Novela independienteÓrbita bajaportada en preparación
Novela independiente · Ciencia ficción

Órbita baja

Una novela sobre el dinero, el vacío y la gente que sostiene la máquina

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Aún no publicado · próximamente en Amazon

Sinopsis

Año 2035. La estación *Tálatta* gira a cuatrocientos kilómetros de la Tierra, y vive de tres patas que no encajan: turistas que pagan una fortuna por una semana de ingravidez, científicos que se juegan la carrera en un experimento, y un contrato militar que nadie nombra en los folletos. La comandante Marta León dirige una estación pensada para profesionales disciplinados a la que ahora suben civiles que la tratan como un parque temático.

La llegada del primer grupo grande de turistas, encabezado por el influencer Alex Chen, rompe el equilibrio. Un objeto suelto, una salida al vacío vendida a quien no debía, un susto en el reciclaje de aire. Cada incidente, leve por separado, destapa lo mismo: los protocolos no estaban pensados para clientes que pagan por sentirse libres, y la empresa, desde Tierra, prioriza la satisfacción del cliente sobre la seguridad. Cuando un fallo en cascada deja a un grupo atrapado y la cápsula de salvamento tiene menos plazas que personas, el dinero deja de comprar nada y la física no entiende de tarifas.

Un drama humano de realismo técnico sobre la desigualdad llevada al espacio: quién decide, quién respira el aire de esa decisión, y el trabajo callado que sostiene el lujo de los que pagan por ignorarlo.

Las primeras páginas

El mar que no moja

Desde la cúpula de observación, la Tierra entraba por abajo, como siempre, y como siempre Marta León sintió el viejo vértigo de no saber qué era arriba y qué abajo. A cuatrocientos kilómetros de altura las palabras se gastaban. La estación giraba sobre el planeta a casi veintiocho mil kilómetros por hora y aun así parecía quieta, suspendida en una mañana azul que duraba cuarenta y seis minutos y se apagaba en otros tantos de noche. El amanecer número quince de aquella jornada se acercaba por el filo del Pacífico, una línea de fuego que avanzaba sobre el agua negra.

Marta llevaba flotando media hora junto al cristal con un café que no podía beber a sorbos, sino a tirones cortos de la bolsa, esperando. Tenía el cuerpo de quien ha pasado demasiado tiempo en ingravidez: la cara un poco hinchada, las venas del cuello marcadas, las piernas más finas de lo que la naturaleza había dispuesto. A los cuarenta y nueve años conocía el espacio mejor de lo que había conocido nunca su propia casa en tierra. Dos misiones largas en la vieja estación internacional, ocho años de astronauta de agencia, y ahora esto: comandante de la primera estación orbital enteramente comercial de la historia. Tálatta. El mar.

Quien la había bautizado, allá en el departamento de marca de Vela Orbital, no había puesto nunca un pie fuera de la atmósfera. Thálatta, thálatta, el grito de los griegos de Jenofonte al ver el mar después de la retirada, el fin del exilio, la vuelta a casa. Un nombre poético para vender billetes. La tripulación lo decía de otra manera. El mar que no moja, lo llamaban, porque allí arriba no había nada líquido que no estuviera encerrado a presión en una bolsa o reciclado del sudor y la orina de todos. El mar más seco del universo.

Pulsó el intercomunicador con la barbilla, las dos manos ocupadas en sujetarse y en el café.

—Kenji. ¿Cómo va el Cormorán?

La voz del segundo de a bordo llegó tranquila, con su acento que redondeaba las erres.

—Aproximación nominal. Acoplamiento en cuarenta minutos. Tres pasajeros de tripulación de relevo y nueve civiles. —Una pausa medida—. El manifiesto dice nueve. Cuento nueve.

—Que sigan siendo nueve cuando abran la escotilla —dijo Marta, y oyó a Kenji reír por lo bajo. No era del todo un chiste.

Nueve. En cuatro años de operación, Tálatta nunca había alojado a más de cuatro turistas a la vez. Cuatro eran manejables. Cuatro se podían vigilar, corregir, conducir como a niños por un museo de objetos frágiles. Nueve era otra cosa. Nueve era un grupo, y un grupo tenía dinámica propia, líderes, contagios, valentonadas. El consejo lo había llamado «el primer despliegue a capacidad». Marta lo había llamado, en un informe que nadie leyó, «una sobrecarga del margen humano». Le habían contestado con la palabra que iba a oír mucho aquellas semanas. Flexibilidad.

