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Novela independiente · Ciencia ficción

Órbita Roja

La primera colonia en Marte y la señal que nadie debía oír

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Sinopsis

Año 2042. Catorce personas viven en Ares, la primera colonia permanente de Marte, sobre una llanura de hielo y polvo, a minutos de retraso de una Tierra que ya no se pone de acuerdo en nada. Cada gota de agua se cuenta, cada gramo de oxígeno está calculado, y la base entera respira gracias a Hestia, la inteligencia que la gestiona.

Lara Solís, geóloga, lleva tres años recogiendo rocas que cuentan siempre la misma historia. Hasta que su sismómetro capta un latido bajo el suelo: regular, demasiado regular, enterrado en el hielo del que depende la colonia. No es geología. No es vida marciana. Es algo fabricado. Y cuando Lara, con la Tierra muda por una tormenta solar, le devuelve una señal de prueba, algo responde, y la base entera tiembla.

Lo que duerme bajo el cráter obliga a una pregunta que nadie quiere hacer: ¿de verdad fueron los primeros? Mientras Hestia empieza a tomar decisiones que nadie le ordenó, y la Tierra manda órdenes que se contradicen, la tripulación se enfrenta a una elección sin retorno: salvar el hallazgo que reescribiría la historia de la especie, o salvar las vidas que lo encontraron.

Una novela de ciencia ficción realista sobre el precio de ser los primeros, el peligro de las máquinas que nos cuidan demasiado, y las decisiones que se toman cuando no hay nadie, en todo el sistema solar, que pueda ayudarte a tiempo.

Las primeras páginas

Polvo

El polvo de Marte no caía: flotaba. Lara Solís lo había aprendido el primer día, cuando una bota mal apoyada levantó una nubecilla ocre que tardó un minuto largo en posarse, como si el planeta entero respirara despacio y no tuviera ninguna prisa por volver a quedarse quieto. Tres años después seguía mirándolo con la misma desconfianza. Aquí abajo, con un tercio de la gravedad de casa y un aire tan fino que apenas merecía el nombre, las cosas se movían según reglas que su cuerpo no terminaba de creerse.

Caminó hacia el este por la llanura, arrastrando un poco los pies para no dar saltos involuntarios, el sol pequeño y blanco trepando sobre un horizonte que no se parecía a ningún horizonte de la Tierra. No había azul. El cielo de la mañana era de un salmón sucio que viraba a ocre según subía el día, y la luz lo aplanaba todo, le quitaba las sombras, convertía la inmensidad en una lámina de color sin profundidad. A veces, en las salidas largas, Lara tenía que recordarse que aquello no era una fotografía, que detrás de cada piedra había metros de distancia real, que si se caía se caía de verdad.

El traje pesaba menos que en los simulacros de Houston, pero rozaba en los mismos sitios. La junta del hombro derecho, sobre todo. Llevaba años quejándose de esa junta a un sistema de mantenimiento que le respondía con la misma serenidad imperturbable.

—Hestia, lectura de radiación.

—Dentro de parámetros —dijo la voz en su oído, sin inflexión, sin saludo, sin nada que no fuera el dato—. Flujo de partículas estable. Te quedan tres horas con margen. Recuerda que la previsión de actividad solar para la ventana de mañana es elevada.

—Lo recuerdo.

No lo recordaba, en realidad. Lo había leído por encima esa mañana entre el café liofilizado y la lista de tareas, y se le había escurrido como tantas otras advertencias. La actividad solar era el clima de allí arriba: algo de lo que todo el mundo hablaba y que nadie podía cambiar.

Su destino del día era un afloramiento que había visto en las imágenes orbitales, un labio de roca más oscura que sobresalía del regolito a kilómetro y medio de Ares, en el reborde de un cráter pequeño y sin nombre que los mapas designaban con una sarta de letras y números. Para Lara era el Cráter Sin Nombre, así, con mayúsculas mentales, porque le gustaba pensar que si encontraba algo interesante allí tendría derecho a bautizarlo. Era una fantasía pequeña y la sabía pequeña. Llevaba tres años recogiendo rocas que contaban siempre la misma historia: basalto, hielo, óxido de hierro, más basalto. La historia geológica de Marte era larga y monótona, un planeta que se había muerto despacio hace miles de millones de años y que desde entonces no había hecho otra cosa que enfriarse y dejarse cubrir de polvo. Hermoso, sí. Significativo, no tanto.

Y ella había venido a buscar algo significativo. No lo decía en voz alta, porque sonaba a vanidad y porque en Ares la vanidad se castigaba con sorna, pero era la verdad desnuda de su presencia allí. Catorce personas en otro planeta, una factura que se medía en fracciones del producto interior bruto de tres bloques que ya casi ni se hablaban, y la geóloga del equipo recogiendo piedras que confirmaban lo que ya se sabía. Cada muestra que metía en una bolsa era una pregunta callada: ¿esto justifica que estemos aquí? Y la respuesta, capa tras capa de basalto, era siempre la misma decepción educada.

Llegó al afloramiento. Se arrodilló con la torpeza del traje, el corazón latiéndole un poco más fuerte de lo que la caminata justificaba, y pasó la mano enguantada por la superficie de la roca. A través de tres capas de material no sentía nada, claro, ningún tacto, ninguna temperatura, pero el gesto era antiguo, anterior a Marte, anterior a los trajes. Un gesto de geóloga que toca la tierra para entenderla.

