Novela independienteProtocolo Coloniaportada en preparación
Novela independiente · Ciencia ficción

Protocolo Colonia

Quién vive cuando no hay aire para todos

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Aún no publicado · próximamente en Amazon

Sinopsis

Áureo es el primer asentamiento humano permanente en Marte: ciento doce personas en cinco módulos sobre el cráter Gale, a doscientos veinticinco millones de kilómetros de cualquier ayuda. El sistema funciona, apenas, hasta que el módulo que fabrica el oxígeno falla en cascada y la aritmética se vuelve insoportable: el aire ya no alcanza para todos, y la siguiente nave de carga tarda catorce meses en llegar.

Existe un documento, escrito en la Tierra por expertos que nunca han pisado Marte, para exactamente este escenario: el Protocolo Colonia. Establece, con la frialdad de una hoja de cálculo, cómo se reduce la población a la que los recursos pueden sostener. Andrés, el gobernador. Lucía, que tiene la calculadora del oxígeno en la mano y un secreto que la convierte en una variable de su propia ecuación. Malik, que pregunta quién dio derecho a un comité lejano a elegir a los muertos. Entre los tres, una colonia que tendrá que decidir si obedece a quien no respira su aire, o si escribe sus propias reglas sobre quién vive y quién muere.

Un drama ético y político de ciencia ficción realista sobre el valor de una vida frente a la lógica de los sistemas cerrados, y sobre cómo nace una sociedad nueva bajo la presión más extrema imaginable.

Las primeras páginas

El precio del aire

Andrés Molina se despertaba cada mañana con el sonido del aire. No el silbido de una fuga, eso lo habría sacado de la cama de un salto con el corazón en la garganta, sino el murmullo constante de los ventiladores que empujaban la atmósfera fabricada por los módulos de Áureo. Llevaba tres años durmiendo con ese ruido y había llegado a quererlo como un campesino quiere el rumor de un río. Mientras se oyera, había aire. Mientras hubiera aire, había mañana.

Se incorporó en la litera estrecha de su cubículo, dos metros por uno y medio, y dejó que la gravedad de Marte hiciera su trabajo perezoso. A 0,38 g uno no se levantaba, flotaba hacia arriba con un esfuerzo mínimo y el cuerpo tardaba un segundo de más en saber dónde estaba el suelo. Tres años y todavía no se había acostumbrado del todo. Nadie se acostumbraba del todo. Era una de las cosas que no decían en los folletos de reclutamiento: que el cuerpo humano había evolucionado durante cuatro mil millones de años para un planeta concreto, y que mudarse a otro era una traición que la carne nunca terminaba de perdonar.

Se vistió con el mono gris reglamentario, palpó el dosímetro de radiación que llevaba siempre prendido del pecho, comprobó la lectura por costumbre, dentro de límites, y salió al pasillo curvo del Hábitat Uno.

A las seis y cuarto de la mañana, hora de Áureo, la colonia respiraba en penumbra. Las luces se mantenían atenuadas hasta las siete para ahorrar energía y para fingir, contra toda evidencia astronómica, que existía algo parecido a un amanecer. El sol marciano duraba veinticuatro horas y treinta y nueve minutos, esos treinta y nueve minutos de más eran una pequeña crueldad que descolocaba a todo el mundo, y el calendario interno había tenido que inventarse una ficción para que los relojes biológicos no se rebelaran. Andrés caminaba por el pasillo y oía, tras las puertas de los cubículos, los sonidos de ciento doce personas dormidas o despertándose. Una tos. Un despertador. Alguien que hablaba en sueños en una lengua que no reconoció.

Ciento doce. La cifra le acompañaba como un segundo dosímetro. No era gobernador por vocación, lo era porque cuando ASTRA buscó a alguien capaz de dirigir el primer asentamiento humano permanente fuera de la Tierra, buscó a un ingeniero de sistemas con temple, no a un político, y Andrés había sido el ingeniero de sistemas con más temple del expediente. Lo eligieron por la misma razón por la que se elige un buen procesador: porque resolvía problemas sin recalentarse. Lo que nadie le había explicado, ni él había sabido prever, era que gobernar a ciento doce personas en una lata presurizada a doscientos veinticinco millones de kilómetros de cualquier ayuda no era un problema de ingeniería. Era otra cosa. Una cosa para la que no tenía manual.

Hizo su ronda. La hacía cada mañana, no porque hiciera falta, los sistemas se monitorizaban solos y mejor que ningún ojo humano, sino porque caminar por la colonia le decía cosas que las pantallas no decían. La moral, por ejemplo. Si la gente saludaba o agachaba la cabeza. Si el invernadero olía a tierra húmeda o a podredumbre. Si el técnico de turno en la sala de control estaba alerta o medio dormido. Eran datos que no aparecían en ningún panel y que un gobernador necesitaba más que las lecturas de presión.

