenamiento, que se sentaba en una sala aparte y disfrutaba inventando maneras nuevas de arruinarles el día. Hoy tocaba un ensayo limpio, sin fallos, una repetición de rodaje para que los reflejos no se oxidaran a falta de nueve días para lo de verdad. Nadie esperaba que pasara nada.

Por eso Paula iba a parar la cuenta.

—Guiado nominal, vuelo —respondió el operador de GUIDO, un chico de poco más de treinta que se llamaba Bernal y que llevaba dos años en la consola—. Estado verde en las tres unidades inerciales. Última actualización de efemérides cargada hace… —titubeó medio segundo— hace cuarenta segundos.

—¿La cargaste tú?

—La cargó el sistema, vuelo. Automático.

—¿La verificaste tú?

Silencio de un latido. En el silencio se oyó el zumbido de los racks, el ventilador de un servidor, el chasquido de alguien apoyando un bolígrafo. Yusuf al-Tahan, en la consola de CAPCOM dos puestos a la derecha, dejó de hablar con la tripulación simulada y giró la cabeza una pulgada.

—La di por buena, vuelo —dijo Bernal—. El sistema marcó verde.

—El sistema marca verde porque le dijiste que estaba bien o porque está bien. No es la misma cosa. —Paula no había levantado la voz ni un punto, y precisamente por eso costaba escucharla sin sentir frío en la nuca—. Hold. Detén la cuenta. T menos tres treinta y dos.

El operador de FIDO, sin esperar instrucción, congeló el reloj. T-00:03:32 se quedó clavado en rojo en lo alto del muro como una herida que no termina de cerrarse. La sala entera, que un segundo antes corría hacia el cero, se frenó en seco. Treinta personas mirando un número parado.

—Esto es un sim, Paula —dijo una voz desde el fondo. Era el supervisor de entrenamiento, que asomaba por la puerta acristalada con un café en la mano y media sonrisa—. No le habíamos metido nada.

—Lo sé. —Paula no se volvió—. Bernal, escúchame bien, porque esto es lo único que vas a sacar de la simulación de hoy y vale más que las once anteriores juntas. La efeméride que el sistema cargó automáticamente hace cuarenta segundos tiene un error de paridad en el tercer bloque. Lo he visto en mi resumen hace dos minutos. Es un bit. Un bit en una tabla de posiciones que el guiado usaría para apuntar el encendido. En un sim no importa, porque el sim no va a ninguna parte. Dentro de nueve días, ese bit apunta una nave con seis personas dentro un cuarto de grado de donde debe ir, y un cuarto de grado a la salida son miles de kilómetros a la llegada. ¿Lo viste?

—No, vuelo.

—¿Por qué?

—Porque el sistema marcó verde.

—Porque el sistema marcó verde —repitió ella, y ahora sí, por primera vez, algo en su voz se ablandó un milímetro, lo justo para que no fuera una ejecución sino una lección—. El sistema no vuela la misión. El sistema te da datos. Tú vuelas la misión. Si el día de verdad alguien en esta sala da algo por bueno porque una luz estaba verde, prefiero saberlo hoy. ¿Está claro para todos o solo para Bernal?

—Claro, vuelo —respondió la sala, no a coro pero casi.

Paula por fin cogió la taza. El café estaba frío. Lo bebió igual.

—Recarguen la efeméride. La buena. Verifíquenla a mano. Reanudamos en cuanto GUIDO me diga que la ha mirado con los ojos y no con el dedo. Tómate el tiempo que necesites, Bernal. El reloj puede esperar todo lo que quiera; es lo único en esta misión que no le cuesta dinero a nadie estar parado.

Eso último no era verdad, y todos lo sabían, pero hoy era un sim y hoy se permitía.

