Sinopsis
La cápsula *Arandela* termina cinco meses en órbita y emprende el regreso rutinario a la Tierra con tres personas a bordo. A los pocos minutos del desacople, un micrometeorito del tamaño de un guisante impacta contra el borde del escudo térmico: justo en la única zona que ningún sensor cubre. El golpe es breve, casi un chasquido. Las alertas se encienden y se apagan. Parece nada.
No es nada. Si el escudo cede durante la reentrada, la cápsula se desintegra con todos dentro, y nadie puede verlo: no hay cámara que apunte ahí, no hay forma de salir a mirar, solo datos que mienten y un reloj que corre hacia la única ventana de descenso que la órbita concede.
El comandante Sergio Vega, la especialista en navegación Clara Muñoz y el ingeniero Ibrahim Sissoko tienen que decidir, junto a una sala de control dividida, entre el perfil estándar -y rezar- o una reentrada que nadie ha volado nunca, calculada sobre la marcha, ejecutada a ciegas en el blackout del plasma. Cada opción puede salvarlos o condenarlos. Ninguna es segura.
Un thriller técnico casi en tiempo real sobre la fragilidad humana frente a una física que no negocia, y sobre las decisiones imposibles que se toman cuando equivocarse significa morir.
Las primeras páginas
La Tierra desde arriba
La Tierra no cabía en la ventanilla. Eso era lo primero que dejaba de sorprender y lo último que se olvidaba: que el planeta entero, los siete continentes, los océanos, la atmósfera completa con todo lo que respiraba dentro, no entraba en un círculo de cristal de treinta centímetros. Sergio Vega llevaba ciento cuarenta y siete días mirando por aquel ojo de buey y todavía no había encontrado el ángulo desde el que la Tierra pareciera pequeña.
Ahora la veía pasar despacio, de noche, con la línea naranja del amanecer abriéndose por el borde como una herida que cicatriza al revés. Las ciudades eran constelaciones tendidas sobre el negro. Reconocía algunas por costumbre: el racimo de luz que era Europa occidental, el cordón apretado del Nilo, el vacío oscuro del Atlántico donde no vivía nadie. En unas horas estaría ahí abajo, dentro de toda esa luz, con los pies en algo que no flotaba.
—Última vez que la ves desde aquí —dijo Clara Muñoz, sin volverse.
Estaba sujeta con una correa al mamparo, flotando en esa postura imposible que el cuerpo aprende a tener en caída libre permanente, ni de pie ni sentada, las piernas recogidas, el pelo formando un halo despeinado alrededor de la cabeza. Tenía la tablet enganchada al antebrazo y los ojos en una lista.
—Desde esta órbita —corrigió Sergio—. Volveremos.
—Habla por ti.
No lo dijo con amargura. Clara hablaba siempre así, con la frase recortada al hueso, midiendo las palabras como medía todo lo demás. Era su primer vuelo. Sergio había visto a otros primerizos en las semanas previas al regreso ponerse de pronto sentimentales con la estación, sacar fotos a rincones que llevaban cinco meses sin mirar, despedirse de un módulo como quien se despide de una casa de la infancia. Clara no. Clara hacía el checklist.
—Ibrahim —llamó ella—. Estiba de armarios cuatro a siete. Necesito el visto bueno.
Desde el otro extremo de la Arandela, embutido en el hueco entre el panel de servicio y la escotilla, llegó la voz de Ibrahim Sissoko, grave y tranquila, con esa cadencia suya de hombre al que nunca le ha sobrado una sílaba.
—Cuatro, cinco y seis cerrados y precintados. El siete me da guerra. El cierre está vencido.
—¿Cuánto vencido?
—Medio milímetro. Lo fuerzo y queda.
—No lo fuerces. Anótalo y lo cierro yo con la herramienta larga.
Sergio se apartó por fin de la ventanilla. El gesto le costó, como le costaba siempre apartarse de ella, y eso que la había mirado mil veces. Empujó suave contra el marco y se dejó llevar por el aire de la cabina hacia el centro de la cápsula, donde estaban los tres asientos enfundados todavía en sus protectores, esperando que los desnudaran para la reentrada. La Arandela era poco más que un cono romo del tamaño de un coche familiar puesto de pie. Tres personas, sus trajes, sus víveres para el descenso, y el aire justo. Después de la estación, donde uno podía perderse un rato yendo de un módulo a otro, la cápsula se sentía como volver a meterse en el coche tras un mes de vacaciones: todo a mano, todo encima, todo apretado.
—¿Cómo vamos de tiempo? —preguntó.
Clara miró el cronómetro de misión flotando en la esquina de su pantalla.
—Desacople en una hora cuarenta. Quema de salida de órbita, según plan, tres órbitas después. Vamos sobrados.