Cerró los ojos un segundo y repasó, como cada mañana de relevo, la lista de su gente, los cuarenta y dos que ya cargaba antes de los nueve que llegaban. Kenji, su segundo, japonés, once años en órbita, el hombre más fiable que conocía, conservador hasta la médula, el que le recordaba el protocolo cuando ella dudaba y obedecía sin rechistar cuando decidía saltárselo. Diego, el ingeniero brasileño que oía las máquinas como su padre le había enseñado en una sala de máquinas de Santos. Priya, la médica que había estabilizado cuerpos en bases polares y que ahora veía llegar civiles para los que aquella enfermería no estaba pensada. Y luego los técnicos, los de servicio, los inquilinos científicos como el jordano del laboratorio, treinta y tantas personas que cada noche confiaban su respiración a un sistema que Marta acababa de oír quejarse en la voz de Diego. Cuarenta y tres vidas. Pronto cincuenta y dos. Y una sola jerarquía real para todas: la física.

Soltó la bolsa de café en la red de la pared y se impulsó hacia el centro de la cúpula, ese punto en el que, si uno se quedaba quieto, la Tierra rotaba alrededor como si fuera ella la que viajaba. Le gustaba el truco. Llevaba años usándolo para acordarse de la única jerarquía que importaba allí: no la del consejo, no la del dinero, sino la de la física. La presión, el oxígeno, la temperatura, la radiación, la masa. Esas cosas no negociaban. No entendían de trimestres ni de satisfacción del cliente. Un metro cúbico de aire era un metro cúbico de aire para el que pagaba diez millones y para el que limpiaba el filtro, y ninguno de los dos respiraba más por ser quien era.

El amanecer cruzó el cristal y la luz le cayó encima dorada, brutal, sin atmósfera que la suavizara. Cerró los ojos un segundo. En tierra, a esa hora, su madre estaría tomando el primer café en la cocina de Vilagarcía, mirando la ría por la ventana, sin entender del todo a qué se dedicaba su hija ni por qué prefería aquel tubo de metal a la tierra firme. Volverás cuando te canses, le decía. Marta no se había cansado todavía. O quizá sí, pero de otra cosa.

—Marta. —La voz de Diego Sá, el ingeniero de soporte vital, entró por el canal interno con un punto de tirantez que ella detectó al instante. Conocía a su gente por el tono antes que por las palabras—. ¿Tienes un minuto antes de la recepción?

—Tengo cuarenta. Sube.

—Mejor baja tú a la Sentina. Quiero enseñarte una cosa en la pantalla, no contártela.

La Sentina. El compartimento de soporte vital, en el extremo de estribor, donde el aire de toda la estación se purgaba de dióxido de carbono, se rehidrataba el oxígeno, se filtraba el agua del condensado y de los desechos para devolverla potable. El corazón que ningún turista vería jamás porque no salía en ningún folleto. Allí no había vistas. Allí había bombas, lechos de zeolita, separadores de membrana y el zumbido constante de los ventiladores que empujaban el aire por toda la estación para que no se estancara y los astronautas no se asfixiaran en su propia exhalación, dormidos, sin enterarse.

—¿Es grave? —preguntó.

—No lo sé —dijo Diego, y esa respuesta honesta le gustó más que cualquier tranquilizante—. Es raro. Lleva siéndolo unas semanas y hoy es más raro.

Marta miró por última vez el punto brillante que crecía despacio en el cielo negro, sobre el azul de la Tierra: el Cormorán, la lanzadera, trayendo a nueve desconocidos que en cuarenta minutos serían responsabilidad suya. Cargaba ya con cuarenta y tres vidas en aquella estación, contando la suya. Estaba a punto de cargar con nueve más. Y la voz de Diego le decía, por debajo de las palabras, que el corazón de la máquina que las sostenía a todas tenía un latido que no acababa de gustarle a quien sabía escucharlo.

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Índice · 59 capítulos
  1. El mar que no moja
  2. Carne fresca
  3. Recepción
  4. Reconocimiento
  5. Inquilinos
  6. El tour
  7. Tierra
  8. La cuenta atrás
  9. El objeto suelto
  10. Reprimenda
  11. Calibrar
  12. El aire
  13. Plató
  14. La barrera invisible
  15. Convivencia
  16. El amanecer de los Okonkwo
  17. Aptitud
  18. El paseo
  19. Después del paseo
  20. Números
  21. Las horas muertas
  22. Muestras perdidas
  23. La heredera
  24. Confidencias en la cúpula
  25. El topo de la empresa
  26. Fricción
  27. La fiesta
  28. Línea roja
  29. Lo que pesa
  30. Aliados
  31. Vísperas
  32. El descenso aplazado
  33. Curiosidad
  34. La puerta equivocada
  35. Compuertas
  36. Quién está dónde
  37. Desde abajo
  38. El rescate corto
  39. El miedo
  40. La cuenta
  41. Tapar
  42. El acceso de Alex
  43. Lo militar
  44. Reuter rinde cuentas
  45. Decisión de Sofía
  46. El umbral
  47. La cascada
  48. Triaje
  49. Plazas contadas
  50. El mar de verdad
  51. Lo que vale una persona
  52. La decisión de Marta
  53. El oficio
  54. La segunda cápsula
  55. Peso
  56. La tercera copia
  57. Tierra responde
  58. Lo que queda
  59. El aire que entra