Mientras Bernal trabajaba, Paula se permitió diez segundos de mirar la sala como si no fuera suya. Las cuatro filas en herradura, los nombres de las consolas en placas iluminadas, GUIDO, FIDO, PROP, BIOMED, ECOM, CAPCOM, FLIGHT en el centro, que era ella, los rostros más jóvenes de lo que la gente imaginaba cuando pensaba en una agencia espacial, porque los viejos del oficio o se habían jubilado o estaban como ella, en el centro, sin tocar una consola y cargando con todas a la vez. Siete años. Siete años de su vida en aquella herradura de consolas, y ahora nueve días para saber si habían servido para algo.

A la izquierda del reloj de cuenta atrás había otro reloj, más pequeño, que casi nadie miraba ya porque dolía mirarlo. No contaba hasta el lanzamiento. Contaba la ventana. El tiempo que quedaba abierta la única puerta por la que se podía salir hacia Marte aquel año, aquella década, antes de que la mecánica del sistema solar la cerrara y obligara a esperar veintiséis meses a que volviera a alinearse. Marcaba nueve días, catorce horas y algunos minutos que iban cayendo de uno en uno y no volvían.

Veintiséis meses. Paula tenía cuarenta y nueve años. No le sobraban los veintiséis meses, ni a ella ni a nadie, ni a la nave que ya estaba arriba ni al hombre que la había pagado a medias y que ahora, en su despacho de cristal a mil kilómetros de allí, debía de estar haciendo la cuenta de cuánto le costaba cada uno de aquellos segundos parados.

—Vuelo, GUIDO —dijo Bernal—. Efeméride buena cargada y verificada a mano. Tres unidades inerciales en acuerdo. El error de paridad estaba en el tercer bloque, como dijiste. Lo he visto. Con los ojos.

El libro completo, próximamente en Amazon
Índice · 81 capítulos
  1. Cuenta atrás simulada
  2. El sensor que nadie mira
  3. Arriba
  4. El hombre que no puede esperar
  5. Margen
  6. La sala de los relojes
  7. Interagencias
  8. La demostración
  9. Lo que aguanta un cuerpo
  10. La mesa de los que no miran motores
  11. Estudiarlo cuesta días
  12. El encendido de prueba
  13. Dentro de rango, fuera de sitio
  14. Lo que dice y lo que calla un número
  15. El precio de un día
  16. Reconstruir el fantasma
  17. Arriba se enteran
  18. La lata
  19. Ada
  20. El expediente de hace dos años
  21. La firma de Tomás
  22. El cuerpo de la duda
  23. El que transmite
  24. Riesgo cuantificado
  25. La gente del banco
  26. La prensa huele
  27. El ingeniero de la 117
  28. Modelar el peor caso
  29. Hannah
  30. La prueba que lo zanja
  31. El encendido que parte el equipo
  32. El mismo fuego, dos lecturas
  33. Dos lecturas del mismo fuego
  34. La que para la fiesta
  35. La oferta de Marcos
  36. ¿Abortar a doscientos millones de kilómetros?
  37. El otro perfil
  38. Lo que Paula nunca contó
  39. El aborto, mil veces
  40. Tomás elige
  41. La voz de los que se la juegan
  42. El consorcio decide cómo decidir
  43. La noche de Marcos
  44. Go / No-Go
  45. T-1
  46. Los que se quedan
  47. Acople
  48. La cuenta atrás real
  49. Encendido
  50. Trayectoria
  51. Lo que se perdió
  52. El crucero
  53. El mes que no se cuenta
  54. El sensor que se quemó
  55. El reloj que cambió de oficio
  56. La deriva
  57. La comisión
  58. La espera con margen
  59. Marte deja de ser una estrella
  60. La galería
  61. El último test
  62. La cuenta atrás de inserción
  63. Once minutos
  64. En la sombra
  65. El otro lado de Marte
  66. El titular que tocaba
  67. Lo que ganó perdiendo
  68. Lo más pequeño y lo más real
  69. La cuenta de Tomás
  70. La que miró el ruido
  71. El descenso
  72. El primer sol
  73. Vivir en Marte
  74. La segunda tanda
  75. La voz que sobraba
  76. El número de Renata
  77. El reloj que se apaga
  78. La siguiente ventana
  79. El precio que nadie llora
  80. Otro ruido en otra curva
  81. Ventana de regreso