Sinopsis
Sinopsis en preparación.
Las primeras páginas
Domingo, lejos
El camarero se llama Aníbal y los domingos lleva una camisa blanca que su mujer le plancha la noche antes, y cuando me ve llegar ya está bajando el toldo de mi esquina, la del rincón, la que da la espalda a la pared y la cara a la plaza entera, porque hace tres años que vengo aquí y nunca, ni una vez, me he sentado de otra manera, y un buen camarero aprende esas cosas sin preguntar.
—Don Ángel —me dice—. ¿Lo de siempre?
—Lo de siempre, Aníbal. Y dele recuerdos a su señora.
Me siento. La silla es de mimbre y cruje, y el sol de media mañana me da de lleno en la cara, y yo lo dejo, lo dejo caer encima como un perro viejo que ya no espera nada del día más que esto, el calor, el ruido bajo de la gente, el olor a carne en las parrillas de las casas de alrededor y a tierra mojada de la lluvia de anoche. Huele distinto que Madrid. Todo aquí huele distinto, y hubo un tiempo, los primeros años, en que ese olor distinto me dolía como una traición; ahora ya no. Ahora es solo domingo.
Marta lleva a Dani de la mano hasta la fuente. El niño tiene ocho años y la camiseta de un equipo cuyo nombre todavía no sé pronunciar sin que se me note de dónde vengo, y a mitad de camino le suelta la mano a su madre y sale disparado detrás de una pelota que no es suya, con esa entrega entera, sin reserva, que solo tienen los críos que no han visto nunca nada malo. Aníbal me trae la cerveza. Le doy las gracias por su nombre, despacio, mirándolo a los ojos, y él se va contento, y yo me quedo con el vaso frío en la mano pensando, como pienso casi cada domingo, que ese es el lujo más grande que he comprado en mi vida y el que más caro me ha salido: poder ser educado sin que detrás de la buena educación haya otra cosa esperando.
Porque me había salido bien. Esa es la verdad que más me cuesta decir, más que ninguna de las que vienen después. Me había salido bien. Una mujer que me quería sin saber a quién quería. Un hijo que se reía con la boca llena. Un almacén aburrido y limpio donde firmaba albaranes de papel, como mi padre, vuelta a empezar la sangre por lo limpio aunque fuera tarde. Y un nombre nuevo al que ya respondía sin pensar, hasta soñando. Me había convertido, a los treinta y nueve años y al otro lado de un océano, en el hombre de bien que mi padre quiso hacer de mí y no pudo. Tarde. Por el camino más sucio que hay. Pero lo era. Aquel domingo, con la cerveza sudando en la mano y el niño celebrando un gol entre dos macetas, yo era un hombre de bien.
Y entonces levanté la vista de la espuma y vi la cara.
Estaba al otro lado de la plaza, junto al quiosco de prensa, quieto. Camisa clara de las de aquí, una de esas guayaberas, y unas gafas de sol que no engañan a nadie que sepa mirar, porque un hombre se pone gafas de sol para que no le vean los ojos, y el que no quiere que le vean los ojos es justo el que está mirando algo que no debería. No me miraba a mí. Y eso fue lo que me heló la sangre por debajo, despacio, como entra el frío por una rendija: que no me miraba a mí. Miraba a Dani. Miraba a mi hijo correr detrás de una pelota ajena con la paciencia exacta, medida, profesional, con la que se mira lo que uno ha venido de muy lejos a ver. Yo conozco esa mirada. La he tenido yo. Se la he enseñado a otros. Un hombre que de verdad cruza una plaza mira las cosas un segundo y sigue su camino; aquel hombre llevaba allí el tiempo que se está cuando se trabaja.
No me levanté. No me tembló la mano, tampoco, y eso, te lo juro, me dio más miedo que él, porque significaba que lo de dentro seguía intacto. Dormido todos estos años, sí, pero entero, esperando, como esperan los perros que no ladran. Bebí. Despacio. Le devolví el saludo a Marta, que desde la fuente me hacía señas con las dos manos para que mirara, para que viera el gol del niño, y yo miré, y sonreí, y le levanté el pulgar a Dani, que celebraba con los brazos abiertos como un hombrecito, y todo eso lo hice con la cara de la mañana, perfecta, mientras por dentro, en un sótano que yo creía clausurado, alguien encendía una luz. Cuando volví a buscar el quiosco con los ojos, despacio, sin prisa, el hombre de la guayabera ya no estaba.
Aquella noche no dormí. Y no fue por miedo, quiero que quede claro desde el principio, porque el miedo lo perdí muy pronto y de muy mala manera y ya casi no me visita. No dormí porque a las tres de la mañana, con Marta respirando hondo a mi lado, entendí una cosa con esa claridad fea que solo tienen las cosas a las tres de la mañana: que se había acabado. Que el océano no había servido de nada. Que alguien, en algún sitio, me había encontrado, y que no había mandado a un hombre a pegarme un tiro en la plaza, que habría sido lo fácil, sino a mirar a mi hijo correr detrás de una pelota. Para que yo lo supiera. Para que pasara una noche como esta. Porque el que solo quiere matarte, te mata; el que primero te enseña que puede tocar a tu niño es alguien que no quiere tu muerte, quiere tu castigo, y la diferencia entre esas dos cosas es toda mi vida, y la aprendí, como casi todo, demasiado tarde.
Marta dormía boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama, como duerme desde hace doce años, confiada, ajena, a salvo en una mentira que le he construido yo piedra a piedra. La miré mucho rato en la oscuridad. Pensé que tendría que despertarla y contárselo, y en el mismo pensamiento supe que no se lo iba a contar, igual que no le he contado nada en doce años, porque protegerla siempre ha sido, antes que nada, protegerla de mí. Pensé en Dani, dormido en el cuarto de al lado. Pensé en una niña que ya no es una niña, lejos, en una isla que no sé, de la que solo me llega de tarde en tarde un correo que no dice nunca dónde está, igual que el mío no dice dónde estoy yo. Y pensé en los muertos. No en los de la competencia, esos nunca; esos fueron siempre números, y así los dejo. Pensé en los míos. En los de mi barrio, en los de mi quinta, en los que enterré de uno en uno con un nudo aquí, en la garganta, con esta misma educación con que esta mañana le he pedido la cerveza a Aníbal, mientras con las mismas manos seguía repartiendo por mi barrio lo que los iba matando.
Índice · 53 capítulos
- Domingo, lejos
- El exiliado
- El niño bien
- La quinta
- Pillar
- El primer muerto
- No pasa nada
- Los recados
- Vero
- El Oso
- El frío
- El nombre
- La noche larga
- La cicatriz
- El primer aviso
- La noche es nuestra
- El agujero
- El viaje
- Las mesas
- El socio de día
- La guerra
- El inspector
- El chivato
- El que no habló
- Amparo
- La niña
- Mi padre
- Marta
- Los domingos
- La libreta
- El de confianza
- La quinta que falta
- El que se salvó
- Los del este
- El ensayo
- Algo no cuadra
- La última Nochebuena
- El trabajo sencillo
- Lo que le hicieron al Oso
- Quiero salir
- La matanza
- El accidente
- Cada uno a su agujero
- Lejos
- El idioma nuevo
- El correo de Amparo
- La tumba
- El reloj de oro
- El primo
- El muerto
- El careo
- Alba
- Domingo, cerca