—Vamos sobrados —repitió Sergio, y le gustó decirlo. En su oficio, ir sobrados era el estado más raro y más deseable que existía.
Había sido piloto de pruebas antes que astronauta, y antes que eso un crío de pueblo del interior que veía pasar los aviones de línea como bichos de luz en un cielo demasiado grande. Le habían enseñado, en las dos carreras, que el peligro no está casi nunca donde uno lo espera. El peligro está en el minuto en que todo va sobrado, porque es entonces cuando la cabeza se relaja y deja la puerta abierta. Llevaba dos vuelos espaciales y veintidós años volando, y la única superstición que se permitía era no celebrar nada hasta tener las dos botas sobre tierra firme.
Aun así, ahora, mirando a sus dos compañeros trabajar en silencio mientras la Tierra giraba debajo, se permitió un segundo de algo que no era celebración pero se le parecía. La misión había salido bien. Cinco meses, doscientos y pico experimentos, una caminata espacial sin sobresaltos, ningún herido, ninguna avería que no se hubiera resuelto. Volvían los tres enteros. Eso, en su oficio, era casi un milagro silencioso, de esos que nadie aplaude porque no se ven.
Cerró los ojos un instante y, sin pedirlo, la cabeza le llevó a la última conversación con Marta.
Había sido por videollamada, tres noches antes del lanzamiento, con quince mil kilómetros y un océano entre los dos. Su hija tenía dieciséis años y la cara de su madre y una manera nueva de mirarlo, desde que el divorcio, que a Sergio le dolía más que cualquier cosa que le hubiera hecho la fuerza centrífuga. «No entiendo por qué tienes que irte tan lejos para no estar», le había dicho ella. No «tan lejos». «Para no estar». La frase se le había quedado pegada como una astilla bajo la uña, de las que no duelen hasta que apoyas la mano. Él había contestado algo de astronauta, algo de que volvería, algo de que estaría de vuelta antes de su cumpleaños. Marta había apagado la cámara antes de colgar. Lo último que vio de ella fue el pulgar tapando el objetivo.
Volvería antes de su cumpleaños. Eso, al menos, iba a cumplirlo.
—Comandante. —La voz de Clara lo trajo de vuelta—. Necesito que confirmes la presión del traje antes de que los embolse.
—Confirmada. Treinta coma uno.
—Treinta coma uno —repitió ella, y tachó la línea.
Ibrahim había salido del hueco de la escotilla y flotaba ahora hacia ellos, frotándose las manos con un trapo. Era el más alto de los tres y el que peor llevaba el espacio reducido de la cápsula; en la estación se movía como pez en el agua, pero ahí, doblado, parecía un hombre demasiado grande metido en un traje demasiado pequeño. Tenía las manos de un mecánico, anchas y marcadas, y las usaba para todo. Si algo se rompía a bordo, lo arreglaba Ibrahim. Si nada se rompía, Ibrahim inventaba algo que mejorar.
—Armario siete a tu cargo —le dijo a Clara—. Yo me voy con la escotilla. Quiero darle un repaso a las juntas antes de cerrar para siempre.
—No para siempre —dijo Sergio—. Para unas horas.
—Para mí, para siempre. —Ibrahim sonrió, y la sonrisa le cambiaba la cara entera—. No pienso volver a subir. Esta era la última. Se lo prometí a mi mujer.
Índice · 58 capítulos
- La Tierra desde arriba
- Checklist
- El chasquido
- Nada en las pantallas
- Control nuestro
- Lo que no se puede ver
- El hombre que firmó
- Tres caminos
- El costado de Ibrahim
- Telemetría que miente
- El modelo de Nikos
- Quién es Clara
- La caminata imposible
- El día del lanzamiento
- Aurora cuenta
- Quién es Aurora
- Quién es Sergio
- El recorte
- La caja de Clara
- La sala se parte
- Cinco meses en una lata
- Ibrahim peor
- Solo dos puertas
- La idea
- Venderla a Tierra
- El simulador
- El instructor
- Diego y Clara
- La verdad de Nikos
- El peso de Elena
- Decírselo a la cápsula
- Cuenta atrás
- Lo que se rompe ahora
- El cuarto reloj de la batería
- El umbral
- Interfaz
- El plasma
- Los compases del medio
- El silencio
- Marta
- Dentro del fuego
- La grieta habla
- Fuera del corredor
- Ibrahim
- Salida del blackout
- Lo que cuentan los datos
- Los paracaídas
- El último fallo
- El golpe del agua
- La espera en el agua
- El rescate
- Tierra firme
- El electricista
- Quién era Ibrahim
- La cuenta
- Las horas críticas
- La comisión
- La próxima vez