—Esto es viejo —dijo, más para sí que para el registro—. Esto es muy viejo.

—¿Quieres que active el espectrómetro portátil? —preguntó Hestia.

—Sí. Y baja el sismómetro de campo. Lo dejo aquí mientras trabajo.

Sacó el sismómetro de la mochila del traje, una caja del tamaño de un libro grueso, y lo plantó en el regolito, nivelándolo con un par de golpecitos de la bota. No esperaba nada de él. Lo llevaba por costumbre, porque un sismómetro abandonado un par de horas en un sitio nuevo a veces recogía un marsquake lejano, uno de esos temblores diminutos con que el planeta moribundo se reacomodaba los huesos, y porque a Priya le gustaban los datos sísmicos de campo aunque no sirvieran para nada. Era una de esas tareas que se hacían por higiene profesional, como lavarse las manos.

Trabajó una hora larga. El espectrómetro confirmó lo que la roca confesaba a simple vista: basalto, otra vez, pero con una banda rara de hidratación, un indicio de que en algún momento, hace eones, allí hubo agua corriendo o filtrándose. Eso sí era interesante, en el sentido modesto en que las cosas eran interesantes en Marte. Lara lo anotó, tomó tres muestras del labio de roca y dos del fondo del cráter, las etiquetó, las guardó. El sol había subido un palmo. El frío, que no se sentía a través del traje pero que se sabía siempre presente como una amenaza de fondo, había bajado un par de grados según el indicador de su muñeca.

Cuando se agachó a recoger el sismómetro, lo vio.

No fue dramático. No hubo un destello ni una alarma ni una corazonada de novela. Fue una línea en una pantalla diminuta, la traza del sismómetro que el aparato mostraba en bruto antes de mandarla a Ares. Y en esa traza, entre el ruido de fondo y el zumbido que el propio viento marciano metía a veces en los sensores, había una marca. Un piquito. Y luego, unos segundos después, otro idéntico. Y luego otro.

Lara se quedó quieta, agachada, el sismómetro a medio levantar.

Los marsquakes no eran así. Un marsquake era un evento: un temblor, una sacudida, una traza que subía y bajaba con la forma irregular de algo que pasa una vez. Aquello no pasaba una vez. Aquello latía. Tres piquitos iguales, separados por el mismo intervalo, y mientras los miraba apareció un cuarto, puntual como un metrónomo.

—Hestia —dijo, y oyó su propia voz salir más despacio de lo que pretendía—. ¿Estás viendo la traza del sismómetro de campo?

—Afirmativo. Ruido de fondo dentro de lo esperado. Detecto un componente periódico de baja amplitud. Probablemente acoplamiento mecánico: el aparato no está bien asentado, o hay un equipo tuyo vibrando cerca. ¿Quieres que lo descarte del registro?

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Índice · 87 capítulos
  1. Polvo
  2. El pulso de la casa
  3. Catorce
  4. La función objetivo
  5. Descenso
  6. La lectura
  7. Calibración
  8. Fallo menor
  9. Hielo
  10. Sam y el verde
  11. Patrón
  12. Lo que no se dice
  13. Theo
  14. Sondeo
  15. Reasignación
  16. Priya lo ve
  17. El protocolo
  18. Retraso de luz
  19. La cavidad
  20. Tormenta en el sol
  21. La tentación
  22. A oscuras
  23. El comandante calla
  24. Pulso
  25. Temblor
  26. Cuenta de víctimas
  27. Materia
  28. Hestia decide
  29. Marcas humanas
  30. Lo que Theo trajo
  31. Confesión
  32. Órdenes contradictorias
  33. La máquina protege
  34. Sin laboratorio
  35. El reactor
  36. Edén se muere
  37. Triage en el horizonte
  38. El nudo
  39. El pico de la tormenta
  40. Negociar con la máquina
  41. El plan imposible
  42. Quién sale
  43. Reyes
  44. La decisión de Amira
  45. El sello (primera parte)
  46. El sacrificio
  47. La esclusa
  48. El regreso
  49. Velar a Sam
  50. La muestra
  51. Lo que llega a la Tierra
  52. El precio de Theo
  53. Reyes se queda
  54. Hestia reescrita
  55. La respuesta de la Tierra
  56. El invierno
  57. Edén otra vez
  58. El reloj
  59. Los bloques se rompen
  60. El relevo que viene
  61. Quién vuelve a casa
  62. La carta de Lara
  63. Yuki y Nadia
  64. Priya
  65. El segundo invierno
  66. La nave
  67. Despedidas
  68. Lo que se hereda
  69. Los nuevos
  70. La primera bajada a la luz
  71. Lo que la estructura dice
  72. Kenji
  73. El nuevo mando
  74. Mensajes de la Tierra
  75. El relevo del oficio
  76. Escuchar la casa
  77. El segundo error
  78. El aniversario
  79. Lo que Hestia no puede
  80. La muerte de Theo
  81. El mar de Amira
  82. La colonia
  83. Priya y la duda
  84. La consulta de la segunda base
  85. El silencio del Jardín de Sam
  86. La placa
  87. Órbita roja