Cruzó el túnel flexible que unía el Hábitat Uno con el módulo de servicios. Los túneles eran lo que más le inquietaba de Áureo: mangas de material compuesto, reforzadas, presurizadas, pero al fin y al cabo telas técnicas tendidas sobre el suelo helado de un planeta que quería matarte. Al otro lado de aquella pared de unos centímetros había una atmósfera de dióxido de carbono al 0,6 % de la presión terrestre, irrespirable, a sesenta grados bajo cero de media, cargada de polvo de perclorato que envenenaba la tiroides si lo respirabas. Caminar por un túnel de Áureo era caminar por la cuerda floja sobre el infierno, salvo que el infierno era de hielo. Uno aprendía a no pensarlo. Tenía que aprenderlo, o no salía de la cama.

En el módulo de servicios, la cocina ya estaba encendida. Olía a algo que pretendía ser café y casi lo conseguía. Reza, el cocinero, una de las pocas personas de Áureo a las que todos llamaban por el nombre sin apellido ni cargo, le tendió una taza sin preguntar.

—Gobernador.

—Reza. ¿Cómo va el día?

—Patata. Otra vez patata. —Reza encogió los hombros con una resignación que era casi alegre—. Pero le he metido espirulina al puré, a ver si alguien se queja del color y así tengo conversación.

Andrés sonrió. La comida en Áureo era un milagro y una condena a la vez: los invernaderos daban patata, soja, lechuga y la espirulina verde-azulada que se cultivaba en los biorreactores y que sabía a estanque por mucho que la disimularan. Cubrían algo más de la mitad de las calorías de la colonia. El resto venía de las raciones envasadas que la Tierra mandaba cada veintiséis meses, en la ventana de lanzamiento, cuando las órbitas de los dos planetas se alineaban lo justo para que una nave de carga hiciera el viaje de siete a nueve meses sin gastar un combustible imposible. Áureo comía, en parte, comida que había salido de la Tierra antes de que algunos de sus habitantes actuales decidieran venir.

Bebió el café fingido mirando a Reza pelar patatas con un cuchillo desafilado, y pensó, como pensaba a menudo, que la colonia entera era exactamente eso: un acto de fingir, sostenido por la ingeniería, hasta que fingir se volviera verdad. Fingían un amanecer. Fingían un café. Fingían que ciento doce personas podían vivir para siempre en un sitio que no las quería, y casi se lo creían, porque los números, hasta ahora, salían.

Salían por poco.

Terminó la ronda en la sala de control, el cerebro de Áureo, una estancia circular llena de pantallas y de la luz fría que las pantallas escupen. Yuki Tanaka estaba allí, lo cual no le sorprendió. Yuki, la ingeniera jefe del Pulmón, parecía no dormir nunca; tenía el don y la maldición de las personas que entienden una máquina tan bien que no pueden dejar de oírla. Estaba inclinada sobre un panel, con el pelo recogido de cualquier manera y dos tazas vacías a su lado.

—Buenos días —dijo Andrés—. ¿Algo que deba saber?

Yuki tardó en responder. Andrés conocía esa pausa: era la de alguien que está decidiendo cuánto de lo que sabe merece la pena decirse.

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Índice · 85 capítulos
  1. El precio del aire
  2. Grietas de calor
  3. La calculadora
  4. El despertar de Daniel
  5. La Vega
  6. Tormenta de polvo
  7. Coordinación
  8. No es el sensor
  9. Lo que callan los números
  10. Comité a puerta cerrada
  11. Rumores
  12. Modelos
  13. La avería mayor
  14. Nivel rojo
  15. La letra pequeña
  16. Yuki no duerme
  17. Asamblea
  18. Comer para respirar
  19. El molino
  20. El mensaje de Hart
  21. El mensaje que no se envió
  22. Hibernar
  23. Las cuatro cápsulas
  24. Valor de misión
  25. La fragua
  26. El niño y el túnel
  27. La anomalía
  28. Dos hojas de cálculo
  29. El jardinero
  30. La grieta
  31. Sabina
  32. Náusea
  33. El registro negado
  34. Criterios
  35. La lotería de cristal
  36. La objetora
  37. El peso de Naomi
  38. El secreto de Lucía
  39. Lista provisional
  40. La filtración
  41. El topo
  42. Registros
  43. Por dinero
  44. La asamblea de la verdad
  45. El cálculo de Petros
  46. La decisión de Quirico
  47. La chispa
  48. El sabotaje muerde
  49. El segundo susto
  50. Lo que Malik no quería
  51. Tregua sobre el abismo
  52. Dos hombres en la oscuridad
  53. El muerto del motín
  54. Sangre fría
  55. Romper con la Tierra
  56. Un pacto nuevo
  57. La aritmética no perdona
  58. El primer voluntario
  59. La variable de Lucía
  60. El futuro vale un presente
  61. Los que eligen
  62. La carta de Mariam
  63. Reparar o morir
  64. La prueba viaja
  65. El reparto del peso
  66. El reactor
  67. La noche más larga
  68. El acto
  69. Los niños y el huerto
  70. El silencio después
  71. La primera comida entera
  72. La carga en el cielo
  73. El módulo nuevo
  74. Cuentas con la Tierra
  75. El eco de la Tierra
  76. El contrato
  77. La cuenta de Lucía, otra vez
  78. El susto del niño
  79. Lo que queda de Malik
  80. La deuda de Petros
  81. El precio de Andrés
  82. Lo que Andrés aprendió
  83. El parto
  84. Los que llegan después
  85. Marcianos